viernes, 11 de noviembre de 2011

Tal día como hoy

El jueves 11 de noviembre, pero del año 2004, Benjamín Prado escribía en su columna semanal de la edición impresa de El País, en la sección de Madrid, un artículo que quizá pudiera ser el germen del libro que el propio Benjamín escribiría 6 años después. O sino el germen, que eso solo lo sabe el autor, sí el principio del comienzo, que eso lo sabemos todos los que hemos leído Operación Gladio. Sea como fuere, y para no perder la constumbre del artículo semanal de Benjamín, aquí rescatamos esta opinión:

Franco, váyase

En pleno siglo XXI, a 65 años del final de la Guerra Civil española y a casi 30 de la muerte del Funeralísimo, como siempre lo llamaba Rafael Alberti, no sólo da la impresión de que en España no hubo jamás franquistas, por lo que el general sedicioso debió gobernar 36 años el país en completa soledad y combatido por todos, sino que también se ha llegado a un punto en el que nadie quiere hacerse cargo de su sombra envenenada, al menos a cara descubierta. No hay más que ver el caso de la estatua ecuestre del golpista que aún cabalga sobre la dignidad de todo Madrid en la plaza de San Juan de la Cruz, ¡vaya por Dios!, justo el poeta que supo profetizar la desesperación de tantos españoles de la posguerra cuando dijo: "¿Qué muerte habrá que se iguale / a mi vivir lastimero, / pues si más vivo más muero?".

El Congreso acaba de aprobar, por fin, con la oscura abstención de la derecha, una iniciativa que exige la retirada de todos los símbolos fascistas -y, por lo tanto, anticonstitucionales- que aún ennegrecen los edificios públicos y las calles de nuestro país. El Caudillo a caballo de la plaza de San Juan de la Cruz galopa también en los patios de la Academia Militar de Zaragoza, la Capitanía General de Valencia, la Academia de Infantería de Toledo, sigue en la plaza del Ayuntamiento de Santander, en Melilla, en Guadalajara... Si las estatuas significan cosas -y debe ser así cuando, por ejemplo, la imagen de la invasión de Bagdad que dio la vuelta al mundo fue la de la estatua de Sadam Husein derribada por los soldados norteamericanos-, entonces debemos preguntarnos qué significa que Franco aún esté en las calles de nuestras ciudades: ¿Significa que algunos de los pactos a los que se llegó para lograr la transición política a la democracia aún son inconfesables? ¿Significa que todavía estamos en peligro? No lo creo. En cualquier caso, a veces la prudencia está mucho más lejos de la sensatez que de la cobardía, o es la virtud del perezoso, o la coartada del neutral, o un afluente del cinismo. En cualquier caso, nada sano.

A Franco no queda hoy quien lo defienda, pero sí hay quienes no lo condenan claramente, o lo hacen de modo tan matizado, tan tímido y tan respetuoso, que su condena parece más hija de la necesidad, la hipocresía o el miedo que de la convicción. ¿Quién va a quitar esa tumba en forma de jinete de la plaza de San Juan de la Cruz? El Ayuntamiento de la ciudad, pese a que la obra del escultor José Capuz, tallada en 1956, aparece en el Catálogo de Elementos Singulares de la Concejalía de Urbanismo de la capital, asegura que la estatua está bajo la jurisdicción del Ministerio de Fomento y éste dice que, en todo caso, si no le pertenece al municipio, sería responsabilidad del Ministerio de Economía y Hacienda, al que pertenece la Dirección de Patrimonio Nacional. Parece muy fácil resolver el problema: ¿No es de ustedes? Entonces, es nuestra: la quitamos y asunto resuelto.

Hay quien opina que las estatuas de Franco no deben moverse de sitio, porque así siempre habrá un lugar donde ir a indignarse y soltar adrenalina. El problema es que a lo que se va allí todos los años, cada 20 de noviembre, es a honrar su memoria y a deshonrar la de todos los que murieron en su guerra. A nadie se le ha ocurrido permitir semejante disparate en Alemania o Italia.

El pretexto artístico o histórico, al que han recurrido muchos para barrer los símbolos franquistas, no tiene justificación: con el mismo argumento con que el ex alcalde popular de Madrid, Álvarez del Manzano, se negó a quitar la estatua de Nuevos Ministerios, "la Historia es la Historia", se le podría hacer otra estatua a los etarras que volaron a Carrero Blanco o se podría levantar, junto al monumento a los abogados laboralistas de la calle de Atocha, otro a sus asesinos. La Historia no es sólo la Historia, sino la suma de ella, de la verdad y de la justicia. Y lo que hace la gente como Francisco Franco no es escribir la Historia, sino pervertirla.

Por cierto, no estaría nada mal que en el hueco que deje la estatua del dictador se pusiera otra de Manuel Azaña, el presidente legítimo al que el militar sublevado echó a tiros del lugar en el que le habían puesto, con sus votos, los ciudadanos. Es sólo una idea, naturalmente.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

De tesoros recién desenterrados

Noviembre empieza como el mes de los muertos y en el número 736 de Cuadernos Hispanoamericanos, pese a que es del mes de Octubre, Benjamín Prado escribe sobre ellos, y sobre literatura, por supuesto. Un detalle de calidad en unos cuadernos de muchos kilates, que en esta edición cuentan con Santiago Roncagliolo, Reina María Rodríguez, Hugo Mujica, Ada Salas, poemas de Leopoldo María Panero, o Irene Zoé Alameda, entrevistas a Olga Lucas, José Luis Sampedro, puntos de vista de Juan carlos Abril, Julio Neira, Ramón Acín... así como una extensa "Biblioteca".

Yo os dejo con

Algunos muertos tienen mucho que escribir
Por Benjamín Prado en Cuadernos Hispanoamericanos nº736, Octubre 2011

En este mundo obsesionado hasta la extenuación por el futuro, el progreso y las novedades, es difícil encontrar un minuto para mirar atrás, y por eso el porvenir vive mejores tiempos que el pasado. Nos movemos en la superficie y a la carrera, olvidando, o no queriendo saber, que para que el tiempo sea de verdad oro hay que detenerse y cavar, y no queriendo o pudiendo entender en muchas ocasiones que renunciar a la historia es quedarse sin la mitad de la vida, que está compuesta por "un adelante, la acción; y un atrás: el recuerdo", como dice el psiquiatra y escritor Carlos Castilla del Pino en uno de sus Aflorismos, publicados ahora, a los dos años de su muerte, y en los que se reúnen sus pensamientos más espontáneos pero también más certeros, casi un millar de anotaciones que se amparan en una cita de Samuel Johnson elegida para explicar que el brillo y la profundidad son antagónicos pero no incompatibles y que la concisión es una victoria por lo que ahorra y una renuncia por lo que evita: "Tal vez un día el hombre, cansado de preparar, explicar, convencer, llegue a escribir sólo aforísticamente".

De momento, lo que sí sabemos es lo que ya ha pasado y ya se ha escrito, pero nunca del todo, porque libros como el de Castilla del Pino, preparado y prologado por Celia Fernández, logran que los autores desaparecidos puedan seguir manteniéndose en contacto con nosotros a rtavés de sus inéditos, a veces, como en este caso, porque dejaron lista alguna obra para su publicación, y en otras, como ha ocurrido últimamente con el Diario anónimo de José Ángel Valente y con la Correspondencia entre los novelistas Carmen Martín Gaite y Juan Benet, ambos aparecidos en Galaxia Gutenberg; o con el Epistolario inédito sobre Miguel Hernández, 1961-1971, que ha sacado la editorial Renacimiento y en el que se recogen las cartas cruzadas ente el crítico Darío Puccini y Josefina Manresa, la viuda del autor de Viento del pueblo. Leer todos esos libros no sólo nos permite conocer más acerca de esos escritores admirables, sino también conocerlos desde otro sitio, en este caso desde la intimidad, porque lo que ahora nos llega a los ojos no estaba hecho para la luz pública, sino para ser leído de puertas para adentro. Uno vulnera esa intimidad y aunque por una parte se sienta un extraño que partidipa de una fiesta a la que no había sido invitado, también tiene una sensación de privilegio y un sentimiento de cercanía.

Es una suerte que, a pesar de todo, aún estemos dispuestos unos a invertir su esfuerzo y su dinero en rescatar del olvido textos de esta naturaleza y otros a disfrutar de ellos como lo que son: un tesoro recién desenterrado.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Menudo rostro

Los jueves teníamos a Juan Urbano, que nos traía su visión filosófica a pie de calle para bajarnos los temas más elevados a la tierra. En su honor, y recuerdo, cada semana rescatamos una de sus opiniones. Como este texto del pasado 2003 publicado en edición local para hablar de la presente campaña electoral que anoche arrancó en toda España. Entonces Benjamín jugó con el título de un libro de Javier Marías y, como la buena literatura, ni el libro del uno ni la opinión del otro han quedado desfasadas.

Tu rostro hoy
Por Benjamín Prado en El País 27/02/2003

Quién es la gente; qué quieren decir en realidad las cosas que se dicen y qué encubre o silencia cada palabra; qué esconde cada persona tras el camuflaje de sí misma y de qué hechos trascendentes pueden ser una pista o un aviso los hechos que en apariencia son más anodinos.

Todas esas preguntas están en el fondo de la última novela del escritor Javier Marías, Tu rostro mañana, un libro sobre delatores, espías, falsas apariencias y verdades que lo fueron pero ya no lo son, pero sobre todo un libro sobre lo invisible, sobre la incapacidad de los seres humanos para ver la verdadera naturaleza de sus semejantes, para prever la traición, la envidia o la calumnia que arden en el corazón de algunos de los que nos rodean, los que en el futuro van a vendernos o a conspirar contra nosotros en busca de nuestra destrucción. Las apariencias son un puente que cada uno tiende entre él y los demás y que en cualquier momento se puede romper, entregándonos al vacío.

En nuestros días, estos tiempos globales y centristas en que todo se quiere parecer tanto a todo que uno no termina de saber dónde empieza la derecha y acaba la izquierda o al revés, uno de los grandes defectos de la política es, precisamente, el que cada vez se base menos en las ideas y más en las apariencias, en las campañas de publicidad que intentan vender rostros en lugar de conceptos, hasta tal punto que los presuntos votantes se ven obligados, en demasiadas ocasiones, a confiar solo en lo que nunca se puede confiar: en lo que se ve, no en lo que se sabe o debería saberse.

En los peores casos, como la candidata o el candidato en campaña no tiene la más mínima intención de cumplir lo que promete, resulta que parte de su trabajo promocional consiste en volver a decir lo que ya han dicho sus rivales, sólo que agrandándolo: voy a construir más casas protegidas que el otro y a llevar el metro mucho más lejos; haré hospitales, centros de acogida, ambulatorios y escuelas; acabaré con la especulación inmobiliaria, los problemas del tráfico, el abuso de los alquileres, la contaminación, la desigualdad, la violencia doméstica y el crimen organizado; créanme, no tienen más que mirarme a los ojos para saber que no les miento.

En algunos casos la cosa llega tan lejos que el mismo aspirante que no hizo nada o lo hizo casi todo mal mientras tuvo el poder, nos reclama que confiemos en el futuro, pero no en el pasado: no se fían de lo que he hecho, solo tengan fe en lo que podría hacer a partir de mañana, si me eligen.

Mi rostro de mañana, eso es en lo único que deben pensar.

Creo que hay millones de ciudadanos que cuando viven, como lo hacemos ahora en Madrid, una campaña electoral, piensan que sería estupendo que pasara una de estas dos cosas, o mejor aún ambas: en primer lugar, que cada candidato diese por escrito y firmadas sus promesas, junto con su compromiso notarial de dimitir en caso de incumplirlas, en un documento del dominio público -¿se atreverían a hacer algo tan simple?-; en segundo lugar, que las campañás, al menos en su inicio, fuesen anónimas, de forma que el partido en cuestión, y no su candidato, hiciera ofertas concretas y nosotros no tuviésemos que fiarmos de una cara, de un tono de voz o de una oratoria más o menos convincente, sino sólo de un programa, de una serie de planes.

¿No se han dado cuenta de que cuánto más visible es alguien menos se ve lo que dice? Pues, de este modo, se solucionaría la cuestión y quizá dejásemos de tener más madera que carcoma.

Mientras tanto, tendremos que intentar leer en esos rostros de hoy que nos prometen un paraíso, sus rostros de mañana.

Adivinar qué hay detrás de esas mujeres y hombres que nos dicen: confía en mí porque soy yo, olvidando que, como dice Javier Marías en su novela, "yo" no es nunca nadie.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Reflexión tecnológica, imprescindible

Casi por sorpresa, en Ciberpaís, el suplemento digital de El País, el pasado 27 de Octubre Benjamín nos regalaba este texto, esta reflexión, esta verdad. Disfrutadlo.

Lo probamos todo... ¿Sin comprender nada?
Por Benjamín Prado, en el Ciberpaís

¿Cuánto vale lo que no nos cuesta nada? ¿Qué importancia le damos a las cosas que logramos sin ningún esfuerzo? En estos tiempos líquidos en los que si tienes 10 minutos y un ordenador puedes conseguir casi cualquier cosa sin ir a buscarla a ninguna parte, porque basta con pulsar dos teclas para que Internet te ponga en la mano el disco, la noticia o la imagen que estuvieras buscando, parece que es más fácil desear las cosas que quererlas y que a fuerza de acumular titulares, citas y resúmenes nos arriesgamos a sustituir el conocimiento por la simple curiosidad, que es un buen punto de partida, pero un mal destino. Importa más probar que elegir y estar al tanto de lo que sucede que tener una opinión sobre ello, lo cual en muchos casos nos vuelve a la vez insustanciales e insaciables. ¿Se puede considerar informada una persona que lee los teletipos que le van llegando a su teléfono móvil? ¿Oír dos canciones de cada CD que se edita te convierte en melómano? ¿Coleccionar frases célebres te vuelve un amante de la filosofía?

Hace poco, el novelista Manuel Vicent publicó una biografía del anterior duque de Alba, titulada Aguirre, el magnífico, que fue criticada por su viuda en un artículo enviado a este periódico. A los pocos días, otro diario sacó una página entera en la que se reproducían "los 10 párrafos más polémicos de la obra que ha irritado a la duquesa". Después de eso, ¿ya no hace falta leer el texto completo para poder decir que uno sabe lo que se cuenta en él?

Algunas personas creerán que lo fragmentario es la única opción en este mundo en el que ya no ganan los más fuertes, sino solo los más rápidos y la paciencia ha sido sustituida por la velocidad; otras verán en ello la negación de la propia cultura, que no consiste en tantear la superficie de las cosas, sino en profundizar en ellas, y su suplantación por una poscultura que, como escribe el profesor Javier Gomá en su obra Ingenuidad aprendida, es el último recurso de unas sociedades en decadencia "cuya única identidad reside, tras el ocaso de Occidente, el eclipse de las ideologías, la muerte de Dios y el fin de la historia, en ser posterior a lo anterior: cultura posmoderna, posindustrial, poshistórica...". No parece gran cosa, porque una secuela no puede ser un buen punto de partida.

"Es cierto que en Internet ya no se navega, solo se surfea", dice el director de cine Fernando León de Aranoa, "porque el usuario se ha vuelto promiscuo: al menor indicio de decepción, cambia de ola. Hay menos compromiso, menos fidelidad y por añadidura una mayor pasividad, porque ahora son los contenidos los que salen en tu busca, y no al revés. Eso lo cambia todo, empezando por el periodismo, porque como la volubilidad es una amenaza continua, los titulares de los periódicos se vuelven promesas, ganchos, son un ejercicio de seducción que busca más atraer al lector que enunciar la noticia. ¿Afectará esto también a la música, al cine? ¿Se convertirán los primeros actos de las películas en imanes que garanticen la descarga completa del producto? ¿Empezarán un día las canciones por el estribillo? No sé, pero, de momento, los estímulos e impresiones han reemplazado a la reflexión y el análisis. Supongo que quienes logren articular la información, que parece tan inabarcable, serán los gurús del futuro".

El mundo de la música es, por ahora, la mayor víctima cultural de la Red, y sus consumidores, habitantes de un mundo en el que vivimos de una parte "sitiados por la abundancia", como dice el ensayista Marek Sobczyk en su libro recién publicado De la fatiga de lo visible, y de otra hipnotizados por la piratería, que al ponerle el cartel de gratis a los productos culturales les quita todo su valor, son los que más han cambiado, normalmente, para entregarse a la voracidad, porque las descargas legales y, sobre todo, ilegales hacen que casi todo el mundo tenga en su ordenador o su mp3 100 veces más canciones de las que podrá escuchar en un día, un mes o incluso un año.

La cultura del picoteo, del querer meter la cuchara en todos los platos del restaurante para hacerse una idea de su sabor, tiene aquí su máxima expresión y ha transformado por completo a los aficionados, que si antes seguían a un artista en particular o un género específico, ahora lo degustan todo, para hacerse una idea y porque, al fin y al cabo, no hay que pagarlo. "Es evidente", dice Rubén Pozo, la mitad del grupo Pereza, que en estos días prepara su primer disco en solitario, "que ha aparecido una patología que podría denominarse algo así como síndrome de Diógenes 2.0 y que consiste en la acumulación excesiva y compulsiva de contenidos y descargas. Si yo fuera escritor, tampoco permitiría un resumen de una obra mía. Y estoy seguro de que a un auténtico amante de la literatura no le interesaría leerla. Me aventuro a decir que la gente que no duda en leerse la síntesis de una novela en Internet es la misma que invierte un montón de tiempo en saberse al dedillo la vida y milagros de Belén Esteban. Que tampoco pasa nada, por otro lado".

Su compañero Leiva, que también prepara su debut como solista, va más o menos por el mismo camino y alerta de los riesgos de la trivialidad: "En esto de la cultura del picoteo, creo que hay algo de querer gustar a todas y no irte con ninguna. De figurar pero no estar. Hay demasiada prisa, gente que parece creer que corriendo en muchas direcciones llegará a estar a la vez en varios sitios, o incluso en todas partes. Creo que harían falta cuatro vidas para escuchar los miles y miles de canciones que acumula la mayor parte de la gente en su ordenador. Peor para ellos, a mí no me interesa saltar de una cosa a la otra, sino oír un disco, por ejemplo, de arriba abajo, tal y como se hizo, y ese es mi sistema de medida: para mí, de Madrid a Bilbao no hay 395 kilómetros, ni tampoco, 70 canciones, sino cuatro discos y medio".

Los extremos de la cuestión parecen claros: a un lado, la posibilidad de obtener respuestas inmediatas y al otro la falta de tiempo y espacio para reflexionar sobre ellas. De una parte, las ganas de saber y de otra tan solo la de estar enterados o, al menos, fingirlo, como sugiere el actor Juan Diego Botto: "Internet es un atajo que lo acerca todo, pero también puede ser una máscara, un laboratorio donde construirse una falsa identidad. Siempre me han dejado perplejo esas personas que acumulan recortes de información o sentencias o anécdotas, para luego soltarlas en el momento que consideran más oportuno y dar la impresión de que saben mucho más de lo que dejan ver. Admiro tanto a la gente que sabe como a la que quiere saber, pero no me gusta la que finge que sabe lo que, en realidad, solo ha ido a buscar a Internet, que es un lugar en donde también el que no quiera aprender nada lo tiene todo a su disposición, resumido y clasificado".

Al actor esa palabra, clasificado, le parece peligrosa. "Tengo la impresión que en ese gusto por las listas y los inventarios que tanto abundan en Internet está una parte importante del problema: ahí están desde las mejores y las peores frases del presidente del Gobierno o sus ministros, por ejemplo, hasta las 10 canciones del mes, y, naturalmente, las escenas más célebres, más espectaculares o más polémicas, por la razón que sea, de tal actor o tal actriz. En el cine es difícil valorar un trabajo por dos secuencias, pero seguro que ya hay quien busca y encuentra los 10 mejores planos de una película, mira cuántas estrellas le han puesto los críticos y ya se atreve a opinar acerca de ella. Y, por lo demás, Internet es una maravilla. Todo depende de quién lo use y para qué".

En eso coincide casi todo el mundo: un cuchillo es un cubierto, una herramienta o un arma dependiendo de la mano en la que acabe. El músico Iván Ferreiro, en plena promoción de su disco Confesiones de un artista de mierda, lo dice en línea recta: "Es lo de siempre, hay gente que tiene una esponja en el cerebro y gente que lo tiene envuelto en plástico, unos se empapan de todo y a otros les resbala. Muchos confunden tener algo en el disco duro con saber lo que es y luego hay personas que adquieren una cultura impresionante en la Red, encuentran huellas que seguir, artistas en los que profundizar. Unos aprovechan que existe Internet para robar los libros o leerlos abreviados y otros lo usan como un pasadizo a las librerías. Los que tienen cabeza y saben para qué usarla, aprovechan la facilidad de tenerlo todo a un intro de distancia. Los otros apilan cosas y les da igual, porque la montaña cada vez es más alta, pero ellos no cambian de tamaño".

Eva Amaral y Juan Aguirre, ya ensayando la gira de su nuevo disco, Hacia lo salvaje, admiten que la información suministrada en píldoras produce sobredosis, pero también atrae a lectores nuevos y seguro que algunos de ellos sí querrán profundizar en lo que les llega, da igual si es la página entera de un periódico o su abreviatura en la pantalla del móvil. "Todo depende del uso que le des a cada cosa: nosotros no usamos Twitter, por ejemplo, como un canal de promoción, sino de comunicación con nuestros seguidores, o con cualquier persona interesada en nuestro trabajo. Y en Internet vemos los peligros que ve cualquiera, pero también muchas ventajas. La música es un mundo en el que la revolución digital ha logrado, para empezar, que cayeran las fronteras temporales, porque al lado de este disco de Amaral hay uno de Serge Gainsbourg y puedes comprarlos y bajártelos uno a continuación del otro".

Spotify, donde puedes escuchar miles de discos, nos lanza un reto que debería cambiar nuestra mentalidad y enseñarnos que no hay que poseer para disfrutar. "Es cierto que gran parte de los beneficios que el mundo del arte y la cultura podrían obtener de Internet se pierden a causa de la piratería, y que ese es un precio muy alto. Pero también es una lección que debería de haber servido para algo y nos tememos que no haya sido así. No sé qué pasará con los libros, pero nos da la impresión de que el mundo editorial no ha aprendido nada de lo ocurrido en el de la música. Por ejemplo, estamos seguros de que el lector del último libro de Paul Preston, que es el que ahora tenemos entre manos, habría agradecido que al comprarlo en una librería le hubiesen dado con él un código de descarga para tener a su disposición también la versión digital y poderlo leer en un iPad cuando vaya de viaje. A veces, por querer venderte la misma cosa dos veces, al final se quedan sin nada", añaden los músicos.

"Mejor el picoteo que la ignorancia total", dice el director de cine y escritor David Trueba. "Creo que una buena metáfora de todo esto que ocurre la tenemos en los restaurantes más prestigiosos, que ya no son los que te dan dos grandes platos, sino 11 pequeños, y que de ninguna forma son peores. Por supuesto que vivimos tiempos de confusión, en los que todo parece aún por definir, porque no es fácil querer saberlo todo y estar orientado, de manera que muy a menudo perdemos la oportunidad de disfrutar de las cosas por completo y olvidamos, por seguir con el mismo ejemplo de la comida, que siempre es mejor consumir despacio y lo justo a engullir e indigestarse. Nada va a ser como era, pero eso no debe asustarnos: simplemente, habrá que experimentar otras cosas y atreverse a mezclar lo que nunca había estado junto, como los cocineros".

Tiempos líquidos, como los ha llamado el premio Príncipe de Asturias Zygmunt Bauman, en los que sin duda tenemos que construirnos "una identidad flexible que haga frente a los cambios continuos de la realidad" y siga el ritmo de los avances tecnológicos, pero en los que también corremos el riesgo de no ahondar en nada a base de catarlo todo, sin darnos cuenta de que dar un paso en cada dirección es una manera de no moverse.

martes, 1 de noviembre de 2011

Hay que contarlo


El pasado 24 de octubre, el protagonista fue Benjamín Prado, en una conferencia titulada "Si no quieren que lo cuentes es que es una buena historia". Nosotros no pudimos asistir, pero los diarios regionales dieron buena cuenta de ello en sus ediciones on line, y gracias a ellos pudimos saber cómo fue, y gracias a ellos podemos rescatar algunas de las ideas que nos dejó el autor, y que reproducimos a continuación. Aunque para verlos en su fuente original, leedlo en El diario de Ávila, o en Ávila Digital. Si, además, alguien asistió y nos lo quiere contar y ayudarnos en esta labor de "apilar", aquí estamos.

La semana pasada Benjamín Prado fue el encargado de abrir "Los lunes literarios", un ciclo cultural que se celebra en Ávila y que cuenta con escritores que, cada lunes, cuentan cómo ven ellos el oficio de escribir o hablan de lo que consideran interesante para el público y/o lector.


Píldoras de Los Lunes literarios

Benjamín Prado, novelista y poeta que se considera «un hombre libre porque estoy preso sólo en las cosas que me gustan».

"La literatura es un acto de fe, una pasión, además de una aventura creativa capaz de conseguir algo más que entretener, que también, para «alcanzar alguna importancia civil», utilidades a las que luego él ha añadido las de «ser capaz de ir más allá» y «ofrecer algún grado de belleza o de originalidad que fascine al lector».

«Lo que se les escapa a los historiadores es precisamente lo que podemos contar los novelistas, la historia emocional de la gente, cómo los grandes sucesos afectan a las pequeñas personas».

«Aprendo más de la famosa crisis en el autobús o en un bar que escuchando a los grandes gurús de la economía».

Benjamín Prado afirmó estar convencido de que «el periodismo es la última oportunidad que tenemos de saber la verdad de lo que pasa, porque ésa no nos la cuenta ningún diputado», y un buen ejemplo de ello es la labor que desarrolla la protagonista de su última novela, Alicia Durán, una profesional capaz de «escuchar no lo que le dicen, sino lo que le ocultan». En reconocimiento a esa gran labor social, que tiene el riesgo de «que decir la verdad a veces tiene un precio terrible».

“Si no quieren que lo cuentes, hay que contarlo”.

Prado aseguró que algunos periodistas «se merecen una estatua, igual que esos profesores que consiguen que los jóvenes lean... a pesar de todo».

«Escribo siempre a partir de una idea que creo que merece la pena y que siempre me viene a la cabeza con el género elegido, como si cada sombrero viniese con su sombrerero». «Lo que más me gusta es la poesía, por su capacidad de vulnerar las leyes del espacio para que lo más grande cabe en lo más pequeño», una forma de alcanzar el alma de las cosas que «también puede estar en una novela, en un cuadro, en una película o en el fútbol».          

Benjamín Prado trabaja actualmente en su próxima publicación, un libro de aforismos que llevará por título Pura lógica, además de en una nueva novela y un libro de poemas, una variedad de géneros en la que reconoció sentirse cómodo, ya que -apuntó- “escribo desde una idea que me viene con el género en el que irá".

viernes, 28 de octubre de 2011

Una de vida

Juan Urbano era más puntual que yo, lo reconozco. Él llegaba, cada jueves, a su cita y yo, en un intento de emularlo y homenajearlo llego, tarde, cada viernes. En esta ocasión, el texto que he escogido es más reciente y más terreno, más de los que más me gustan a mi, más ley de vida que ley de leyes, más nosotros y menos política, más filosofía y menos ellos. Y pese a todo encaja perfectamente a un mes de las elecciones. Creo que ya ocupó lugar en el blog, pero con él no me importa repetir.

Se prohíbe hacer lo que ya está hecho.
Por Benjamín Prado. El País 30/10/08

"Y quién no", se dijo Juan Urbano después de leer el titular de una entrevista en la que un físico que ha dedicado su carrera a estudiar la materia oscura del universo decía: "Llevo toda la vida buscando algo que no se ve". Tiene razón, porque la mayoría de las personas somos así, y a menudo pensamos que lo posible vale menos que lo probable, le damos la espalda a lo que tenemos para luchar por lo que no quiere ser nuestro y, muchas veces, a base de ser generosos nos convertimos en esclavos de los egoístas, cuyo viaje consiste en ir saltando de tonto en tonto hasta quedarse solos, porque ya se sabe que no se puede engañar todo el tiempo a todo el mundo.

Pero Juan Urbano pasó pronto esa página del periódico y se interesó por otra que demostraba que si empeñarse en lo irrealizable es bastante común, lo raro es lo contrario: prohibir que se haga lo que ya está hecho. Por eso era tan extraña, aunque fuese tan frecuente, la noticia de que un juzgado de Madrid había anulado la obra de la M-30, como si con esa orden los túneles y el asfalto sobre el que ruedan los coches fueran a desaparecer. No se alarmen: que algo sea a la vez extraño y frecuente es normal, y no tienen nada más que pensar en ustedes mismos y en la forma en que a veces se engañan o se confunden; o en mí, que en alguna ocasión también he creído desenterrar un tesoro mientras en realidad cavaba una tumba; o en la propia ciudad de Madrid, donde lo que ahora sucede con la M-30 ocurrió antes con el cierre de la colonia Marconi, la imposición de la tasa de vados, la ampliación de Mercamadrid, la ampliación del Plan General de Ordenación Urbana y la ampliación del Servicio de Estacionamiento Regulado, todas ellas disposiciones que también fueron anuladas por un juez cuando ya estaban hechas. Ya lo ven, la diferencia entre el teatro y la política es que aquí Romeo y Julieta primero se suicidan y después se enamoran.

Como tenía un día creativo, porque acababa de despertar de una pesadilla y tenía ganas de empezar a vivir de nuevo, o de recuperar su vida a fuerza de aplicarle ese método que consiste en correr hacia delante para recuperar todo lo que se había dejado olvidado atrás, cosas como la ilusión, el orgullo o la seguridad en sí mismo, Juan Urbano cerró los ojos y se puso a imaginar una sociedad en la que los juzgados tenían una máquina del tiempo que realmente podía corregir los errores y los delitos arrastrando el presente hasta el pasado, para resolver allí sus equivocaciones adelantándose a ellas. De pronto, cuadrillas de obreros municipales llenaron la ciudad y empezaron a demoler edificios y replantar parques, comenzaron a tirar bloques espantosos y a reconstruir casas históricas, y, en general, como sabían lo que iba a ocurrir en el futuro, ellos y los legisladores que los dirigían iban evitando los problemas, las injusticias y las equivocaciones.

Pero Juan también sabe que la realidad siempre gana, y que ese sueño hermoso que él forzaba en aquel instante por el puro placer de hacerlo, es el mismo que todos tenemos cada vez que nos damos cuenta de que hemos hecho algo mal y nos hemos metido en un callejón sin salida: nos gustaría volver atrás, no hacer lo que hicimos sino otra cosa y, de ese modo, fabricarnos un ahora mejor, más feliz, menos lleno de arrepentimientos, fallos y derrotas. No, las M-30 de la vida van a seguir ahí, porque lo hecho se puede deshacer, pero no eliminar; y las carreteras de verdad también, porque no hay juzgado en este mundo capaz de parar los relojes y conseguir que no se haga lo que ya está hecho. La ley es una ficción y, en ocasiones, parece que es una burla, o un montaje de cara a la galería.

Juan abrió los ojos y, por algún motivo, tuvo la impresión de que lo hacía por primera vez en años. Empezó a andar, alejándose de la plaza de Ópera, y de pronto sintió que, según caminaba, la energía regresaba a él; tanto que en un momento determinado, sin ninguna razón aparente, empezó a correr, y una sonrisa triste, pero al fin y al cabo una sonrisa, asomó en sus labios, y se sintió muy feliz al ver lo deprisa que avanzaba.

martes, 25 de octubre de 2011

Un inédito dedicado a Leonard Cohen

Ya se estaba echando de menos en este blog la poesía y el texto que el fin de semana pasada Benjamín Prado dedicó a Leonard Cohen, dentro de un especial sobre el músico poeta, con motivo de la concesión del Premio Príncipe de Asturias. Una vez más Benjamín y la música se unen, una vez más la poesía y la música se abrazan, una vez más, aquí tenemos a Benjamín contándonos cómo es para él, Leonard Cohen.
El salvoconduto.
Por Benjamín Prado. El Cultural

Conocí a Leonard Cohen en el año 2001, en un hotel de Madrid donde iba a hablar con él, por encargo de una revista musical, de su disco Ten new songs. Le gustaron tres cosas: que mi canción favorita fuese “Alexandra Leaving”; que le regalase un cd en el que le había grabado las dos interpretaciones en directo que Bob Dylan hizo de su canción “Hallelujah” y, especialmente, que en lugar de llevarle alguno de sus álbumes para que me los dedicara, le llevase uno de sus libros de poemas, La caja de especias de la tierra, y su novela Los hermosos vencidos. A mí de él me gustó todo.

Hablando con él de literatura, de música y de la vida en general, te dabas cuenta de que mintió dos veces cuando dijo que era un escritor que se hizo cantante al oír a Dylan y pensar que él también podía hacerlo igual de mal: la primera mentira es que Cohen canta imitando su propia voz, y de hecho cuando hablas con él parece que pudieras bailar lo que dice a ritmo de vals; la segunda está en el pasado del verbo: Cohen no era escritor, lo ha seguido siendo con o sin guitarra en la mano, en prosa o en verso, porque la raya de salida de todo lo que hace está en la poesía. Para cualquiera que intente escribir una canción que se pueda leer, Cohen no es una influencia, es una obligación. Si no tienes su sello, no pasas la frontera.

Cuando estábamos en Praga escribiendo las canciones de su disco Vinagre y rosas, Joaquín Sabina leyó en un periódico unos versos de la canción de Cohen “Everybody knows”, y se vino abajo: “Quememos todo lo que hemos escrito, porque jamás vamos a llegar a esto.” Y yo le contesté: “Al contrario, vamos a escribir una canción que le hubiera gustado escribir a Cohen.” Hicimos “Virgen de la amargura”, en la que se dicen cosas como: “La guerra ha terminado,/ yo vengo a arrodillarme ante tu cama./ Te rezan mil soldados / y el palacio está en llamas,/ tu general arría mis banderas, / las fieras entran en la catedral./ El rey murió en el campo de batalla,/ la reina se ha pasado al enemigo,/ yo no me cuelgo más que la medalla/ de no saber contar menos contigo.” No sé cuánto nos acercamos al maestro, pero él está dentro de esa canción.

Mientras conversábamos en aquel hotel de Madrid, Cohen me pedía que encandiera cigarrillos y se los pasara cuando no lo vigilaban sus ayudantes, que no le dejaban fumar, y me contaba alguna historia que hubiera detrás de cada una de las canciones o una conversación con Dylan en París, en la que él le explicó cuánto había tardado en escribir “Hallelujah” y el otro le respondía que él en componer “I and I”, que a Cohern le había interesado mucho, gastó “unos 29 minutos”. Y luego le regalé un par de libros míos traducidos al inglés y nos hicimos una foto juntos. No me hace falte mirarla para ver la manera en que ese hombre vestido de negro brilla con todos los colores de este mundo. O sea, que es idéntico a todo lo que escribe.

Segunda Carmela

Carmela, nunca mires
las lágrimas en blanco del hipócrita.
No permitas a nadie reemplazar
tu vida por la suya.
No eches de menos cosas que no puedan volver.

No hables con los que creen que sobran las palabras.
No mezcles los recuerdos con los planes.
Cuenta a los otros sólo lo que sean
capaces de callar.
Escucha a los que advierten, huye del que amenaza.
Recuerda que tendrás que correr mucho
para poder salir de la carrera.

No sueñes al dictado.
No sigas las campanas.
No preguntes por gente que esperas que te olvide.

Carmela, este poema sólo quiere un final:
Han pasado los años; hace mucho que el viento
aúlla como un lobo transparente
en mi casa vacía,
y una noche,
en un lugar donde alguien
nada en el mar o alguien cava en la nieve
igual que si buscase el corazón del frío,
piensas en mí
y acabas esta historia:
-Tal vez de algunas cosas me arrepienta
pero no me avergüenzo de ninguna.

Escribe tú eso entonces y yo seré hoy feliz.