jueves, 2 de septiembre de 2010

Enciendo el blog

Vuelvo del verano y tras ordenar el blog (ya están los artículos de cada jueves doblados y planchados en cada cajón, el de la OMS, el de los bancos, el de La Paz), me dispongo a encenderlo. El verano ha traído noticias a las que les robaré la actualidad y publicaré, con fotos y vídeos, durante las próximas semanas. Pero quería arrancar con el artículo que Benjamín publicó el último jueves de agosto.

Perdonad un poco de mi opinión: Este verano he disfrutado de mi tiempo frotando una pantalla cada vez que quería pasar una página. Me he decantado por los clásicos, por dos motivos: me apetecía y porque intenté comprar unos libros digitales para llevármelos y me di cuenta de que a las editoriales les ha pillado el toro.

Intenté comprar ediciones electrónicas de varios libros de este siglo y tras busca bastante encontré archivos por los que me cobraban 15€ y 20€. Lo miré por curiosidad, costaba igual el electrónico que el de papel. No los compré, no pude comprarlos, no entendí tener que pagar lo mismo por la producción de un libro que por su descarga (me olió mal). Claro que tienen que costar, claro que hay que pagar, claro que todos deben tener el fruto de su trabajo, los escritores los primeros. No buscaba nada gratis. Pero que no me cobren por el papel que no compro, por el transporte que no existe, por el almacenaje que no se produce... Todos tenemos que adaptarnos, también las editoriales.

El libro electrónico de mi chica venía con 2.000 títulos precargados, de esos cuyos derechos de autor prescribieron hace siglos o fueron cedidos para disfrute público. Enchufé el cable y me los llevé.

Estoy con Benjamín, no puedes admirar a alguien y robarle por la espalda. El próximo libro de Benjamín imagino que sadrá en papel, y lo compraré, y si sale en formato digital y el precio no es el mismo que el de papel, también lo compraré, para llevarlo siempre encima. Es así de fácil.

Certero como siempre, lo resumiría en palabras de Benjamín: "Tendré en mi pantalla de tinta electrónica los que me apetezca leer y en su formato tradicional los que me importen, como siempre".
Encender un libro
Por Benjamín Prado. El País.

Este año, cuando los lectores regresemos a la ciudad, vamos a volver a otro planeta, en el que nos estará esperando el libro electrónico. En la playa no nos dábamos cuenta, porque desde el verano no se ve la realidad, pero una manada de palabras salvajes, provenientes de otro idioma o tal vez de otro mundo, ha entrado en el país, y mientras nosotros aún no hemos terminado el último libro de las vacaciones, ellas ya caminan en círculos alrededor del diccionario, como fieras por delante de un gallinero: iPad, EPUB, Mobipocket, Kindle, eBook, Libranda, E-Ink... A partir de este instante, vamos a tener que elegir: o tratamos de espantarlas como a insectos, o las domesticamos. Yo me veo más en el segundo equipo, porque ir en sentido contrario al tráfico es una manera de quedarse solo y porque me acuerdo de lo que escribió el pintor Ramón Gaya: ser fiel es lo contrario de detenerse. A fin de cuentas, ¿qué más da el modo en que Poeta en Nueva York o las Odas Elementales lleguen a ti? Yo creo que cuando dentro de otros cien años vayan dentro de una gota de tinta mágica que al echarse en los ojos te permita leerlos como si los pensaras, serán igual de buenos. Y, naturalmente, van a seguir haciéndose del tamaño de las circunstancias: no me digan que Neruda no hablaba en esta Oda al libro del iPad que hubiera tenido hoy: "Hermoso, / libro, / mínimo bosque, / (...) lámpara clandestina, / estrella roja, / un libro / es la victoria, / vive y cae / como todos los frutos, / no solo tiene luz, / no sólo tiene / sombra, / se apaga, / se pierde / entre las calles (...)".

Un libro no va a matar al otro, seguro, y los lectores seguiremos con nuestros ejemplares de papel en las manos y en nuestras bibliotecas, y cuando llegue la Feria del Libro los vamos a llevar a una caseta para que nos los firme su autora o autor; pero también tendremos uno de los otros, un instrumento que nos ponga cualquier título en la mano con solo apretar un botón. No quiero ni imaginarme lo que diría de este invento alguien como Vladimir Nabokov, si cuando le preguntaron qué era la traducción respondió que "la cabeza del poeta servida en una bandeja", pero lo único que podemos decir sobre eso es que millones de personas celebramos que se equivocara y que, gracias a su error, nosotros hayamos podido leer sus obras.

El deseo de los lectores es seguir leyendo, y eso es lo que vamos a hacer, al margen de que tengamos que ir a por las novelas o los libros de poemas que nos apetezca tener a una librería o a una tienda de informática. Ojalá que el problema más grave de todo lo que entra en la esfera digital, que es el de la piratería y los ladrones-devotos, que son esos que dicen admirar a las mismas personas a las que roban, pueda tener remedio, y los frágiles equilibrios del mundo editorial no se rompan. Hará falta ser serios en eso, huir de la demagogia y lograr que todo el mundo se dé cuenta de que al otro lado de la cultura no hay más que barbarie. Todo lo que no es poesía, es cajero automático. Así de sencillo.

Yo estoy deseando que termine agosto, para volver a Madrid y encender un libro. No me digan que eso suena mal. Tendré en mi pantalla de tinta electrónica los que me apetezca leer y en su formato tradicional los que me importen, como siempre. El iPad, Kindle o lo que sea lo usaré de laboratorio y eso pondrá mi biblioteca a salvo de experimentos. Y los libros seguirán siendo el centro de mi casa. A veces, las cosas además de cambiar, mejoran.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Claro, claro. El gran drama de nuestra época es el robo del precio de los libros. Ya era hora de que pudiéramos gozar de la lectura de miles de libros frotando las pantallitas y sin estar esclavizados a pasar página tras página. Viva el progreso siempre que nos traiga bondades. De los fabricantes de cacharritos que nadie pide no habléis. Ni de tantas otras implicaciones. Naderías y ñoñadas. Eso sí, desde ahora, todos más cultos: ¡Un cacharrito con 2.000 libros dentro y, encima, clásicos! ¡Ahí es ná!