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jueves, 14 de marzo de 2013

Sanidad pública, sólo que privada

Cuando mezclamos ironía, realidad, sueño, pasado, presente, sonrisa y tristeza. Nos viene dando, casi siempre, realidad.

Es lo que sucede con este artículo de Benjamín Prado del año 2006, (sí, de hace 7 años), en el que nos habla de las tijeras, los recortes en la sanidad, la privatización, el copago.... Siempre con lo mismo y siempre con los mismos.

Sanidad pública, sólo que privada
Por Benjamín Prado en El País 09/03/2006
 
Llamaron a la puerta y cuando Juan Urbano abrió, tuvo tal sobresalto que dio un paso atrás, se le
pusieron ojos de koala adicto al hachís y se le cayeron las cosas que tenía en las manos, que eran un
lápiz, el periódico y La voluntad de la naturaleza de Schopenhauer. Porque allí estaban, en el umbral
de su casa, la presidenta de la Comunidad de Madrid y dos miembros de su Consejo Económico y
Social, armados con tijeras y oscuros maletines. "Buenas tardes", dijeron, haciendo sonar un par de
veces las tijeras en el aire, con ademán de peluqueros habilidosos, "que veníamos a privatizarle algo,
si no tiene inconveniente".

Juan miró a su espalda, como si esperase encontrar allí al amor de su vida, porque lo cierto es que se
había quedado dormido con Schopenhauer y, justo cuando sonó el timbre, estaba soñando con ella,
pero al no verla, les hizo a sus visitantes el gesto de que entraran y los precedió en el pasillo.
¿Estaría despierto o dormido? Mientras conducía a los intrusos a su salón, Juan intentó reconstruir
los acontecimientos: había leído el diario y a continuación a Schopenhauer; después dijo el nombre de su amor, que sonaba igual que el eco de una campana, y de pronto ella estaba a su lado, le dio uno de esos besos suyos que saben a la suma de todas las cosas dulces del mundo y... Nada, luego ya no hubo nada parte del timbrazo inoportuno y la extraña visita. Le apretó un poco la mano a Esperanza
Aguirre, para ver si era real, y ella dijo mecánicamente "Zapatero irresponsable". La cosa, es obvio,
encajaba.

Entonces se dio cuenta de que lo último que había leído en el periódico era la noticia de que un
informe publicado por el CES de la Comunidad de Madrid proponía que los usuarios de la Seguridad
Social asuman parte del coste de la asistencia que reciben, porque lo que no se paga, dicen los autores, se usa de un modo abusivo. "O sea", se dijo Juan Urbano, "del mismo modo en que los políticos usan, en general, sus cargos, solo que a ras de suelo". Y, ya preso de la ira, añadió: "Es más, se me ocurre una cosa: ¿Por qué en lugar de cobrarnos a nosotros la mitad de las aspirinas no les cobran a ellos un porcentaje del coche oficial o de los viajes en helicóptero?". Lo iba a haber dicho en voz alta, pero la visión de las tijeras lo retuvo. Eso sí, cuando ya estaban los cuatro sentados, volvió a apretar uavemente una mano de la presidenta, y ella reptió su cantinela favorita sobre este asunto: "Mi eoría es que a coste cero, demanda infinita". Estaría fuera o dentro de un sueño, pero era ella, sin
duda. Mire usted", dijo uno de los asesores, "que los fármacos se los tenemos que cobrar, pero sólo un poquito y por su propio bien. Y como eso está fuera de discusión, de lo que ahora veníamos a hablarle es de sus sueños. Sin ir más lejos, del que tenía usted hace unos instantes, ese en el que salía una chica tan bonita". Juan se quedó hecho un Kierkegaard y balbuceó unos cuantos pero qué, pero cómo... No le dio tiempo a más, porque el otro asesor lo detuvo con uno de esos gestos imperiosos de la gente muy ocupada, abrió el maletín para sacar unos folletos y dijo: "Oiga, nada de discusiones y vayamos al grano. Si usted nos deja privatizar sus sueños, nosotros le garantizamos rentabilidad y una serie de patrocinadores. Saldrá ganando y no se dará ni cuenta. Por ejemplo, ese mismo que ahora tenía, ¿no? Pues lo tiene igual, sólo que en él aparecen un par de marcas de refrescos y un anuncio de coches. Nosotros lo gestionamos, usted cobra, y santas pascuas".

"Ya, pero, ¿y ustedes qué ganan?", se atrevió a preguntar Juan. Y el otro, poniéndose en pie, contestó:
"¿Nosotros? Caballero, ¡nos ofende usted! Esto es un servicio público, sin ánimo de lucro. Hombre, la única cosa que usted pone es su sueño a disposición de los demás. Por ejemplo, si alguien no tiene una chica como la suya para soñar con ella, pues nos la pide y nosotros se la prestamos. ¿Me explico?".

Juan Urbano los echó a patadas y se entregó a la meditación. ¿Qué tenía que ver su pesadilla con la
Seguridad Social? Lo fue a mirar en las obras completas de Freud, que tardó diez segundos en
responderle: "¿Qué tiene que ver? ¡Pues que es lo mismo, estúpido!" Y se quedó toda la noche en vela,
reflexionando sobre el mensaje lanzado por su subconsciente.

jueves, 7 de marzo de 2013

Recalificando artículos

Retomo los textos que Benjamín Prado publicaba en la sección de Madrid de El País. Merecen demasiado la pena como para que solo estén en mi disco duro ocupando el espacio (eso de que la sabiduría no ocupa lugar era antes de medirla en megas).

Textos en los que, como el ejemplo de hoy, vemos que tienen mucho de actual y bastante de proféticos: "esa gente que lo cambia todo por dinero, sea lo que sea, porque para ellos que siempre van con un crucifijo en una mano y una bandera en la otra, no existe nada sagrado, aparte de los billetes de quinientos". Cuando los billetes de 500 existían, porque estamos hablando del año 2006.

Un año en el que, se hablaba de una palabra inexistente, 'recalificar', a la que, según Benjamín" habría que darle esta acepción: Tomar a los ciudadanos por imbéciles'. O si no, al tiempo" .

Pero no os lo cuento, os lo dejo para que lo disfrutéis...

Por qué la palabra recalificar no existe,
Por Benjamín Prado en El País. 10/05/2006
 
Se sentía como si aquel maravilloso verso de Góngora, "entre espinas crepúsculos pisando", hubiera
sido escrito para él, sólo que cambiando "espinas" por "escombros", porque en ese instante caminaba
por la calle de la Paz, hacia el teatro Albéniz, sin estar muy seguro de si al llegar ya estarían allí las
grúas, que eso es lo que suele suceder en Madrid cada vez que uno abre los ojos por las mañanas: o
sea, lo mismo que en el célebre relato de una línea que escribió Augusto Monterroso, "cuando se
despertó, el dinosaurio aún estaba allí", nada más que cambiando "dinosaurio" por "grúa",
"hormigonera", "o algo parecido". Juan Urbano dejó ese juego para ponerse serio, porque pensó que
aunque en este mundo todas las cosas pueden ser sustituidas por otras, algunas deberían ser
defendidas para que eso no les ocurra, por ejemplo, todas las que representan un bien
medioambiental o cultural. "Justo lo contrario de lo que hace esa gente que lo cambia todo por dinero, sea lo que sea, porque para ellos que siempre van con un crucifijo en una mano y un a bandera en la otra, no existe nada sagrado, aparte de los billetes de quinientos", se dijo, dejándose llevar por la cólera.

Es que Juan Urbano era, una vez más, presa de la sospecha. Le habían llegado rumores de que muy
pronto se iba a demoler aquel teatro histórico, y como recordaba que la Comunidad de Madrid había
prometido comprar el Albéniz para salvarlo pero no tenía noticia de que hubieran hecho
absolutamente nada, llegó a la conclusión de que esta vez, como tantas otras, lo único que pretendían
es que pasara el tiempo, se atenuasen las protestas y se pudiera llevar a cabo el derribo. "Luego,
Aguirre jurará sobre siete biblias que las actividades del Albéniz se van a multiplicar por diez en el
futuro teatro del Canal, y asunto arreglado", pensó. "Qué fácil. Cualquier día van a tener que incluir en el Diccionario de la Real Academia Española la palabra 'recalificar', que a día de hoy no existe, y
darle esta acepción: 'Tomar a los ciudadanos por imbéciles'. O si no, al tiempo". A lo mejor es que
Juan es un tipo demasiado susceptible, pero en eso tiene razón: ¿No es raro que lo que enriquece a
tantos especuladores sólo se pueda definir con una palabra inexistente: recalificar? Pues eso.
Y es que las sospechas sobre oscuras tramas político-inmobiliarias en Madrid cada vez eran un poco
menos sospechas y un poco más certezas. Por ejemplo, qué mal le sonaba a Juan Urbano la dimisión
del director general de Urbanismo de la Comunidad, Enrique Porto, tras ser acusado de autorizar un
plan parcial en Villanueva de la Cañada que incluía más de 20.000 metros cuadrados, parte de ellos
de su propiedad y otros de una sociedad suya y de algunos de sus familiares; lo que, hablando en
plata, significaba que compró las fincas por 87.000 euros y las ha vendido por 4,3 millones. Un gran
negocio, hecho en sólo tres pasos: recalifica, toma el dinero y corre.

Al ver que algún compañero de Porto en el PP declaraba que su renuncia al cargo era "una prueba de
honorabilidad", Juan exclamó: "¡Claro, y la invasión de Polonia demostró el amor que Hitler le tenía
al río Vístula!".

Juan recordó ciertas sospechas del pasado, vertidas sobre la propia Esperanza Aguirre y algunos de
sus familiares, que supuestamente habrían hecho otro gran negocio al promover la construcción de
9.000 viviendas cerca de Guadalajara, aprovechando que el AVE Madrid-Lleida pasa por el Henares y que el Gobierno del PP decidió, en 1998, colocar la única estación del tren en esa provincia en el
pequeño municipio de Yebes, donde, según se dice, el esposo de la presidenta y otros familiares
poseen miles de hectáreas, repartidas en cinco fincas. Los terrenos de la futura urbanización, que la
gente llama Avelandia, fueron recalificados en 2001 en un plan de ordenación urbana. Juan Urbano
había leído en la revista Interviú que ese suelo era propiedad de unos primos de Esperanza Aguirre, y
que sus ganancias eran de alrededor de 48 millones de euros. Y también que el arquitecto municipal
de Yebes era Jaime de Grandes, hermano de Luis de Grandes, diputado del PP, y de Lorenzo de
Grandes, jefe de Prensa de la Asamblea de Madrid. Y también que otros primos y tíos de Aguirre
habían visto crecer su patrimonio tras la venta de parcelas incluidas dentro del Plan General de
Ordenación Urbana de Tres Cantos, con lo que habrían ganado más de ocho millones de euros...
Miró el Albéniz con nostalgia preventiva. Tantos millones y que ninguno de ellos valiese para salvarlo. ¿Qué por qué los especuladores definen lo que hacen con una palabra que no existe? Vaya estupidez de pregunta.

martes, 22 de enero de 2013

Caballo de Troya

Algunos días la obligación y la devoción se unen en un mismo punto. Más raro fue aquel verano en que no dejó de nevar, como dice Sabina. Hoy ese punto ha sido El País. En el primer caso lo esperaba, en el segundo ha sido una grata sorpresa abrir las páginas del periódico y volver a ver un texto de Benjamín Prado. Tan suyo, tan comprometido, tan "aprovechando que tengo al público ahí no puedo no decir". Y ha dicho, y en facebook ha preguntado, ¿Estáis de acuerdo...?

Lo estéis o no, leedlo, disfrutadlo, compartidlo... yo opino que merece la pena, ¿estáis de acuerdo?

La muerte de la militancia


Hacia 1962, el director de la Real Academia Española y miembro de la Generación del 27, Dámaso Alonso, se quejaba, en un famoso poema, del modo en que las siglas políticas y comerciales de la época invadían el idioma: “USA, URSS, OAS, UNESCO / ONU, ONU, ONU / TWA, BEA, K.L.M., BOAC, / ¡Renfe, Renfe, Renfe! / (…) ¡S.O.S., S.O.S., S.O.S, / S.O.S., S.O.S., S.O.S.! / Vosotros erais suaves formas, / INRI, de procedencia venerable, / S.P.Q.R., de nuestra nobleza heredada. / (…) Legión de monstruos que me agobia, / fríos andamiajes en tropel. / (…) ¡Oh dulce tumba: / una cruz y un R.I.P.!”. Si el autor de Hijos de la ira siguiese en este lado del más allá y, por algún motivo, tuviera que volver a escribir ese texto para adaptarlo a los tiempos que corren, igual que se actualiza una aplicación de un teléfono móvil, sin duda incluiría en él los acrónimos llegados desde el mundo de la economía que hoy nos inundan: pymes, Ibex, IVA, Sicav, ERE… El resultado más que previsible es que aunque las iniciales fueran diferentes, la historia que contaran iba a ser la misma: que el lenguaje es un caballo de Troya, un instrumento de poder que nos atrapa, se nos impone, nos fuerza a considerar verdadero e innegable lo que se repite hasta el vértigo, lo que salta de los discursos públicos a las conversaciones privadas para adueñarse de ellas.
Esa sospecha resulta demoledora y no hace más que multiplicar por dos la desconfianza que produce la clase política en general y que provoca, entre otras muchas cosas, que solo dos y medio de cada 100 ciudadanos de la Unión Europea pertenezca a algún partido; que en España, según la última encuesta del CIS, no haya un solo dirigente que reciba el aprobado de la población y que la idea más repetida con respecto a ellos sea que son todos iguales. Una certeza tan poco convincente como cualquier generalización y sobre la que no puede crecer nada aparte del desánimo, porque no hay terreno más estéril que un lugar común, pero que cada vez está más arraigada entre los millones de personas que han quedado a la deriva tras el naufragio del neoliberalismo; que sufren en su propia piel los latigazos de los números rojos y el drama del desempleo; que se ven acorraladas por las deudas y al borde del desahucio, cuando no más allá; que después de trabajar 30 años como remeros de los piratas han sido arrojadas por la borda y ahora se les obliga a entregar sus tablas de salvación a los almirantes, para que puedan tapar con ellas los agujeros de sus barcos.
Esa gente, como es normal aunque suene paradójico, ya no tiene fe en sus creencias; desconfía de propios y extraños, de quienes dictan las leyes y de los que las aplican sin piedad en sus negocios o sus empresas. Y, por supuesto, es de todo punto imposible que se pueda ver a sí misma como una pieza valiosa de la máquina que la tritura.
A la luz de los acontecimientos, parece obvio que la oscura España del pelotazo que esquilmó nuestro patrimonio y nuestra credibilidad hace 25 años, no fue abolida como nos quisieron hacer pensar, tan solo cambió de manos; porque lo único que parece haber ocurrido en las últimas tres décadas es que Mario Conde, Luis Roldán y Javier de la Rosa dejaron su sitio a Francisco Correa, Gerardo Díaz Ferrán o al antiguo director general de Trabajo de la Junta de Andalucía Francisco Javier Guerrero y poco más, puesto que, aparte del cambio de apellidos, el país sigue lleno de timadores que viven a la sombra del poder para lograr que su carrera avance deprisa y su dinero negro suba como la espuma. 
No deja de tener gracia que Luis Bárcenas, el tesorero del Partido Popular que, entre otras cosas, evadió presuntamente al extranjero, como mínimo, 22 millones de euros, fuese tan aficionado al alpinismo, por lo rápido que llegó a Suiza. Mucho menos divertidas son las preguntas que uno pueda hacerse acerca de algunas decisiones del Gobierno o de sus partidarios en el mundo judicial: ¿no sería el hecho de que Baltasar Garzón imputase al tesorero del PP en el caso Gürtel lo que pudo costarle su puesto en la Audiencia Nacional, condenado, según ha escrito en EL PAÍS un exdiputado popular, Jorge Trías Sagnier, “por unas escuchas que fueron muy limitadas y estaban más que justificadas”? ¿No es demasiada casualidad que la amnistía fiscal que ha propiciado el ministro de Hacienda le haya venido como anillo al dedo a su excompañero Bárcenas para que pudiese regularizar 10 millones de euros no declarados? Demasiadas coincidencias, tal vez.Si antes se había decretado la muerte de las ideologías, de la Historia, de la novela y hasta la de Dios, ahora hay que certificar, al menos hasta nueva orden, la muerte de la militancia. Algo que parecen demostrar el último eurobarómetro, según el cual Grecia, España y Letonia, por ese orden, son los tres países del continente donde se tiene menos confianza en los partidos políticos, y un reciente sondeo llevado a cabo por Metroscopia, donde se recoge que el porcentaje de los que aquí desconfían de nuestras instituciones y de sus representantes es, ni más ni menos, que del 97%. Es comprensible, si recordamos que, a día de hoy, existen en nuestro país más de 300 parlamentarios, alcaldes y concejales imputados por los jueces en tramas de corrupción.
El francés Alain Touraine, con quien Bauman compartió aquel galardón, cree que “los políticos llevan demasiado tiempo actuando a espaldas de la sociedad, han roto con ella y al hacerlo han lastrado las democracias”, que al someterse a los poderes económicos renuncian a su papel de “mediadoras institucionales entre el Estado y la sociedad a la que representan, con lo cual nos dejan a casi todos fuera del sistema”. Ese lugar al margen es al que van a parar los parados, los insolventes o los desahuciados.El filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman, ganador en el año 2010 del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y padre del influyente concepto de “sociedad líquida”, que define un mundo en el que no hacemos pie y flotamos a la deriva, dice que la impotencia o sumisión del poder ante los mercados y la caída de aquel espejismo con las palmeras pintadas de rosa que era el Estado de bienestar, nos ha vuelto escépticos e indiferentes, y sostiene que lo único que ha conseguido la posmodernidad es que “hoy nos domine la incertidumbre y no tengamos más valores que los relativos”, porque todo lo demás ha perdido su solidez y, por tanto, no se puede usar como contrapeso a los peligros que tiran de nosotros hacia el abismo. Que el poder se encuentre en manos de “grupos casi abstractos y que parecen fuera del alcance de las instituciones, produce una sensación de impotencia y ha echado abajo los dos pilares sobre los que se debe de articular un país: la solidaridad y la confianza”. Tiene razón, el pesimismo nos domina, nos hace insolidarios y nos obliga a pensar que el futuro cabe en tres palabras: sálvese quien pueda.
El encargo que le ha hecho la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales para que busque el modo de mejorar la imagen de los políticos y su anuncio de que se tomarán medidas legales para endurecer las penas de inhabilitación a los corruptos y mandarlos a prisión, no parece que pueda ser tomada muy en serio cuando en su propio partido cubren y justifican a multitud de inculpados en asuntos muy sospechosos. Y lo hacen con tanto éxito que la inmensa mayoría de los candidatos envueltos en delitos de esa clase, son reelegidos cuando se vuelven a presentar a unas elecciones e incluso, tal y como ocurrió con el antiguo presidente de la Comunidad Valenciana, mejoran sus resultados. Quizás eso cambie ahora que, según dicen los últimos escrutinios, el 87% de los españoles pide que se aparte inmediatamente de sus puestos a los políticos a los que la ley implique en algún delito. Ya veremos si eso tiene un reflejo real en las urnas o solo demuestra que el novelista Mark Twain dijo la verdad cuando escribió que en este mundo hay tres tipos de mentiras: los embustes, las patrañas y las encuestas.Para hacer más hondo el desencanto, las noticias inacabables sobre la corrupción, que incluyen en su nómina oscura desde miembros de la familia real hasta dirigentes de las dos grandes formaciones políticas del país y de los partidos nacionalistas más pujantes, han pulverizado la fe de los españoles en los cargos públicos. Cómo no iba a ser así al ver a algunos de ellos robar, mientras nos imponen a los demás sacrificios sin fin, hasta el dinero destinado a las ayudas sociales, el subsidio de desempleo o las víctimas del terrorismo, que una y otra vez acaba en las cuentas opacas que esconden en diferentes paraísos fiscales los encargados de administrarlo. El yerno del Rey, por poner un ejemplo, usó como tapadera para blanquear capitales, según todos los indicios, una fundación de ayuda a niños discapacitados.
El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, recuerda que “al principio la política falló porque no supo anticiparse a la crisis, ni la vio llegar; y después porque no tomó medidas para impedir el crecimiento de la desigualdad, ni actuó contra los abusos de las corporaciones”; y ahora teme que el desencanto de la mayoría acerque a muchos hacia la ultraderecha y otros suburbios de la condición humana. Sin duda, es un riesgo que no conviene ignorar, porque cuando las personas se sienten atrapadas, buscan libertadores, y ese es un gremio en el que abundan los farsantes y, a menudo, los canallas.
Como dice el sociólogo Juan Carlos Zubieta Irún, profesor de la Universidad de Cantabria, “el comportamiento indigno y zafio de algunos políticos provoca que los ciudadanos se alejen de ellos. La financiación ilícita de los partidos, las listas electorales cerradas, la falta de democracia interna o el incumplimiento de las promesas hechas en campaña explican el grito de los manifestantes del 15-M: ¡No nos representan!”. Una reacción que considera comprensible entre quienes sufren el azote de la crisis mientras tienen noticia de “las prácticas usureras de algunos bancos, el escándalo de las primas y los sueldos multimillonarios de sus directivos o la estafa de las preferentes, que hacen que corran al pasar junto a una sucursal”. La iniciativa de dejar la basura al pie de los cajeros automáticos de ciertas entidades, explica de forma gráfica lo que sienten sus damnificados. Y quizá sea un aviso de lo que puede ocurrir si las cosas no mejoran.
Los nuevos dirigentes de izquierda y derecha que, sin duda, pronto van a sustituir a los actuales, van a tener que trabajar mucho para devolvernos la esperanza, o no saldremos de aquí. Es imposible resolver un problema que no crees que tenga solución.Tienen que hacerlo, antes de que tengamos que escribir otro poema de la familia de Dámaso Alonso en el que se hable de un país irremediablemente partido en dos: “Paro, euro por receta, Bankia, tasa judicial; / privatización, recalificación, prevaricación; / testaferros, desahucios, paraíso fiscal, / sobresueldos, recortes, Suiza, malversación…”. Y así hasta llegar hasta el fondo de reptiles, que es como hace 30 años se llamaba a la dotación para sobornos que guardaban en sus cajas fuertes algunos ministerios. Con la diferencia de que entonces éramos militantes por la mejor razón que se puede serlo: porque teníamos fe en el futuro. Ahora, todo ha cambiado y, según concluye el informe de Metroscopia, si en 2010 empezaban el año con optimismo el 78% de los ciudadanos, ahora nada más que lo hacen el 43%.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Vuelve a ser Jueves

Hace mucho tiempo, demasiado, que Benjamín no escribía un jueves en El País. Hubo un tiempo, hace mucho, demasiado, que Benjamín escribía cada jueves acompañado de su inseparable Juan Urbano, en Madrid, en la sección de opinión... Lo echábamos de menos.

Hoy hemos desayunado con la sorpresa de su tribuna en la sección nacional de El País y hoy hemos vuelto a recordar aquellos jueves en los que disfrutábamos leyendo lo que nos cuenta y, sobre todo, cómo nos lo cuenta... ¿Cómo? Así:

Ahorro ideológico
Por Benjamín Prado, en El País

La palabra ilustración resume el siglo XVIII y la palabra revolución caracteriza el XIX. El siglo XX cabe en la palabra guerra y en estos momentos nadie duda que el XXI será recordado con la palabra crisis.La crisis del sistema capitalista y de su Estado del bienestar, en todos sus extremos: político, económico y moral. El mundo sigue partido en dos mitades, como siempre, a un lado los ricos y al otro todos los demás, en un arco que va desde la clase media, hoy en vías de extinción, hasta los pobres; pero la distancia entre ellas es cada vez más grande y los puentes que las comunicaban se han ido destruyendo hasta construir una sociedad sin esperanza, en donde la otra orilla vuelva a ser lo contrario del río. Mientras el desempleo afecta ya al 25% de la población activa y amenaza con llegar hasta 40%, un estudio llevado a cabo por Credit Suisse augura que en el año 2017 el número de millonarios en España —es decir, el de personas que tengan una fortuna superior al millón de dólares— se multiplicará por dos y pasará a ser de 616.000.

Los palacios han caído, pero eso no significa que sus dueños no puedan hacer un buen negocio con la venta de sus ruinas, y para demostrarlo no hay más que ver las montañas de dinero que se han llevado a sus casas los directivos de algunos bancos y cajas de ahorro, mientras con una mano estrangulaban a sus clientes y con la otra le pedían dinero al Estado para no caer en la quiebra. Un agravio comparativo nada raro, por desgracia, en un país donde, según The New York Times, mientras los impuestos y los recortes masacran a los ciudadanos normales, los más acaudalados defraudan a Hacienda 45.000 millones de euros al año, una cantidad que si no se perdiese en paraísos fiscales, sicav y cuentas offshore, alcanzaría para financiar la sanidad y la educación públicas del país.

Se redujo por ley la velocidad en carretera hasta que la recaudación por multas cayó en picado
Aunque el saqueo es global: en su último libro, El precio de la desigualdad, el premio Nobel de economía, Joseph E. Stiglitz, explica que la razón de que el 1% de la población posea lo que el 99% necesita es la manera en que los mercados no distribuyen los beneficios, sino que los ponen en manos de una minoría para la cual el resto de los habitantes del planeta sólo podemos ser tres cosas, dependiendo de si sus negocios van bien, regular o mal: mano de obra, bestias de carga o, en los peores casos, carne de cañón.

La reacción general ante el naufragio del sistema ha pasado de la incredulidad al desánimo y de ahí al miedo, la parálisis y la ira. Pero sobrevivir es ir aprendiendo las reglas nuevas según cambia el juego y mucha gente empieza a ver que, aunque el ajuste de cuentas del que le hablan día y noche a veces tiene que ver con la economía y a veces con la ideología, resulta evidente que aquí de lo que se está hablando es de dinero, y se extiende la idea de que la única forma de enfrentarse al dinero es pagarle con la misma moneda. El descenso brutal del consumo, especialmente desde que el Gobierno hizo lo que siempre hacen los ejecutivos sin recursos ni argumentos, subir el IVA, se puede interpretar como un método de ahorro, pero también como un modo de protesta. Es lo que podríamos llamar ahorro ideológico: reducimos hasta el límite de lo soportable los gastos y el plan le sale mal a estos legisladores abusivos que lo basan todo en la explotación de los contribuyentes y cuya única medicina es dejar sin trabajo a medio país, como si el modo de que el barco no se hunda fuera tirar a los remeros por la borda. Han engañado a todo el mundo, decían que eran cirujanos, pero sólo son leñadores. Y ahora ha llegado el momento de defenderse de ellos a su modo: nuestras tijeras contra las suyas.

El primer indicio de este comportamiento se vio cuando fue anunciada la reducción de la velocidad en las autopistas de 120 a 110 kilómetros por hora. Los conductores, hartos de que los esquilmen con ese método de recaudación bajo cuerda que son muy a menudo las sanciones de tráfico, levantaron de forma tan masiva el pie del acelerador y la recaudación de las multas cayó tan en picado, en torno al 25%, que la DGT puso de nuevo el límite donde estaba. Los sermones sobre la seguridad de los usuarios y las reservas de combustible pasaron a mejor vida.


Otra iniciativa es la retirar el dinero de los bancos que ejecuten desahucios
Un segundo ejemplo notable de este proceso de rebelión ante el expolio es el de las carreteras de peaje que se quisieron implantar, entre otros sitios, en la Comunidad de Madrid, y que han supuesto un fracaso absoluto: las previsiones eran que pasarían 35.000 coches diarios por ellas, pero no lo hacen ni 2.000, con lo que el supuesto buen negocio ha sido un desastre y la deuda que han acumulado las empresas del sector ya supera los 4.000 millones de euros. El precio de la gasolina, por su lado, no deja de subir, pero el repostaje ha descendido, hasta el momento, más de un 11%.


El último episodio, por ahora, de esta insurgencia de bolsillos hacia dentro, que trata de resistir el ataque de un Gobierno despiadado cuyo presidente solo sabe hacer dos cosas, las que le mandan y las que juró que nunca haría, ha sido la caída de un 12% en las ventas del pequeño comercio, que acumula veintiocho meses consecutivos de pérdidas, lo cual ha impedido que la subida del IVA esté siendo tan rentable como esperaban sus gestores, pero también es un drama que pone al borde de la desaparición a muchos empresarios autónomos. Las previsiones de cara a las fiestas de Navidad no pueden ser más lúgubres, ni más profunda la convicción de que, hoy más que nunca, los justos pagan las culpas de los pecadores, salvo para el presidente de la Conferencia Episcopal, quien opina que el déficit cae del cielo como una plaga de langostas al servicio de Dios y es nuestro castigo por darle la espalda a la iglesia y adorar al becerro de oro.

Y ya hay otras iniciativas en marcha, como la de que miles de clientes saquen todo el dinero que tengan en cualquier banco que desahucie a una familia sin recursos. O la de no comprar lotería de Navidad para reducir las ganancias del Estado en ese terreno. Todas ellas dejan claro que el dinero se ha acabado, pero la paciencia, también. Porque estamos empezando a recordar que la mejor manera de resistencia es defenderse con las mismas armas con que te atacan. Aunque sean de doble filo. El ahorro ideológico es hacer que cada euro que no se gasta sea un mensaje: hasta aquí habéis llegado.

viernes, 9 de marzo de 2012

Llenar las espinas de rosas

Haré lo que no se debe hacer en ningún texto, y es comenzar por el final. Benjamín Prado dice que Vicente del Bosque debe ser la persona más feliz en su trabajo, aunque no sé yo si el propio Benjamín no disfruta tanto con la convocatoria y la alineación titular de las letras como el propio Del Bosque con su Roja. O por lo menos eso es lo que transmite. ¡Cómo si no va a escribir un texto sobre trabajo y vamos a acabar encantados de leerlo! ¡Y encima en viernes!

Esta es mi vida, pero no soy yo
Por Benjamín Prado en El País
En las preguntas no hay direcciones prohibidas, de modo que también se pueden hacer a contracorriente. Eso las vuelve más inoportunas, pero a la vez más visibles. Aquí y ahora, por ejemplo, y en mitad de esta época sombría en la que millones de personas pierden su empleo y otras viven amedrentadas por la posibilidad de ser también despedidas, ¿no es el momento oportuno para apreciar lo que vale un trabajo y para volver a pensar en la necesidad de ser felices llevándolo a cabo? Es verdad que en estos instantes tenemos todas las razones del mundo para seguir “viviendo en continuo diálogo con el pánico”, como recuerda que hemos hecho tradicionalmente el historiador Jean Felumeau en su libro El miedo en Occidente, recién publicado por la editorial Taurus. Y también es cierto que cuando las crisis queman y el Estado de derecho se tuerce, los países se llenan de ciudadanos dispuestos a hacer lo que sea para salir adelante. Pero eso, naturalmente, no es lo ideal. “Si tu trabajo te cansa pero no te aburre, es que es el tuyo”, escribió el psiquiatra Carlos Castilla del Pino.
Sin olvidar nunca aquella idea de Mark Twain según la cual en este mundo existen tres tipos de engaños, que son las mentiras, las patrañas y las encuestas, un estudio reciente de la empresa de gestión de recursos humanos Adecco deja varias pistas interesantes, aunque algunas tan contradictorias como que ocho de cada diez españoles se declare feliz en el trabajo pero un 44,7% asegure que cambiaría de profesión si pudiera echar el tiempo atrás. Aparte de eso, tres de cada cuatro piensan que para ser feliz en el trabajo hay que tener vocación; el 97%, que los asalariados contentos son más productivos y, en general, que los factores más importantes para conseguir estarlo son el ambiente laboral, el sueldo, la realización personal y el horario.
Santiago Vázquez, que es sociólogo, economista, licenciado en Ciencias Políticas y director de Personas de la compañía de telecomunicaciones por cable R, opina que para que las cosas mejoren lo primero que debemos hacer es cambiar de mentalidad: “Por una parte, nos han enseñado que el trabajo es una especie de condena, una cortapisa que nos impide hacer las cosas que realmente nos gustan; y, por otra, existe la idea, muy extendida, de que sentirse satisfecho es ser conformista, mientras que el espíritu crítico es más respetable, de modo que en cualquier empresa en la que el 90% de los operarios estén satisfechos y el 10% esté incómodo por la razón que sea, este último grupo será el que más ruido haga, el que más se deje notar y oír. Y, sin embargo, no hace falta esforzarse mucho para entender que si la búsqueda del bienestar es el motor de la vida, también debe serlo en el ámbito laboral. Y eso vale siempre, incluso en circunstancias tan adversas como las que sufrimos hoy día. El empresario que piense que por haber más de cinco millones de personas en paro puede descuidar a su plantilla, dado que sería tan fácil de sustituir, cometerá dos errores: el primero, olvidar que una crisis es también una buena ocasión para sobreponerse a las dificultades y ganar prestigio; el segundo, no saber que los buenos resultados no se consiguen generando angustia o incertidumbre, sino confianza. ¿Dónde juega mejor y es más decisivo Messi: en el Barcelona, donde le animan a ser el mejor futbolista del mundo, o en la selección argentina, donde se lo exigen?”.
Es un buen argumento, pero ¿es también un buen ejemplo? ¿Los conflictos que pueda tener una figura del deporte, es decir, alguien admirado, rico y joven, son comparables a los del resto de las personas? ¿Tenemos que volver a confiar en la célebre Pirámide de Maslow, esa teoría psicológica según la cual las necesidades de los seres humanos obedecen a una jerarquía y se dividen en cinco niveles, situándose lo puramente biológico en la base y la “autorrealización”, o “necesidad de ser” (B-needs), en la cima? “No se trata de estar arriba o abajo, sino en tu sitio”, concluye Santiago Vázquez, “pero es evidente que todos tenemos unas necesidades elementales, un derecho a prosperar y, a partir de ahí, muchas posibilidades abiertas. Un barrendero puede ser feliz y Michael Jackson, Whitney Houston o Amy Winehouse no, como indican sus vidas turbulentas y sus muertes trágicas. Es obvio que alguien que está haciendo cola en una oficina del Inem no tiene nada de lo que reírse; pero también que otros muchos mejoraríamos si le dedicáramos menos tiempo a lamentarnos por lo que nos falta y a temer perder lo que tenemos, y más a valorarlo en su justa medida”. Lo cual, en cierto sentido, nos recuerda que no hay nada más lógico que “buscar la felicidad de forma intuitiva, lo mismo que los borrachos buscan su casa sabiendo que tienen una”, como escribió Voltaire, pero también que habitamos un mundo en el que la realidad contradice a la razón y la única filosofía posible es la de los mercados.
Pero donde no alcanza la filosofía, llegan los libros de autoayuda, y por eso la búsqueda de un camino que lleve del trabajo a la alegría ha dado lugar a diversas reflexiones, desde las que ofrece en sus famosos libros el psicólogo norteamericano Martin Seligman, a las que aporta el Dalái Lama en El arte de la felicidad en el trabajo o las que contienen otros títulos igual de explícitos, como La hora feliz es de 9 a 5, de Alexander Kjerulf. El primero, un best seller mundial famoso por haber creado el concepto de “optimismo aprendido”, sostiene en obras como La auténtica felicidad que esta “se logra sabiendo identificar en qué somos fuertes y usando esa información en el trabajo, con la familia y durante nuestros momentos de ocio”. El segundo, en conversación con el neurólogo y psiquiatra Howard C. Cutler, recomienda “cultivar la mente, adiestrarla para encarar las dificultades desde la serenidad e identificar las emociones destructivas para conseguir un ambiente laboral óptimo”. El tercero, asegura que es posible “llenarnos de energía mientras trabajamos, pasárnoslo bien, hacer una labor fantástica, disfrutar de las personas con las que compartimos la oficina, asombrar a nuestros clientes, estar orgullosos de lo que hacemos, y tener tantas ganas de que lleguen los lunes por la mañana como otras personas anhelan los viernes por la tarde”.
Kjerulf, que es danés, presume de que los escandinavos, tradicionalmente los trabajadores más dichosos del mundo, hayan sido capaces hasta de inventar una palabra, arbejdsglæde —cuyas dos mitades, arbejde y glæde significan, por supuesto, trabajo y felicidad—, y afirma que la presencia obsesiva de ese término en los países nórdicos ha sido la clave del éxito de empresas como Nokia, IKEA, Carlsberg, Lego o Ericsson. Su conclusión es que cuando sube el agua suben todos los barcos, porque el hecho de que los operarios felices sean “más eficaces, más rápidos y más flexibles, se preocupen por la calidad de los productos y caigan menos en el absentismo hace que sus empresas atraigan a personas más competentes, tengan mayores ventas y clientes más fieles”. Otra investigación, esta vez llevada a cabo por corporación Gallup, calculó hace unos años que la infelicidad de sus empleados le costaba a algunas de las firmas comerciales más competentes de Estados Unidos cerca de 400.000 millones de dólares anuales.
 
Para contener esa hemorragia, muchas compañías que ya se habían tomado muy en serio las tácticas del branding que el popular rey del marketing, Tom Peters, explicó en libros como En Busca de la excelencia, Nuevas organizaciones en tiempos de caos o El meollo del branding, donde sentenciaba que lo que singulariza a una marca comercial son sus activos intangibles y que “la pasión es la materia prima de los negocios”, ahora empiezan también a creerle cuando dice que ningún negocio puede hacerse grande si no consigue “establecer expectativas razonables y claras para sus empleados y garantizarles la autonomía necesaria para que puedan hacer aportaciones directas a su trabajo”. De forma muy gráfica, Peters sostiene que el epitafio más triste que se puede poner sobre la tumba de cualquiera, es este: “Podría haber hecho cosas realmente fantásticas... pero su jefe no se lo permitió”.
Los Premios E&E a la Innovación en Recursos Humanos, que recientemente han celebrado su novena edición, dan un indicio de por dónde van las cosas: DHL se llevó uno por fomentar la identificación de sus trabajadores con la compañía invitándoles a debatir y gestionar cinco proyectos de expansión; Philips Ibérica, porque puso en marcha, en el verano de 2010, las Recognition cards, un sistema orientado a motivar a sus mejores profesionales con unos puntos que podían canjear por diversos productos de la marca; o la propia R, donde trabaja Santiago Vázquez, por haber desarrollado un modelo de felicidad en el trabajo que, entre otras cosas, ordena aumentar o reducir los incentivos variables de los jefes de cada departamento según el clima laboral que logren establecer en él. El porvenir está en manos de todos aquellos que sean capaces de darle la vuelta a la fatalidad y conseguir que las espinas estén llenas de rosas.
Eduard Punset, autor de libros como Viaje al optimismo o Excusas para no pensar y conductor del programa Redes, ha defendido que “la felicidad de los empleados debe ser un objetivo primordial de las empresas” y que estas “tienen que aceptar que la gente controle parte de los procesos en que está inmersa, para que así pueda desarrollar sus cualidades innatas”. Pero añade ahora que, en su opinión, tampoco suelen vivir bien aquellos que consideran el trabajo su centro de gravedad: “Los estudios más serios sobre las dimensiones de la felicidad coinciden en no identificar el trabajo como una de sus fuentes básicas, porque antes que eso están las relaciones personales, el control de la propia vida e incluso los niveles de renta. Y las investigaciones más recientes en el campo de la neurología ponen de manifiesto la necesidad de conciliar entretenimiento y conocimiento: es preciso entretener para enseñar. Lamentablemente, muchas universidades no han asimilado todavía este principio, y el mundo corporativo está todavía más lejos de practicarlo. De todos modos, la actual dicotomía entre trabajo y felicidad desaparecerá a medida que se cambien los esquemas de la revolución industrial por estrategias menos fundamentadas en los conocimientos académicos y más en la creatividad”.
Sin embargo, como advierte una vez más Jean Delumeau en El miedo en Occidente, “cuando las personas están asustadas corren el riesgo de disgregarse, su personalidad se cuartea y su sensación de estar adheridas al mundo desaparece”; así que ¿cómo se pueden combinar, en estos momentos, la búsqueda de la felicidad en el trabajo y el pánico a perderlo, en medio de esta crisis y justo después de la última reforma laboral? “No dejándose vencer o intimidar por el miedo”, concluye Punset. “El miedo ha sido evolutivamente la mayor amenaza de la felicidad, a la que he definido como la ausencia del miedo”. El problema es cuando ese estado de alarma pasa de ser individual a ser colectivo. Delumeau lo resume con una pregunta inquietante: “¿Las civilizaciones pueden morir de miedo, como las personas?”.
¿Existen trabajos capaces de hacer felices por sí mismos a las personas que los desempeñan? Según un sondeo recién llevado a cabo por la Universidad de Chicago y publicado por la revista Forbes, las 10 ocupaciones más gratificantes que existen son, por este orden: cura, bombero, fisioterapeuta, escritor, profesor de educación especial, maestro de escuela, artista, psicólogo, agente de ventas e ingeniero. El novelista Gustavo Martín Garzo, a punto de publicar Y que se duerma el mar, está de acuerdo con que su profesión esté en ese inventario, porque reconoce disfrutar escribiendo, lamenta que eso no les ocurra a demasiados profesionales y piensa que “habría que recuperar la noción del trabajo gustoso, como lo llamaba Juan Ramón Jiménez. Estar en paro es un drama tremendo, incomparable, pero también es una pena que tanta gente que sí trabaja piense más en lo que saca de su oficio que en lo que le puede dar. Antes muchas personas amaban su trabajo, por modesto que fuera, y eran felices al entregarlo bien hecho, pero ahora vivimos un tiempo de prisas y de chapuzas, en el que solo importa la rentabilidad. Esa es la llave de este asunto: hacer las cosas de cualquier manera no puede hacer feliz nada más que a un sinvergüenza; hacerlas bien, puede hacer feliz a una persona honrada”.
Finalmente, nos hemos preguntado quién podría ser la persona más feliz de España con su trabajo, y la respuesta, a todas luces, solo podía ser una: Vicente del Bosque, el entrenador amable que nos ha hecho campeones del Mundo y de Europa. Así que cómo acabar este artículo sin preguntarle.
—¿Es usted feliz con su trabajo, seleccionador?
—Bueno, la felicidad es propia de la infancia, y ser futbolista profesional, como yo lo fui tantos años, es ir estirando la infancia todo lo que se puede, seguir jugando hasta que la diversión se convierta en oficio. Luego, los que nos hacemos entrenadores llevamos todo eso un poco más allá todavía. Imagino que las dos mejores razones que uno puede tener para sentirse contento con lo que hace son sentirse un privilegiado y notar que te quieren. Y a mí me pasó eso antes y me sigue pasando ahora. Un futbolista de élite es un elegido, alguien que logra estar entre los pocos que consiguen lo que muchos querrían, y yo creo que casi todos los niños sueñan con ser estrellas, llegar a Primera División, ser internacionales… todo eso. Así que cuando yo lo era, claro que me sentía feliz. Y ahora, con los éxitos que hemos podido tener en la selección, pues también estoy contento por haber logrado nuestros objetivos, porque nuestra tarea haya tenido esa recompensa y porque siento todo el afecto que la gente me da, así que de nuevo se puede decir que tengo suficientes razones ser feliz en mi trabajo, dicho sea con toda la moderación que le impone a uno la edad, por supuesto.
—Y si no hubiera sido futbolista y entrenador, ¿en qué otro trabajo cree que podría haber sido feliz?
—Seguramente de maestro. De hecho, tenía esa otra vida en la recámara, por así decirlo, porque estudie Magisterio. Enseñar es bonito, ir formando a los chicos, ser uno de esos profesores que dan todas las asignaturas: matemáticas, lengua, historia. Tampoco es tan diferente a ser entrenador.
Así que érase dos veces un hombre feliz. ¿Cuántos de nosotros podríamos decir, al menos, la mitad de eso?

viernes, 11 de noviembre de 2011

Tal día como hoy

El jueves 11 de noviembre, pero del año 2004, Benjamín Prado escribía en su columna semanal de la edición impresa de El País, en la sección de Madrid, un artículo que quizá pudiera ser el germen del libro que el propio Benjamín escribiría 6 años después. O sino el germen, que eso solo lo sabe el autor, sí el principio del comienzo, que eso lo sabemos todos los que hemos leído Operación Gladio. Sea como fuere, y para no perder la constumbre del artículo semanal de Benjamín, aquí rescatamos esta opinión:

Franco, váyase

En pleno siglo XXI, a 65 años del final de la Guerra Civil española y a casi 30 de la muerte del Funeralísimo, como siempre lo llamaba Rafael Alberti, no sólo da la impresión de que en España no hubo jamás franquistas, por lo que el general sedicioso debió gobernar 36 años el país en completa soledad y combatido por todos, sino que también se ha llegado a un punto en el que nadie quiere hacerse cargo de su sombra envenenada, al menos a cara descubierta. No hay más que ver el caso de la estatua ecuestre del golpista que aún cabalga sobre la dignidad de todo Madrid en la plaza de San Juan de la Cruz, ¡vaya por Dios!, justo el poeta que supo profetizar la desesperación de tantos españoles de la posguerra cuando dijo: "¿Qué muerte habrá que se iguale / a mi vivir lastimero, / pues si más vivo más muero?".

El Congreso acaba de aprobar, por fin, con la oscura abstención de la derecha, una iniciativa que exige la retirada de todos los símbolos fascistas -y, por lo tanto, anticonstitucionales- que aún ennegrecen los edificios públicos y las calles de nuestro país. El Caudillo a caballo de la plaza de San Juan de la Cruz galopa también en los patios de la Academia Militar de Zaragoza, la Capitanía General de Valencia, la Academia de Infantería de Toledo, sigue en la plaza del Ayuntamiento de Santander, en Melilla, en Guadalajara... Si las estatuas significan cosas -y debe ser así cuando, por ejemplo, la imagen de la invasión de Bagdad que dio la vuelta al mundo fue la de la estatua de Sadam Husein derribada por los soldados norteamericanos-, entonces debemos preguntarnos qué significa que Franco aún esté en las calles de nuestras ciudades: ¿Significa que algunos de los pactos a los que se llegó para lograr la transición política a la democracia aún son inconfesables? ¿Significa que todavía estamos en peligro? No lo creo. En cualquier caso, a veces la prudencia está mucho más lejos de la sensatez que de la cobardía, o es la virtud del perezoso, o la coartada del neutral, o un afluente del cinismo. En cualquier caso, nada sano.

A Franco no queda hoy quien lo defienda, pero sí hay quienes no lo condenan claramente, o lo hacen de modo tan matizado, tan tímido y tan respetuoso, que su condena parece más hija de la necesidad, la hipocresía o el miedo que de la convicción. ¿Quién va a quitar esa tumba en forma de jinete de la plaza de San Juan de la Cruz? El Ayuntamiento de la ciudad, pese a que la obra del escultor José Capuz, tallada en 1956, aparece en el Catálogo de Elementos Singulares de la Concejalía de Urbanismo de la capital, asegura que la estatua está bajo la jurisdicción del Ministerio de Fomento y éste dice que, en todo caso, si no le pertenece al municipio, sería responsabilidad del Ministerio de Economía y Hacienda, al que pertenece la Dirección de Patrimonio Nacional. Parece muy fácil resolver el problema: ¿No es de ustedes? Entonces, es nuestra: la quitamos y asunto resuelto.

Hay quien opina que las estatuas de Franco no deben moverse de sitio, porque así siempre habrá un lugar donde ir a indignarse y soltar adrenalina. El problema es que a lo que se va allí todos los años, cada 20 de noviembre, es a honrar su memoria y a deshonrar la de todos los que murieron en su guerra. A nadie se le ha ocurrido permitir semejante disparate en Alemania o Italia.

El pretexto artístico o histórico, al que han recurrido muchos para barrer los símbolos franquistas, no tiene justificación: con el mismo argumento con que el ex alcalde popular de Madrid, Álvarez del Manzano, se negó a quitar la estatua de Nuevos Ministerios, "la Historia es la Historia", se le podría hacer otra estatua a los etarras que volaron a Carrero Blanco o se podría levantar, junto al monumento a los abogados laboralistas de la calle de Atocha, otro a sus asesinos. La Historia no es sólo la Historia, sino la suma de ella, de la verdad y de la justicia. Y lo que hace la gente como Francisco Franco no es escribir la Historia, sino pervertirla.

Por cierto, no estaría nada mal que en el hueco que deje la estatua del dictador se pusiera otra de Manuel Azaña, el presidente legítimo al que el militar sublevado echó a tiros del lugar en el que le habían puesto, con sus votos, los ciudadanos. Es sólo una idea, naturalmente.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

De tesoros recién desenterrados

Noviembre empieza como el mes de los muertos y en el número 736 de Cuadernos Hispanoamericanos, pese a que es del mes de Octubre, Benjamín Prado escribe sobre ellos, y sobre literatura, por supuesto. Un detalle de calidad en unos cuadernos de muchos kilates, que en esta edición cuentan con Santiago Roncagliolo, Reina María Rodríguez, Hugo Mujica, Ada Salas, poemas de Leopoldo María Panero, o Irene Zoé Alameda, entrevistas a Olga Lucas, José Luis Sampedro, puntos de vista de Juan carlos Abril, Julio Neira, Ramón Acín... así como una extensa "Biblioteca".

Yo os dejo con

Algunos muertos tienen mucho que escribir
Por Benjamín Prado en Cuadernos Hispanoamericanos nº736, Octubre 2011

En este mundo obsesionado hasta la extenuación por el futuro, el progreso y las novedades, es difícil encontrar un minuto para mirar atrás, y por eso el porvenir vive mejores tiempos que el pasado. Nos movemos en la superficie y a la carrera, olvidando, o no queriendo saber, que para que el tiempo sea de verdad oro hay que detenerse y cavar, y no queriendo o pudiendo entender en muchas ocasiones que renunciar a la historia es quedarse sin la mitad de la vida, que está compuesta por "un adelante, la acción; y un atrás: el recuerdo", como dice el psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino en uno de sus Aflorismos, publicados ahora, a los dos años de su muerte, y en los que se reúnen sus pensamientos más espontáneos pero también más certeros, casi un millar de anotaciones que se amparan en una cita de Samuel Johnson elegida para explicar que el brillo y la profundidad son antagónicos pero no incompatibles y que la concisión es una victoria por lo que ahorra y una renuncia por lo que evita: "Tal vez un día el hombre, cansado de preparar, explicar, convencer, llegue a escribir sólo aforísticamente".

De momento, lo que sí sabemos es lo que ya ha pasado y ya se ha escrito, pero nunca del todo, porque libros como el de Castilla del Pino, preparado y prologado por Celia Fernández, logran que los autores desaparecidos puedan seguir manteniéndose en contacto con nosotros a rtavés de sus inéditos, a veces, como en este caso, porque dejaron lista alguna obra para su publicación, y en otras, como ha ocurrido últimamente con el Diario anónimo de José Ángel Valente y con la Correspondencia entre los novelistas Carmen Martín Gaite y Juan Benet, ambos aparecidos en Galaxia Gutenberg; o con el Epistolario inédito sobre Miguel Hernández, 1961-1971, que ha sacado la editorial Renacimiento y en el que se recogen las cartas cruzadas ente el crítico Darío Puccini y Josefina Manresa, la viuda del autor de Viento del pueblo. Leer todos esos libros no sólo nos permite conocer más acerca de esos escritores admirables, sino también conocerlos desde otro sitio, en este caso desde la intimidad, porque lo que ahora nos llega a los ojos no estaba hecho para la luz pública, sino para ser leído de puertas para adentro. Uno vulnera esa intimidad y aunque por una parte se sienta un extraño que partidipa de una fiesta a la que no había sido invitado, también tiene una sensación de privilegio y un sentimiento de cercanía.

Es una suerte que, a pesar de todo, aún estemos dispuestos unos a invertir su esfuerzo y su dinero en rescatar del olvido textos de esta naturaleza y otros a disfrutar de ellos como lo que son: un tesoro recién desenterrado.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Reflexión tecnológica, imprescindible

Casi por sorpresa, en Ciberpaís, el suplemento digital de El País, el pasado 27 de Octubre Benjamín nos regalaba este texto, esta reflexión, esta verdad. Disfrutadlo.

Lo probamos todo... ¿Sin comprender nada?
Por Benjamín Prado, en el Ciberpaís

¿Cuánto vale lo que no nos cuesta nada? ¿Qué importancia le damos a las cosas que logramos sin ningún esfuerzo? En estos tiempos líquidos en los que si tienes 10 minutos y un ordenador puedes conseguir casi cualquier cosa sin ir a buscarla a ninguna parte, porque basta con pulsar dos teclas para que Internet te ponga en la mano el disco, la noticia o la imagen que estuvieras buscando, parece que es más fácil desear las cosas que quererlas y que a fuerza de acumular titulares, citas y resúmenes nos arriesgamos a sustituir el conocimiento por la simple curiosidad, que es un buen punto de partida, pero un mal destino. Importa más probar que elegir y estar al tanto de lo que sucede que tener una opinión sobre ello, lo cual en muchos casos nos vuelve a la vez insustanciales e insaciables. ¿Se puede considerar informada una persona que lee los teletipos que le van llegando a su teléfono móvil? ¿Oír dos canciones de cada CD que se edita te convierte en melómano? ¿Coleccionar frases célebres te vuelve un amante de la filosofía?

Hace poco, el novelista Manuel Vicent publicó una biografía del anterior duque de Alba, titulada Aguirre, el magnífico, que fue criticada por su viuda en un artículo enviado a este periódico. A los pocos días, otro diario sacó una página entera en la que se reproducían "los 10 párrafos más polémicos de la obra que ha irritado a la duquesa". Después de eso, ¿ya no hace falta leer el texto completo para poder decir que uno sabe lo que se cuenta en él?

Algunas personas creerán que lo fragmentario es la única opción en este mundo en el que ya no ganan los más fuertes, sino solo los más rápidos y la paciencia ha sido sustituida por la velocidad; otras verán en ello la negación de la propia cultura, que no consiste en tantear la superficie de las cosas, sino en profundizar en ellas, y su suplantación por una poscultura que, como escribe el profesor Javier Gomá en su obra Ingenuidad aprendida, es el último recurso de unas sociedades en decadencia "cuya única identidad reside, tras el ocaso de Occidente, el eclipse de las ideologías, la muerte de Dios y el fin de la historia, en ser posterior a lo anterior: cultura posmoderna, posindustrial, poshistórica...". No parece gran cosa, porque una secuela no puede ser un buen punto de partida.

"Es cierto que en Internet ya no se navega, solo se surfea", dice el director de cine Fernando León de Aranoa, "porque el usuario se ha vuelto promiscuo: al menor indicio de decepción, cambia de ola. Hay menos compromiso, menos fidelidad y por añadidura una mayor pasividad, porque ahora son los contenidos los que salen en tu busca, y no al revés. Eso lo cambia todo, empezando por el periodismo, porque como la volubilidad es una amenaza continua, los titulares de los periódicos se vuelven promesas, ganchos, son un ejercicio de seducción que busca más atraer al lector que enunciar la noticia. ¿Afectará esto también a la música, al cine? ¿Se convertirán los primeros actos de las películas en imanes que garanticen la descarga completa del producto? ¿Empezarán un día las canciones por el estribillo? No sé, pero, de momento, los estímulos e impresiones han reemplazado a la reflexión y el análisis. Supongo que quienes logren articular la información, que parece tan inabarcable, serán los gurús del futuro".

El mundo de la música es, por ahora, la mayor víctima cultural de la Red, y sus consumidores, habitantes de un mundo en el que vivimos de una parte "sitiados por la abundancia", como dice el ensayista Marek Sobczyk en su libro recién publicado De la fatiga de lo visible, y de otra hipnotizados por la piratería, que al ponerle el cartel de gratis a los productos culturales les quita todo su valor, son los que más han cambiado, normalmente, para entregarse a la voracidad, porque las descargas legales y, sobre todo, ilegales hacen que casi todo el mundo tenga en su ordenador o su mp3 100 veces más canciones de las que podrá escuchar en un día, un mes o incluso un año.

La cultura del picoteo, del querer meter la cuchara en todos los platos del restaurante para hacerse una idea de su sabor, tiene aquí su máxima expresión y ha transformado por completo a los aficionados, que si antes seguían a un artista en particular o un género específico, ahora lo degustan todo, para hacerse una idea y porque, al fin y al cabo, no hay que pagarlo. "Es evidente", dice Rubén Pozo, la mitad del grupo Pereza, que en estos días prepara su primer disco en solitario, "que ha aparecido una patología que podría denominarse algo así como síndrome de Diógenes 2.0 y que consiste en la acumulación excesiva y compulsiva de contenidos y descargas. Si yo fuera escritor, tampoco permitiría un resumen de una obra mía. Y estoy seguro de que a un auténtico amante de la literatura no le interesaría leerla. Me aventuro a decir que la gente que no duda en leerse la síntesis de una novela en Internet es la misma que invierte un montón de tiempo en saberse al dedillo la vida y milagros de Belén Esteban. Que tampoco pasa nada, por otro lado".

Su compañero Leiva, que también prepara su debut como solista, va más o menos por el mismo camino y alerta de los riesgos de la trivialidad: "En esto de la cultura del picoteo, creo que hay algo de querer gustar a todas y no irte con ninguna. De figurar pero no estar. Hay demasiada prisa, gente que parece creer que corriendo en muchas direcciones llegará a estar a la vez en varios sitios, o incluso en todas partes. Creo que harían falta cuatro vidas para escuchar los miles y miles de canciones que acumula la mayor parte de la gente en su ordenador. Peor para ellos, a mí no me interesa saltar de una cosa a la otra, sino oír un disco, por ejemplo, de arriba abajo, tal y como se hizo, y ese es mi sistema de medida: para mí, de Madrid a Bilbao no hay 395 kilómetros, ni tampoco, 70 canciones, sino cuatro discos y medio".

Los extremos de la cuestión parecen claros: a un lado, la posibilidad de obtener respuestas inmediatas y al otro la falta de tiempo y espacio para reflexionar sobre ellas. De una parte, las ganas de saber y de otra tan solo la de estar enterados o, al menos, fingirlo, como sugiere el actor Juan Diego Botto: "Internet es un atajo que lo acerca todo, pero también puede ser una máscara, un laboratorio donde construirse una falsa identidad. Siempre me han dejado perplejo esas personas que acumulan recortes de información o sentencias o anécdotas, para luego soltarlas en el momento que consideran más oportuno y dar la impresión de que saben mucho más de lo que dejan ver. Admiro tanto a la gente que sabe como a la que quiere saber, pero no me gusta la que finge que sabe lo que, en realidad, solo ha ido a buscar a Internet, que es un lugar en donde también el que no quiera aprender nada lo tiene todo a su disposición, resumido y clasificado".

Al actor esa palabra, clasificado, le parece peligrosa. "Tengo la impresión que en ese gusto por las listas y los inventarios que tanto abundan en Internet está una parte importante del problema: ahí están desde las mejores y las peores frases del presidente del Gobierno o sus ministros, por ejemplo, hasta las 10 canciones del mes, y, naturalmente, las escenas más célebres, más espectaculares o más polémicas, por la razón que sea, de tal actor o tal actriz. En el cine es difícil valorar un trabajo por dos secuencias, pero seguro que ya hay quien busca y encuentra los 10 mejores planos de una película, mira cuántas estrellas le han puesto los críticos y ya se atreve a opinar acerca de ella. Y, por lo demás, Internet es una maravilla. Todo depende de quién lo use y para qué".

En eso coincide casi todo el mundo: un cuchillo es un cubierto, una herramienta o un arma dependiendo de la mano en la que acabe. El músico Iván Ferreiro, en plena promoción de su disco Confesiones de un artista de mierda, lo dice en línea recta: "Es lo de siempre, hay gente que tiene una esponja en el cerebro y gente que lo tiene envuelto en plástico, unos se empapan de todo y a otros les resbala. Muchos confunden tener algo en el disco duro con saber lo que es y luego hay personas que adquieren una cultura impresionante en la Red, encuentran huellas que seguir, artistas en los que profundizar. Unos aprovechan que existe Internet para robar los libros o leerlos abreviados y otros lo usan como un pasadizo a las librerías. Los que tienen cabeza y saben para qué usarla, aprovechan la facilidad de tenerlo todo a un intro de distancia. Los otros apilan cosas y les da igual, porque la montaña cada vez es más alta, pero ellos no cambian de tamaño".

Eva Amaral y Juan Aguirre, ya ensayando la gira de su nuevo disco, Hacia lo salvaje, admiten que la información suministrada en píldoras produce sobredosis, pero también atrae a lectores nuevos y seguro que algunos de ellos sí querrán profundizar en lo que les llega, da igual si es la página entera de un periódico o su abreviatura en la pantalla del móvil. "Todo depende del uso que le des a cada cosa: nosotros no usamos Twitter, por ejemplo, como un canal de promoción, sino de comunicación con nuestros seguidores, o con cualquier persona interesada en nuestro trabajo. Y en Internet vemos los peligros que ve cualquiera, pero también muchas ventajas. La música es un mundo en el que la revolución digital ha logrado, para empezar, que cayeran las fronteras temporales, porque al lado de este disco de Amaral hay uno de Serge Gainsbourg y puedes comprarlos y bajártelos uno a continuación del otro".

Spotify, donde puedes escuchar miles de discos, nos lanza un reto que debería cambiar nuestra mentalidad y enseñarnos que no hay que poseer para disfrutar. "Es cierto que gran parte de los beneficios que el mundo del arte y la cultura podrían obtener de Internet se pierden a causa de la piratería, y que ese es un precio muy alto. Pero también es una lección que debería de haber servido para algo y nos tememos que no haya sido así. No sé qué pasará con los libros, pero nos da la impresión de que el mundo editorial no ha aprendido nada de lo ocurrido en el de la música. Por ejemplo, estamos seguros de que el lector del último libro de Paul Preston, que es el que ahora tenemos entre manos, habría agradecido que al comprarlo en una librería le hubiesen dado con él un código de descarga para tener a su disposición también la versión digital y poderlo leer en un iPad cuando vaya de viaje. A veces, por querer venderte la misma cosa dos veces, al final se quedan sin nada", añaden los músicos.

"Mejor el picoteo que la ignorancia total", dice el director de cine y escritor David Trueba. "Creo que una buena metáfora de todo esto que ocurre la tenemos en los restaurantes más prestigiosos, que ya no son los que te dan dos grandes platos, sino 11 pequeños, y que de ninguna forma son peores. Por supuesto que vivimos tiempos de confusión, en los que todo parece aún por definir, porque no es fácil querer saberlo todo y estar orientado, de manera que muy a menudo perdemos la oportunidad de disfrutar de las cosas por completo y olvidamos, por seguir con el mismo ejemplo de la comida, que siempre es mejor consumir despacio y lo justo a engullir e indigestarse. Nada va a ser como era, pero eso no debe asustarnos: simplemente, habrá que experimentar otras cosas y atreverse a mezclar lo que nunca había estado junto, como los cocineros".

Tiempos líquidos, como los ha llamado el premio Príncipe de Asturias Zygmunt Bauman, en los que sin duda tenemos que construirnos "una identidad flexible que haga frente a los cambios continuos de la realidad" y siga el ritmo de los avances tecnológicos, pero en los que también corremos el riesgo de no ahondar en nada a base de catarlo todo, sin darnos cuenta de que dar un paso en cada dirección es una manera de no moverse.

jueves, 13 de octubre de 2011

Otra vez - otra vez - otra vez - otra vez

Vamos a hacer un prueba. Leed este artículo de Juan Urbano, y después, en comentarios, poned de qué año se trata... a mi me resultaría imposible acertar (salvo que supiese lo de la Warner). Debe ser que el punto de vista del hombre de a pie ha variado poco y el de los políticos, nada.

Políticos y norias
Por Benjamín Prado. El País

Juan Urbano tenía cerebro de poeta; no corazón, pero sí cerebro, y ése era, sin duda, el motivo por el que siempre estaba comparando unas cosas con otras y recurría a continuas metáforas para intentar explicarse el porqué de los cómos, los cuándos y los dóndes que le deparaba la vida. No es que lo hiciera a propósito, sino que las imágenes, las conexiones y los por ejemplos se le venían encima igual que una luz y, una vez en él, no dejaban de darle vueltas a la cabeza lo mismo que si fueran sus satélites. Por ejemplo, algunos ministros y alcaldes del PP le hacían pensar en una noria, no en una de las que andan, sino en una de esas que se paran de pronto, llenas de pasajeros, en mitad del cielo alborotado de un parque de atracciones, como había ocurrido hacía poco en el de la Warner Bros. en Madrid. La cosa, tal y como él lo veía, era muy sencilla: el político equis era la noria y los viajeros atrapados éramos todo el país; el ministro daba con su voz impermeable un discurso que sonaba a traqueteo de tren de mercancías y cuyo resumen era otra vez-otra vez-otra vez-otra vez-otra vez, y los ciudadanos se quedaban como suspendidos a 40 metros del suelo en esa monotonía de números, balances y tantos por ciento que emanaba del ministro y daba la impresión de tener tanto que ver con la oratoria como una apisonadora con el ballet. En el último debate sobre los Presupuestos, el líder de la oposición había cavado un agujero negro en el tachín-tachín del ministro de Hacienda hablándole del precio imposible de la vivienda, la inseguridad ciudadana, la precariedad de la educación, el fraude fiscal y la crisis económica, y el ministro se defendió con tres o cuatro y ustedes más y un largo otra vez-otra vez-otra vez-otra vez-otra vez. Y los ciudadanos, como en la noria de la Warner Bros.

Juan Urbano cogió un papel y empezó a apuntar lo que él le habría dicho a ese ministro o, si se terciara, al alcalde de la ciudad y, de inmediato, se vio en la tribuna de oradores del Congreso, dirigiéndose a los diputados, con la mano izquierda en el bolsillo en señal de aplomo, un bolígrafo acusador en la otra y mirada de estadista, ahora van a ver, no saben lo que les espera, atrevánse a discutir el punto de vista del hombre de a pie.

-Y para terminar, le voy a hacer unas preguntas, señor ministro, señor alcalde, señor presidente del Gobierno. Preguntas sencillas, de esas que se le ocurren a cualquiera. Le voy a preguntar por qué España es el país de la OCDE que menos fondos destina a la sanidad; por qué en Madrid cada vez se cierran más hospitales mientras los enfermos se mueren en los pasillos de la Seguridad Social o sufren listas de espera de ocho meses; por qué los médicos de cabecera no se atreven a recetar a sus pacientes casi nada que valga la pena porque ustedes les exigen que ahorren más y más; por qué muchas farmacias no quieren despachar medicamentos como el Glivec, necesario para combatir la leucemia, porque la presión fiscal a que ustedes le someten les hace perder dinero al venderlos, aunque el Estado ganó en el año 2001, por ese concepto, 180 millones de euros. Por qué no hay en la ciudad residencias geriátricas públicas para casi nadie. Por qué España es el segundo país de la Unión Europea en fracaso escolar y por qué, ahora mismo, hay 1.400 alumnos estudiando en barracones incómodos, peligrosos e indignos. Por qué el 70% de los nuevos contratos que se firman en Madrid son por menos de tres meses. Por qué basta con darse una vuelta por Madrid de madrugada para ver que la palabra prostitución cada vez se parece más a la plabra esclavitud y que muchos inmigrantes son explotados de manera vergonzosa por negreros que les pagan con una mala comida y un jergón 14 horas de trabajo a pie firme, como vendedores ambulantes. Por qué la criminalidad aumenta mientras el número de policías y las políticas sociales disminuyen. Finalmente, por qué no se agotan los presupuestos para curar las heridas de Madrid pero el alcalde, según dicen, se gasta 384.000 euros de su cuenta restringida en quién sabe qué.

n Urbano salió de su trance victorioso, coaccionado por todos, con un país resuelto a sus espaldas. Al volver a la realidad, puso la televisión y volvió a ver al mismo ministro o alcalde de Madrid, diciendo lo de siempre, 'bla, bla, bla, bla' y otra vez-otra vez-otra vez-otra vez-otra vez. Juan se quedó colgado en el discurso, igual que en una noria.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Juan Urbano les dice adiós

Tal como anunciamos en exclusiva ayer, así se despedía Juan Urbano de las páginas de El País. Cambiamos el minuto de silencio por la cultura por unos minutos de lectura.

Juan Urbano les dice adiós
Por Benjamín Prado

Hay cosas que nunca llegan, pero todo tiene un adiós, y hoy le ha llegado la hora de despedirse a nuestro amigo Juan Urbano, después de casi 15 años asomándose cada jueves a estas páginas en las que, más que dar lecciones de nada a nadie, hemos tratado de compartir nuestras ideas y nuestra mirada sobre Madrid y sus realidades, así en plural, como él suele decirlo, porque entiende que casi todos los singulares son un modo de injusticia. Juan se marcha con la seguridad de que aunque haya quien tal vez se alegre de su partida, algunos lectores lo echarán de menos, y esa es una buena recompensa. Uno no busca un botín, pero sí un tesoro.

Escribir en una sección de local, como nosotros la llamamos, es una suerte, porque para hacerlo estás obligado a mirar con lupa lo que ocurre a tu alrededor y, sobre todo, a reflexionar sobre ello, a entender dónde vives y por qué las cosas son como son; y en un mundo en el que todo va tan deprisa y se nos plantean tantas urgencias de toda clase, que alguien te dé la oportunidad de pararte a pensar es extraordinario, de manera que Juan y yo le damos las más sinceras gracias a este periódico, que nos ha proporcionado durante tantos años el lujo, cada vez más infrecuente, de ser escuchados. Aquí hemos aprendido, semana tras semana, hasta qué punto es importante saber detenerse para no perder el tiempo.

Juan y yo hemos intentado ser justos en nuestras apreciaciones; hemos tratado de ser sinceros pero también respetuosos, y acomodarnos a las circunstancias seguros de que no importa no ser igual con todo el mundo mientras seas siempre tú mismo; también hemos combatido con toda la pasión a nuestro alcance aquello en lo que no creíamos, pero sin olvidar jamás la que ambos consideramos la frase más bella dicha jamás por un ser humano, que es obra de Voltaire: "Detesto sus ideas pero daría mi vida por defender su derecho a expresarlas". Y, desde luego, antes que nada hemos discutido cada línea de estos artículos para intentar que tuviesen una dignidad literaria, que es el mayor compromiso que debe de imponerse quien se atreve a ser leído. Dentro de muy poco, publicaré un libro titulado Pura lógica, compuesto de aforismos que, en gran parte, están sacados de las columnas que han aparecido en este mismo lugar del que ahora nos vamos, y eso para nosotros dos es una justificación y una prueba de que las palabras no tiene por qué llevárselas el viento.

Juan y yo detestamos las despedidas largas, así que vamos a apagar la luz y a salir de esta habitación. A él no lo van a volver a encontrar, y en cuanto a mí, espero que sigamos viéndonos en otros lugares de este periódico que es nuestra casa y también la de ustedes, que son quienes tienen la llave en la mano. Aún nos quedan muchas cosas que contar. Muchas gracias a todos y de todo corazón.

martes, 23 de agosto de 2011

Chupitos

Dos chupitos para refrescar este verano. Dos destellos de Benjamín.

Benjamín Prado nos contaba viva vocce que el texto de Cuadernos Hispanoamericanos que publicamos el sábado pasado en el blog se convirtió, tras una curiosa llamada, en el poema Escrito en Lisboa que nos regaló el pasado mes de julio. Él, como siempre, lo cuenta mejor: Es curioso, porque nada más leerlo, me llamó Joaquín y me dijo: "¡Tio, eso no es un artículo, o es una canción o es un poema!", y entonces yo hice lo que no había hecho nunca y lo puse en verso. Fue divertido."

Pero no es lo único que ha dicho en los últimos días , pues con motivo del 75 aniversario del asesinato de García Lorca Europa Press ha preparado un reportaje (que ha publicado por ejemplo ElDía.es) en el que distintos autores opinan, en breve, sobre el poeta. Benjamín Prado dice en esta información: "Si estuviésemos hablando de una carrera, iría el primero. De hecho, cada vez que empieza a quedarse atrás, lo vuelves a leer y los adelanta a todos otra vez. Para mí todo empezó con su Poeta en nueva York y Bob Dylan de fondo" (Lee aquí la información completa)

Por supuesto sus opiniones sobre Lorca son más amplias en muchos otros foros, pero los chupitos son así, un giro de muñeca y para adentro, ya tendremos tiempo de saborear largos tragos al calor del ordenador en los fríos meses que vendrán. ¡¡Salud!!.

domingo, 19 de junio de 2011

La palabra más bella, el umbral del infierno

La isla de las salamandras azules, eso significa Querétaro.
Querétaro ha sido la palabra más bonita del castellano por los internautas en el día "E"'en el que se celebra la fiesta de este extraordinario idioma, el nuestro.

Cada uno tendrá, sin duda, su palabra, y para la mayoría la votación no será más que una tontería (por cierto, bonita palabra); y más cuando ves que la relación entre las palabras propuestas y la "personalidad" que las ha elegido existe más interés que el de mi hipoteca (sirva como ejemplo único, ridículo y bochornoso el de Botín y su propuesta de palabra más bella del castellano : Santander). Mira aquí todas las propuestas:
http://www.eldiae.es/vota-tu-palabra

Opiniones y polémicas aparte, no es la primera vez que Querétaro se asoma a este blog. Esta palabra para Benjamín significa "El umbral del infierno", ¿Quieres saber por qué?: http://benjaminprado.blogspot.com/2010/06/futbol-queretaro-umbral-del-infierno.html?m=1

viernes, 6 de mayo de 2011

Messi gana la Feria del libro de Madrid

Benjamín siempre ha sido dado a mezclar fútbol y literatura, en este blog tenemos ejemplos varios al respecto, y tras un mes de abril con un partido del siglo cada semana se echaba de menos un comentario en su estilo, que nada tiene que ver con Mourinho o Guardiola. ¡Pues no ganarían las ruedas de prensa si las diera Benjamín Prado!

Si bien es cierto que le sale su lado más madridista cuando comenta en este blog que "Nos vamos sin el tesoro pero con la honra de que nos lo hayan robado", también lo es que sabe guardar las distancias y ponernos de acuerdo, independientemente de los colores, con grandes textos, como el del pasado jueves en El País.

Pero antes de saltar al terreno de escritura, permitidme que destaque las fechas en las que Benjamín estará firmando en la Feria del libro de Madrid (antes incluso de que la propia feria lo publique en su página web), en respuesta a vuestras preguntas: "Hola a todos. Para los que me habéis preguntado por mis firmas en la Feria del Libro, de momento tengo éstas confirmadas:

Sabado 28 por la tarde: Visor.
Domingo 29, mañana: Libreria Machado. Tarde: Muga.
Sábado 4, mañana: Pueblos y culturas. Tarde: libreria Fabula.
Sábado 11, mañana: FNAC . Tarde: Casa del libro.
Domingo 12, tarde: libreria Rafael Alberti

Y ahora sí, salimos del tunel de vestuarios y entramos en el clásico:


Nadar con impermeable es renunciar a la medalla.

Por Benjamín Prado en El País.


¿Cómo creen que se encuentra hoy Juan Urbano, siendo como es filósofo y del Real Madrid? Pues igual que ayer, es decir, tan abatido que mientras camina por la calle de Alberto Aguilera podría desatarse los zapatos tirando de los cordones con los dientes. Porque en estos momentos es un hombre noqueado que lo único que repite es "Alí Barça y los 40 ladrones, Alí Barça y los 40 ladrones, Alí Barça y los 40 ladrones...", igual que si eso fuera una oración al revés, es decir, una maldición, y que se ha comprado una camiseta roja del Manchester United para ver la final de Wembley hecho un inglés, y para ser más exactos uno que tenga en su habitación un póster de Wayne Rooney, lleve a George Best tatuado en el hombro, use ropa interior con la bandera de Reino Unido estampada y sea cliente asiduo del peor pub de su ciudad. Está fatal y no le sacas de la cabeza los episodios del robo, especialmente el gol anulado en el Camp Nou a Higuaín por falta a Cristiano Ronaldo, "y he dicho a, no de", repite, "lo cual es digno de un poema de André Breton, pero uno de esos de escritura automática, tan incomprensible que sería más fácil tocar el violín con una cuchara sopera que tratar de entenderlo". Ya lo ven, a mí el fútbol me encanta pero no me importa, mientras que a él le deprime tanto perder que siempre encuentra injustas las derrotas.

"Ahí estaba la Cibeles por si acaso ganábamos", dice, y eso me hace pensar en el modo en que el deporte es el último reducto de la alegría en los países en horas bajas. Antes las calles se llenaban para protestar por algo, para combatir, por ejemplo, algún ataque a los derechos de los trabajadores o algún abuso de poder de los gobernantes, y ahora solo se llenan para celebrar un Mundial o una Copa de Europa, es decir, que hemos cambiado las banderas por camisetas y "el no nos moverán" por el "oé, oé, oé", lo cual seguramente significa algo.

En Madrid ya no nos queda ningún título que lograr, pero al menos no nos vamos de vacío como en los últimos años, tenemos la Copa, y además lograda en el mejor partido de fútbol que se ha visto por aquí en mucho tiempo. Así que tendremos que dedicarnos a pensar en el baloncesto y en las elecciones, que como para la gente de izquierdas tiene la misma pinta que para los seguidores del Real Madrid la eliminatoria de la Champions League quizá no sería mala idea utilizarla como lección. ¿Qué pasó en el terreno deportivo? Que el Madrid pagó caro el miedo a su rival en Chamartín, pero cuando le jugó de tú a tú en su casa solo empató porque el árbitro le impidió vencer.

¿Se dará cuenta de eso, por ejemplo, Tomás Gómez y tratará de mirarle a la cara a Esperanza Aguirre mientras ambos compitan por presidir la Comunidad? ¿Conseguirá salirse de los carriles de la corrección política y decir lo que piensa en lugar de lo que considera menos fácil de atacar? "Pues claro", dice de pronto Juan Urbano, "nadie gana una medalla tirándose a la piscina con impermeable, y pelear con miedo es ser medio desertor, porque el 50% de ti trabaja para el enemigo". Aleluya, lo habíamos perdido y ha vuelto. No hay nada como la política para quitarte las cosas importantes de la cabeza.

domingo, 13 de marzo de 2011

Vuelta a la crítica, hoy de Ida

Mientras esperamos Operación Gladio, seguimos leyendo los textos que Benjamín Prado escribe en El País, como el de la semana pasada en Babelia. Son más o menos habituales sus críticas en el especial de cultura del diario, y en esta ocasión se centró en Mella y Criba, el último libro de Ida Vitale.

La ausencia se paga por adelantado.

Poesía. Mira algo o lo recuerda, que es un modo de mirar lo que ya no está, le busca o, más bien, le elige el centro y lo filtra, lo depura y el resultado, en el que se mezclan "algo de Historia y algo / todavía sin nombre", es uno de sus poemas: así parece trabajar Ida Vitale (Montevideo, 1923), cuya poesía, siempre inteligente, refinada y certera, ha encontrado una buena definición en el título de este último libro, Mella y criba, con el cual vuelve a resumir en tres palabras lo que Álvaro Mutis llamó "la sabiduría decantada" que caracteriza su obra, como antes lo había hecho con Procura lo imposible, Cada uno en su noche o aquel centauro con cabeza de novedad y cuerpo de antología que fue Reducción del infinito y que cuando fue publicado en España por Tusquets abrió de par en par los ojos de muchos lectores que no conocían como es debido a esta discípula de José Bergamín -a quien frecuentó cuando éste estuvo exiliado en Uruguay- e integrante en su país de la famosa generación del 45, junto a Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño o Mario Benedetti, que sin duda va en el barco de los escritores más notables de nuestro idioma.

En Mella y criba está todo muy claro, desde su apuesta por la inteligencia frente a los excesos sentimentales -"es inútil amar / lo que se ignora"-; hasta su falta de confianza no ya en la posteridad -"en su óvalo, quietas, las estatuas, / con su mirar de camposanto solo, / aguardan el desfile de la historia"- sino en el futuro: "No sabré lo que sigue", reconoce, con una melancolía distante, al final de un poema ocurrido en la ciudad nicaragüense de Granada. Al final, como dice en otro texto titulado 'Visión oscura', las cosas se vuelan igual que los pájaros y todo desemboca en "un silencio / que ya no oculta nada". Camino de los noventa años, la joven Ida está de vuelta y ve las cosas con cierto fatalismo: la vida, dice, "se engaña / hacia la rama alta /para allí desplomarse". En un creador que aún se siente "presa de la vida", el consuelo y la meta son lo mismo, coinciden en sospechar que tal vez "irse del mundo / pida dejar algo / en pago de la ausencia". Mella y criba está aquí para eso.

jueves, 24 de febrero de 2011

Viva El Salvador y el jueves

Y nosotros no nos hemos confundido, no como le pasó a Trillo, porque el pasado miércoles Benjamín Prado estuvo en El Salvador aunque en esta ocasión no fue a raíz de los libros o los poemas que escribe sino con motivo de la presentación de la revista que dirige, y más concretamente el número 725 de Cuadernos Hispanoamericanos que llevaba un dossier de la literatura Salvadoreña.

No pudimos estar en el Centro Cultural de España de El Salvador (quizá sí algún lector que quiera compartirlo con nosotros) pero nos hemos de conformar lo que Georgina Vividor de elsalvador.com nos cuenta de esta visita. "Dentro de lo que he descubierto en estos autores es que la literatura salvadoreña posee un lenguaje fascinante, tiene un sonido y una riqueza, realmente una diferencia, es una literatura muy rica como el país", dejó Benjamín dicho en El Salvador.

No tenemos ese "Cuaderno", pero sí el que acaba de publicarse aquí en España, el número 728, en los que, entre otros nos encontramos con artículos de Elvira Lindo, Abilio Estévez, Reina María Rodríguez, Juan Bonilla, Miguez Huezo Mixco, o poemas de Luis García Montero, Jesús Munárriz...

Echamos de menos, en este último número el habitual texto de Benjamín, pero a falta de editorial bienvenido sea su siempre presente opinión de El País, en la sección de Madrid, en la que hoy se leíamos esto:
Esperanza sonríe camino al hospital
Por Benjamín Prado. El País.


Esperanza Aguirre entra en las asambleas con los dientes apretados y sale sonriendo de los helicópteros caídos. La presidenta de la Comunidad de Madrid es un gran ejemplo de la imagen de fortaleza e impermeabilidad que les gusta dar a los políticos españoles, algo que, según mi amigo Juan Urbano, es otra de las herencias de la Transición, que aún hoy es el espejo en el que todos quieren mirarse y que es una época de nuestra historia que al ser considerada una hazaña convirtió en héroes a todos sus protagonistas. Por eso y tal vez porque en la política, como en tantas otras cosas, nos gusta ser norteamericanos de imitación, a nuestros dirigentes les gusta tanto sacar músculo, parecer acorazados, optimistas e invulnerables, dar la impresión de ser inmunes a las preocupaciones y a los miedos del resto de los seres mortales.

Sin embargo, la visión de Aguirre, una mujer que siempre parece alegre a la defensiva y simpática de armas tomar, comunicando el otro día, con una voz en la que las palabras temblaban como bolos a punto de caer, que padecía un cáncer y debía pasar por el quirófano con urgencia, tuvo la virtud de humanizarnos a todos y hacernos bajar las banderas: nada tiene importancia al lado de lo único que importa.

A la mañana siguiente, los pasos de Esperanza Aguirre se dirigían a un hospital público mientras sus manos venían de uno privado, los primeros caminando hacia los quirófanos del Clínico y las segundas sosteniendo una bolsa llena de radiografías de la clínica de Nuestra Señora del Rosario, y unas horas más tarde, cuando los doctores que la habían intervenido dijeron que todo había salido bien, Juan Urbano y yo nos alegramos de corazón, lo mismo que habríamos hecho con cualquier otra persona.

La verdad es que Aguirre mantuvo el tipo en su declaración pública y, además, esta vez la entereza de la que siempre alardea es digna de elogio, porque su caso puede servir como ejemplo a otras personas para que se animen a hacerse revisiones periódicas y recuerden que lo que hacen las personas inteligentes es ir al médico cuando aún no les pasa nada. La famosa sentencia que dice que es mejor prevenir que curar, significa que en este deporte no puedes ganar la carrera, pero puedes llevarte la meta un poco más lejos.

Como los españoles, quitando a tres o cuatro, somos una gente magnífica, no habrá casi nadie en todo el país que no le quiera desear a Esperanza Aguirre un restablecimiento rápido y total; y de hecho, Juan Urbano y yo queremos que esté en plena forma dentro de 90 días para presentarse a las elecciones y perderlas, cosa que será difícil, porque más bien parece capaz de ganarlas sin bajarse de la ambulancia.

El caso de Esperanza Aguirre, como los de Jordi Solé Tura o Pasqual Maragall, que en los últimos tiempos han accedido a rodar sendos documentales sobre su lucha contra el alzhéimer, es importante porque combate esa costumbre de esconder las enfermedades que se ha adueñado de nuestra sociedad, en la que todo lo que no brille y ruede hacia el futuro se aparta y se esconde como si fuese algo vergonzoso.

La verdad es que esta vez la presidenta de la Comunidad de Madrid ha estado torera y el que diga lo contrario, una de dos, miente o se engaña. Vivir es ser capaz de "creer que un cielo en un infierno cabe", como dice el famoso poema de Lope de Vega, y eso es justo lo que ha hecho Esperanza, más parecida que nunca a su propio nombre. Tiene valor, esta mujer.