Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El País. Mostrar todas las entradas

jueves, 14 de marzo de 2013

Sanidad pública, sólo que privada

Cuando mezclamos ironía, realidad, sueño, pasado, presente, sonrisa y tristeza. Nos viene dando, casi siempre, realidad.

Es lo que sucede con este artículo de Benjamín Prado del año 2006, (sí, de hace 7 años), en el que nos habla de las tijeras, los recortes en la sanidad, la privatización, el copago.... Siempre con lo mismo y siempre con los mismos.

Sanidad pública, sólo que privada
Por Benjamín Prado en El País 09/03/2006
 
Llamaron a la puerta y cuando Juan Urbano abrió, tuvo tal sobresalto que dio un paso atrás, se le
pusieron ojos de koala adicto al hachís y se le cayeron las cosas que tenía en las manos, que eran un
lápiz, el periódico y La voluntad de la naturaleza de Schopenhauer. Porque allí estaban, en el umbral
de su casa, la presidenta de la Comunidad de Madrid y dos miembros de su Consejo Económico y
Social, armados con tijeras y oscuros maletines. "Buenas tardes", dijeron, haciendo sonar un par de
veces las tijeras en el aire, con ademán de peluqueros habilidosos, "que veníamos a privatizarle algo,
si no tiene inconveniente".

Juan miró a su espalda, como si esperase encontrar allí al amor de su vida, porque lo cierto es que se
había quedado dormido con Schopenhauer y, justo cuando sonó el timbre, estaba soñando con ella,
pero al no verla, les hizo a sus visitantes el gesto de que entraran y los precedió en el pasillo.
¿Estaría despierto o dormido? Mientras conducía a los intrusos a su salón, Juan intentó reconstruir
los acontecimientos: había leído el diario y a continuación a Schopenhauer; después dijo el nombre de su amor, que sonaba igual que el eco de una campana, y de pronto ella estaba a su lado, le dio uno de esos besos suyos que saben a la suma de todas las cosas dulces del mundo y... Nada, luego ya no hubo nada parte del timbrazo inoportuno y la extraña visita. Le apretó un poco la mano a Esperanza
Aguirre, para ver si era real, y ella dijo mecánicamente "Zapatero irresponsable". La cosa, es obvio,
encajaba.

Entonces se dio cuenta de que lo último que había leído en el periódico era la noticia de que un
informe publicado por el CES de la Comunidad de Madrid proponía que los usuarios de la Seguridad
Social asuman parte del coste de la asistencia que reciben, porque lo que no se paga, dicen los autores, se usa de un modo abusivo. "O sea", se dijo Juan Urbano, "del mismo modo en que los políticos usan, en general, sus cargos, solo que a ras de suelo". Y, ya preso de la ira, añadió: "Es más, se me ocurre una cosa: ¿Por qué en lugar de cobrarnos a nosotros la mitad de las aspirinas no les cobran a ellos un porcentaje del coche oficial o de los viajes en helicóptero?". Lo iba a haber dicho en voz alta, pero la visión de las tijeras lo retuvo. Eso sí, cuando ya estaban los cuatro sentados, volvió a apretar uavemente una mano de la presidenta, y ella reptió su cantinela favorita sobre este asunto: "Mi eoría es que a coste cero, demanda infinita". Estaría fuera o dentro de un sueño, pero era ella, sin
duda. Mire usted", dijo uno de los asesores, "que los fármacos se los tenemos que cobrar, pero sólo un poquito y por su propio bien. Y como eso está fuera de discusión, de lo que ahora veníamos a hablarle es de sus sueños. Sin ir más lejos, del que tenía usted hace unos instantes, ese en el que salía una chica tan bonita". Juan se quedó hecho un Kierkegaard y balbuceó unos cuantos pero qué, pero cómo... No le dio tiempo a más, porque el otro asesor lo detuvo con uno de esos gestos imperiosos de la gente muy ocupada, abrió el maletín para sacar unos folletos y dijo: "Oiga, nada de discusiones y vayamos al grano. Si usted nos deja privatizar sus sueños, nosotros le garantizamos rentabilidad y una serie de patrocinadores. Saldrá ganando y no se dará ni cuenta. Por ejemplo, ese mismo que ahora tenía, ¿no? Pues lo tiene igual, sólo que en él aparecen un par de marcas de refrescos y un anuncio de coches. Nosotros lo gestionamos, usted cobra, y santas pascuas".

"Ya, pero, ¿y ustedes qué ganan?", se atrevió a preguntar Juan. Y el otro, poniéndose en pie, contestó:
"¿Nosotros? Caballero, ¡nos ofende usted! Esto es un servicio público, sin ánimo de lucro. Hombre, la única cosa que usted pone es su sueño a disposición de los demás. Por ejemplo, si alguien no tiene una chica como la suya para soñar con ella, pues nos la pide y nosotros se la prestamos. ¿Me explico?".

Juan Urbano los echó a patadas y se entregó a la meditación. ¿Qué tenía que ver su pesadilla con la
Seguridad Social? Lo fue a mirar en las obras completas de Freud, que tardó diez segundos en
responderle: "¿Qué tiene que ver? ¡Pues que es lo mismo, estúpido!" Y se quedó toda la noche en vela,
reflexionando sobre el mensaje lanzado por su subconsciente.

jueves, 7 de marzo de 2013

Recalificando artículos

Retomo los textos que Benjamín Prado publicaba en la sección de Madrid de El País. Merecen demasiado la pena como para que solo estén en mi disco duro ocupando el espacio (eso de que la sabiduría no ocupa lugar era antes de medirla en megas).

Textos en los que, como el ejemplo de hoy, vemos que tienen mucho de actual y bastante de proféticos: "esa gente que lo cambia todo por dinero, sea lo que sea, porque para ellos que siempre van con un crucifijo en una mano y una bandera en la otra, no existe nada sagrado, aparte de los billetes de quinientos". Cuando los billetes de 500 existían, porque estamos hablando del año 2006.

Un año en el que, se hablaba de una palabra inexistente, 'recalificar', a la que, según Benjamín" habría que darle esta acepción: Tomar a los ciudadanos por imbéciles'. O si no, al tiempo" .

Pero no os lo cuento, os lo dejo para que lo disfrutéis...

Por qué la palabra recalificar no existe,
Por Benjamín Prado en El País. 10/05/2006
 
Se sentía como si aquel maravilloso verso de Góngora, "entre espinas crepúsculos pisando", hubiera
sido escrito para él, sólo que cambiando "espinas" por "escombros", porque en ese instante caminaba
por la calle de la Paz, hacia el teatro Albéniz, sin estar muy seguro de si al llegar ya estarían allí las
grúas, que eso es lo que suele suceder en Madrid cada vez que uno abre los ojos por las mañanas: o
sea, lo mismo que en el célebre relato de una línea que escribió Augusto Monterroso, "cuando se
despertó, el dinosaurio aún estaba allí", nada más que cambiando "dinosaurio" por "grúa",
"hormigonera", "o algo parecido". Juan Urbano dejó ese juego para ponerse serio, porque pensó que
aunque en este mundo todas las cosas pueden ser sustituidas por otras, algunas deberían ser
defendidas para que eso no les ocurra, por ejemplo, todas las que representan un bien
medioambiental o cultural. "Justo lo contrario de lo que hace esa gente que lo cambia todo por dinero, sea lo que sea, porque para ellos que siempre van con un crucifijo en una mano y un a bandera en la otra, no existe nada sagrado, aparte de los billetes de quinientos", se dijo, dejándose llevar por la cólera.

Es que Juan Urbano era, una vez más, presa de la sospecha. Le habían llegado rumores de que muy
pronto se iba a demoler aquel teatro histórico, y como recordaba que la Comunidad de Madrid había
prometido comprar el Albéniz para salvarlo pero no tenía noticia de que hubieran hecho
absolutamente nada, llegó a la conclusión de que esta vez, como tantas otras, lo único que pretendían
es que pasara el tiempo, se atenuasen las protestas y se pudiera llevar a cabo el derribo. "Luego,
Aguirre jurará sobre siete biblias que las actividades del Albéniz se van a multiplicar por diez en el
futuro teatro del Canal, y asunto arreglado", pensó. "Qué fácil. Cualquier día van a tener que incluir en el Diccionario de la Real Academia Española la palabra 'recalificar', que a día de hoy no existe, y
darle esta acepción: 'Tomar a los ciudadanos por imbéciles'. O si no, al tiempo". A lo mejor es que
Juan es un tipo demasiado susceptible, pero en eso tiene razón: ¿No es raro que lo que enriquece a
tantos especuladores sólo se pueda definir con una palabra inexistente: recalificar? Pues eso.
Y es que las sospechas sobre oscuras tramas político-inmobiliarias en Madrid cada vez eran un poco
menos sospechas y un poco más certezas. Por ejemplo, qué mal le sonaba a Juan Urbano la dimisión
del director general de Urbanismo de la Comunidad, Enrique Porto, tras ser acusado de autorizar un
plan parcial en Villanueva de la Cañada que incluía más de 20.000 metros cuadrados, parte de ellos
de su propiedad y otros de una sociedad suya y de algunos de sus familiares; lo que, hablando en
plata, significaba que compró las fincas por 87.000 euros y las ha vendido por 4,3 millones. Un gran
negocio, hecho en sólo tres pasos: recalifica, toma el dinero y corre.

Al ver que algún compañero de Porto en el PP declaraba que su renuncia al cargo era "una prueba de
honorabilidad", Juan exclamó: "¡Claro, y la invasión de Polonia demostró el amor que Hitler le tenía
al río Vístula!".

Juan recordó ciertas sospechas del pasado, vertidas sobre la propia Esperanza Aguirre y algunos de
sus familiares, que supuestamente habrían hecho otro gran negocio al promover la construcción de
9.000 viviendas cerca de Guadalajara, aprovechando que el AVE Madrid-Lleida pasa por el Henares y que el Gobierno del PP decidió, en 1998, colocar la única estación del tren en esa provincia en el
pequeño municipio de Yebes, donde, según se dice, el esposo de la presidenta y otros familiares
poseen miles de hectáreas, repartidas en cinco fincas. Los terrenos de la futura urbanización, que la
gente llama Avelandia, fueron recalificados en 2001 en un plan de ordenación urbana. Juan Urbano
había leído en la revista Interviú que ese suelo era propiedad de unos primos de Esperanza Aguirre, y
que sus ganancias eran de alrededor de 48 millones de euros. Y también que el arquitecto municipal
de Yebes era Jaime de Grandes, hermano de Luis de Grandes, diputado del PP, y de Lorenzo de
Grandes, jefe de Prensa de la Asamblea de Madrid. Y también que otros primos y tíos de Aguirre
habían visto crecer su patrimonio tras la venta de parcelas incluidas dentro del Plan General de
Ordenación Urbana de Tres Cantos, con lo que habrían ganado más de ocho millones de euros...
Miró el Albéniz con nostalgia preventiva. Tantos millones y que ninguno de ellos valiese para salvarlo. ¿Qué por qué los especuladores definen lo que hacen con una palabra que no existe? Vaya estupidez de pregunta.

martes, 29 de enero de 2013

Generación Kronen

La historia está llena de pruebas de que navegando puedes llegar a encontrar tesoros. Hace poco surcaba bit en popa algunas páginas y me encontré con una noticia fechada en el año 1995 que se publicó, con total seguridad, solo en papel (si os cuentan que un día no hubo internet, creedlo, es verdad) una noticia en El País con el titular "Benjamín Prado publica una novela "grunge".

Esa novela era Raro. 

17 años después Raro se ha vuelto a editar. La novela es la misma. Pero el tiempo ha pasado. Ahora nadie encasilla a Benjamín en la "generación Kronen" y Benjamín ya da la talla... 

Echadle un vistazo al texto, miradlo con perspectiva... ¿Seguirá pensando Benjamín que "el grunge le salvó la vida"?

Benjamín Prado publica una novela grunge

"El grunge me ha salvado la vida", dice Benjamín Prado, poeta, periodista y autor de una primera novela "a ritmo de rock" titulada Raro(Plaza Janés), que tiene en la portada una foto desolada del líder del grupo Nirvana, que se quitó la vida en 1994. "Kurt Cobain es para mí el último Jesucristo", continúa Prado. "Lo que he intentado es hacer una novela que pareciera una canción". Y en Raro se siente constantemente una música, de fondo, con temas que se cuelan en las conversaciones y el pensamiento de sus personajes: Dylan, Lou Reed, Soundgarden...Benjamín Prado (Madrid, 1961) reconoce su deuda cultural con Estados Unidos, con la música, el cine y la literatura. "No sé cuáles serán los ingredientes de mi literatura", dice, pero siente que hay algo de Carver y Ford, pero también algo de Handke y Duras.
Lo que molesta a Prado es que incorporar elementos como el rock y el cine siga molestando en algunos círculos literarios. "Hay una agresividad contra los que hablan de Nirvana en lugar de Vivaldi. Para mi es lo natural, voy al cine tres veces por semana y paso mas tiempo mirando San Francisco que Madrid. Parece que si no escribes sobre la guerra civil no das la talla".
Le desagrada, sin embargo, que lo encasillen en los que para. algunos podría llamarse generación Kronen. "Me siento más cerca de Peter Handke que de Alfredo Mañas", afirma. "El libro de Mañas me ha pare cido bien, pero la película es una basura. Le da la razón a los que piensan que los jóvenes son estúpidos y vacíos. Yo no, me siento vacío, me sobran cosas por las que daría el alma".


martes, 22 de enero de 2013

Caballo de Troya

Algunos días la obligación y la devoción se unen en un mismo punto. Más raro fue aquel verano en que no dejó de nevar, como dice Sabina. Hoy ese punto ha sido El País. En el primer caso lo esperaba, en el segundo ha sido una grata sorpresa abrir las páginas del periódico y volver a ver un texto de Benjamín Prado. Tan suyo, tan comprometido, tan "aprovechando que tengo al público ahí no puedo no decir". Y ha dicho, y en facebook ha preguntado, ¿Estáis de acuerdo...?

Lo estéis o no, leedlo, disfrutadlo, compartidlo... yo opino que merece la pena, ¿estáis de acuerdo?

La muerte de la militancia


Hacia 1962, el director de la Real Academia Española y miembro de la Generación del 27, Dámaso Alonso, se quejaba, en un famoso poema, del modo en que las siglas políticas y comerciales de la época invadían el idioma: “USA, URSS, OAS, UNESCO / ONU, ONU, ONU / TWA, BEA, K.L.M., BOAC, / ¡Renfe, Renfe, Renfe! / (…) ¡S.O.S., S.O.S., S.O.S, / S.O.S., S.O.S., S.O.S.! / Vosotros erais suaves formas, / INRI, de procedencia venerable, / S.P.Q.R., de nuestra nobleza heredada. / (…) Legión de monstruos que me agobia, / fríos andamiajes en tropel. / (…) ¡Oh dulce tumba: / una cruz y un R.I.P.!”. Si el autor de Hijos de la ira siguiese en este lado del más allá y, por algún motivo, tuviera que volver a escribir ese texto para adaptarlo a los tiempos que corren, igual que se actualiza una aplicación de un teléfono móvil, sin duda incluiría en él los acrónimos llegados desde el mundo de la economía que hoy nos inundan: pymes, Ibex, IVA, Sicav, ERE… El resultado más que previsible es que aunque las iniciales fueran diferentes, la historia que contaran iba a ser la misma: que el lenguaje es un caballo de Troya, un instrumento de poder que nos atrapa, se nos impone, nos fuerza a considerar verdadero e innegable lo que se repite hasta el vértigo, lo que salta de los discursos públicos a las conversaciones privadas para adueñarse de ellas.
Esa sospecha resulta demoledora y no hace más que multiplicar por dos la desconfianza que produce la clase política en general y que provoca, entre otras muchas cosas, que solo dos y medio de cada 100 ciudadanos de la Unión Europea pertenezca a algún partido; que en España, según la última encuesta del CIS, no haya un solo dirigente que reciba el aprobado de la población y que la idea más repetida con respecto a ellos sea que son todos iguales. Una certeza tan poco convincente como cualquier generalización y sobre la que no puede crecer nada aparte del desánimo, porque no hay terreno más estéril que un lugar común, pero que cada vez está más arraigada entre los millones de personas que han quedado a la deriva tras el naufragio del neoliberalismo; que sufren en su propia piel los latigazos de los números rojos y el drama del desempleo; que se ven acorraladas por las deudas y al borde del desahucio, cuando no más allá; que después de trabajar 30 años como remeros de los piratas han sido arrojadas por la borda y ahora se les obliga a entregar sus tablas de salvación a los almirantes, para que puedan tapar con ellas los agujeros de sus barcos.
Esa gente, como es normal aunque suene paradójico, ya no tiene fe en sus creencias; desconfía de propios y extraños, de quienes dictan las leyes y de los que las aplican sin piedad en sus negocios o sus empresas. Y, por supuesto, es de todo punto imposible que se pueda ver a sí misma como una pieza valiosa de la máquina que la tritura.
A la luz de los acontecimientos, parece obvio que la oscura España del pelotazo que esquilmó nuestro patrimonio y nuestra credibilidad hace 25 años, no fue abolida como nos quisieron hacer pensar, tan solo cambió de manos; porque lo único que parece haber ocurrido en las últimas tres décadas es que Mario Conde, Luis Roldán y Javier de la Rosa dejaron su sitio a Francisco Correa, Gerardo Díaz Ferrán o al antiguo director general de Trabajo de la Junta de Andalucía Francisco Javier Guerrero y poco más, puesto que, aparte del cambio de apellidos, el país sigue lleno de timadores que viven a la sombra del poder para lograr que su carrera avance deprisa y su dinero negro suba como la espuma. 
No deja de tener gracia que Luis Bárcenas, el tesorero del Partido Popular que, entre otras cosas, evadió presuntamente al extranjero, como mínimo, 22 millones de euros, fuese tan aficionado al alpinismo, por lo rápido que llegó a Suiza. Mucho menos divertidas son las preguntas que uno pueda hacerse acerca de algunas decisiones del Gobierno o de sus partidarios en el mundo judicial: ¿no sería el hecho de que Baltasar Garzón imputase al tesorero del PP en el caso Gürtel lo que pudo costarle su puesto en la Audiencia Nacional, condenado, según ha escrito en EL PAÍS un exdiputado popular, Jorge Trías Sagnier, “por unas escuchas que fueron muy limitadas y estaban más que justificadas”? ¿No es demasiada casualidad que la amnistía fiscal que ha propiciado el ministro de Hacienda le haya venido como anillo al dedo a su excompañero Bárcenas para que pudiese regularizar 10 millones de euros no declarados? Demasiadas coincidencias, tal vez.Si antes se había decretado la muerte de las ideologías, de la Historia, de la novela y hasta la de Dios, ahora hay que certificar, al menos hasta nueva orden, la muerte de la militancia. Algo que parecen demostrar el último eurobarómetro, según el cual Grecia, España y Letonia, por ese orden, son los tres países del continente donde se tiene menos confianza en los partidos políticos, y un reciente sondeo llevado a cabo por Metroscopia, donde se recoge que el porcentaje de los que aquí desconfían de nuestras instituciones y de sus representantes es, ni más ni menos, que del 97%. Es comprensible, si recordamos que, a día de hoy, existen en nuestro país más de 300 parlamentarios, alcaldes y concejales imputados por los jueces en tramas de corrupción.
El francés Alain Touraine, con quien Bauman compartió aquel galardón, cree que “los políticos llevan demasiado tiempo actuando a espaldas de la sociedad, han roto con ella y al hacerlo han lastrado las democracias”, que al someterse a los poderes económicos renuncian a su papel de “mediadoras institucionales entre el Estado y la sociedad a la que representan, con lo cual nos dejan a casi todos fuera del sistema”. Ese lugar al margen es al que van a parar los parados, los insolventes o los desahuciados.El filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman, ganador en el año 2010 del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y padre del influyente concepto de “sociedad líquida”, que define un mundo en el que no hacemos pie y flotamos a la deriva, dice que la impotencia o sumisión del poder ante los mercados y la caída de aquel espejismo con las palmeras pintadas de rosa que era el Estado de bienestar, nos ha vuelto escépticos e indiferentes, y sostiene que lo único que ha conseguido la posmodernidad es que “hoy nos domine la incertidumbre y no tengamos más valores que los relativos”, porque todo lo demás ha perdido su solidez y, por tanto, no se puede usar como contrapeso a los peligros que tiran de nosotros hacia el abismo. Que el poder se encuentre en manos de “grupos casi abstractos y que parecen fuera del alcance de las instituciones, produce una sensación de impotencia y ha echado abajo los dos pilares sobre los que se debe de articular un país: la solidaridad y la confianza”. Tiene razón, el pesimismo nos domina, nos hace insolidarios y nos obliga a pensar que el futuro cabe en tres palabras: sálvese quien pueda.
El encargo que le ha hecho la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, al Centro de Estudios Políticos y Constitucionales para que busque el modo de mejorar la imagen de los políticos y su anuncio de que se tomarán medidas legales para endurecer las penas de inhabilitación a los corruptos y mandarlos a prisión, no parece que pueda ser tomada muy en serio cuando en su propio partido cubren y justifican a multitud de inculpados en asuntos muy sospechosos. Y lo hacen con tanto éxito que la inmensa mayoría de los candidatos envueltos en delitos de esa clase, son reelegidos cuando se vuelven a presentar a unas elecciones e incluso, tal y como ocurrió con el antiguo presidente de la Comunidad Valenciana, mejoran sus resultados. Quizás eso cambie ahora que, según dicen los últimos escrutinios, el 87% de los españoles pide que se aparte inmediatamente de sus puestos a los políticos a los que la ley implique en algún delito. Ya veremos si eso tiene un reflejo real en las urnas o solo demuestra que el novelista Mark Twain dijo la verdad cuando escribió que en este mundo hay tres tipos de mentiras: los embustes, las patrañas y las encuestas.Para hacer más hondo el desencanto, las noticias inacabables sobre la corrupción, que incluyen en su nómina oscura desde miembros de la familia real hasta dirigentes de las dos grandes formaciones políticas del país y de los partidos nacionalistas más pujantes, han pulverizado la fe de los españoles en los cargos públicos. Cómo no iba a ser así al ver a algunos de ellos robar, mientras nos imponen a los demás sacrificios sin fin, hasta el dinero destinado a las ayudas sociales, el subsidio de desempleo o las víctimas del terrorismo, que una y otra vez acaba en las cuentas opacas que esconden en diferentes paraísos fiscales los encargados de administrarlo. El yerno del Rey, por poner un ejemplo, usó como tapadera para blanquear capitales, según todos los indicios, una fundación de ayuda a niños discapacitados.
El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, recuerda que “al principio la política falló porque no supo anticiparse a la crisis, ni la vio llegar; y después porque no tomó medidas para impedir el crecimiento de la desigualdad, ni actuó contra los abusos de las corporaciones”; y ahora teme que el desencanto de la mayoría acerque a muchos hacia la ultraderecha y otros suburbios de la condición humana. Sin duda, es un riesgo que no conviene ignorar, porque cuando las personas se sienten atrapadas, buscan libertadores, y ese es un gremio en el que abundan los farsantes y, a menudo, los canallas.
Como dice el sociólogo Juan Carlos Zubieta Irún, profesor de la Universidad de Cantabria, “el comportamiento indigno y zafio de algunos políticos provoca que los ciudadanos se alejen de ellos. La financiación ilícita de los partidos, las listas electorales cerradas, la falta de democracia interna o el incumplimiento de las promesas hechas en campaña explican el grito de los manifestantes del 15-M: ¡No nos representan!”. Una reacción que considera comprensible entre quienes sufren el azote de la crisis mientras tienen noticia de “las prácticas usureras de algunos bancos, el escándalo de las primas y los sueldos multimillonarios de sus directivos o la estafa de las preferentes, que hacen que corran al pasar junto a una sucursal”. La iniciativa de dejar la basura al pie de los cajeros automáticos de ciertas entidades, explica de forma gráfica lo que sienten sus damnificados. Y quizá sea un aviso de lo que puede ocurrir si las cosas no mejoran.
Los nuevos dirigentes de izquierda y derecha que, sin duda, pronto van a sustituir a los actuales, van a tener que trabajar mucho para devolvernos la esperanza, o no saldremos de aquí. Es imposible resolver un problema que no crees que tenga solución.Tienen que hacerlo, antes de que tengamos que escribir otro poema de la familia de Dámaso Alonso en el que se hable de un país irremediablemente partido en dos: “Paro, euro por receta, Bankia, tasa judicial; / privatización, recalificación, prevaricación; / testaferros, desahucios, paraíso fiscal, / sobresueldos, recortes, Suiza, malversación…”. Y así hasta llegar hasta el fondo de reptiles, que es como hace 30 años se llamaba a la dotación para sobornos que guardaban en sus cajas fuertes algunos ministerios. Con la diferencia de que entonces éramos militantes por la mejor razón que se puede serlo: porque teníamos fe en el futuro. Ahora, todo ha cambiado y, según concluye el informe de Metroscopia, si en 2010 empezaban el año con optimismo el 78% de los ciudadanos, ahora nada más que lo hacen el 43%.

martes, 12 de junio de 2012

Una de cultura

Solo con ver la foto en miniatura de la entrevista...
apetece hincarle el ojo
El pasado sábado Benjamín Prado se volvía a asomar por las páginas que le echaron de su periodicidad pero a las que vuelve de vez en cuando. Esta vez fue la sección de cultura de El País, y Máximo José Kahn y el libro de Mario Martín Gijón sobre su personas quienes centraron el tema. Os dejo con el texto mientras sigo buscando la conversación entre Valdano y Benjamín que publica el número uno de la revista Líbero y que espero tener pronto entre mis manos (Por cierto, mañana pasaros por aquí, que un adelanto os lleváis).

Un personaje robado al siglo XX
Por Benjamín Prado en Cultura de El País


Ninguna historia vuelve a estar completa hasta que se le devuelven los personajes que han desaparecido de ella con el paso del tiempo. Y es fácil intuir que unos acontecimientos tan llenos de ángulos y bifurcaciones como los que dieron lugar a la II República, la Guerra Civil y la diáspora del exilio tuvieron que tener más actores de los que caben en el cartel de la obra. Uno de ellos es Máximo José Kahn, nacido en 1897 en Fráncfort de Meno, la ciudad con mayor índice de ciudadanos judíos de toda Alemania, y muerto en Buenos Aires, en 1953 y con un pasaporte de ciudadano español en el bolsillo. Sus tres pasiones fueron el judaísmo, España y la literatura, y supo hacerlas compatibles muy pronto, a los 24 años, cuando se trasladó de Berlín a Toledo y empezó a colaborar en La estafeta literaria de Ernesto Giménez Caballero como corresponsal de la literatura alemana, igual que hacía de cronista de la actualidad cultural española en el semanario Die Literarische Welt. Lo primero sirvió para que se empezase a hablar aquí de Thomas Mann, Rilke o Kafka, y lo segundo para que se tuvieran allí noticias de los libros de Gómez de la Serna, Benjamín Jarnés, Ayala o Lorca, que era su gran debilidad. Kahn era en esos años escandalosamente subjetivo, tendía a decir barbaridades y, además, tenía dos caras, porque en muchos de sus textos sobre España publicados en Berlín, la imagen que da de nuestro país es bastante despectiva. Pero todo eso cambió con la llegada del nazismo y la sublevación de 1936, y Kahn terminó avergonzándose de su país antisemita y orgulloso del nuestro, que con tanto heroísmo sin esperanzas combatía al fascismo. En La patria imaginada de Máximo José Kahn, Mario Martín Gijón hace un completo inventario de la vida y trabajos de este intelectual que fue amigo íntimo de Rosa Chacel y Juan Gil-Albert, compartió los dorados años veinte y treinta con los poetas y narradores de la generación del 27; defendió la República, denunció infatigablemente el antisemitismo de Franco y ocupó puestos diplomáticos menores; y que tras la derrota tuvo que exiliarse, pasó por el campo de concentración de Kashba Tadla, en Marruecos, y después por Nueva York, México, donde se hizo muy amigo de Octavio Paz y Elena Garro y, finalmente, Argentina, donde publicó las novelas Año de noches y Efraín en Atenas. Persiguiendo a este personaje casi desconocido, el lector aprende cosas nuevas sobre lo ya conocido, y ésa es una de las virtudes de esta obra, publicada por Pre-Textos. Renacimiento, por su parte, recupera uno de los títulos del propio Kahn, Arte y Torá, donde dio rienda suelta a su pasión por el judaísmo sefardita. En él se juntan, eso sí, erudición y delirio, dadas sus teorías sobre el origen judío de casi todo, desde la fiesta de los toros, que justifica relacionando, por ejemplo, las esculturas de Guisando con el mito del Becerro de Oro, hasta los nombres de nuestras ciudades: el de Cádiz, según él, viene de la palabra hebrea kades, sagrado. El apasionado Kahn sostiene que los judíos deben afirmar su condición de pueblo elegido, porque “si fueran hombres como los demás, no se les perseguiría”; pero también les exige un camino de perfección: “No sólo hay que creer en Dios, sino merecer que él crea en nosotros”. Es la obra de un hombre de fe, y por lo tanto tiene tanta emoción como falta de equilibrio, como todo lo que no busca la imparcialidad. Y es, junto con la biografía de Martín Gijón, una buena oportunidad para recuperar la historia de este hombre y reconstruir algunos hechos olvidados de los años maravillosos y terribles que le tocó vivir.

miércoles, 30 de mayo de 2012

El futuro ya no es lo que era

Tengo un par de muy buenos post en la línea de salida, pero la actualidad manda y como dice Benjamín en su artículo, mencionando a Paul Valery, "el futuro ya no es lo que era". Pues eso, que aparco a Vargas Llosa y a Raro y os dejo con el futuro.

Prepárese: en el futuro, todos autónomos
Por Benjamín Prado en El País

¿Cuáles serán las profesiones más demandadas y más lucrativas en el futuro? ¿Qué trabajos nos ofrecerán más salidas dentro de dos décadas? Acuicultor, nanomédico, webgardeners, microemprendedores, policía medioambiental, narrowcastes, bioinformático… Hoy parecen palabras incomprensibles; mañana, las tendremos todo el día en los labios.
Vivimos tiempos veloces e imprevisibles, en los que los avances de la tecnología y los retrocesos de la historia lo transforman todo de forma continua y el presente ha cambiado tanto que el futuro tampoco es ya lo que era. ¿Cómo será la Tierra cuando Europa y Estados Unidos vivan a la sombra de Asia y los dólares o euros sean papel mojado frente al yen? ¿Qué sustituirá al petróleo y quiénes serán los jeques de las energías renovables? ¿Qué va a ocurrir cuando un avatar o un holograma nos represente y haga de nosotros en una reunión virtual celebrada por videoconferencia, o incluso en la oficina? ¿Qué consecuencias tendrán las migraciones masivas o el envejecimiento radical de la población? ¿Con qué armas nos enfrentaremos a la contaminación atmosférica?
Aparte de a todo lo demás, esas dudas afectan también al mundo laboral, cuyo porvenir está lleno de preguntas para las que de momento no existen respuestas, sino solo apuestas: ¿cuáles serán las profesiones más importantes y más lucrativas dentro de una o dos décadas, cuando ya no sea tan lógico soñar con ser médico, abogado o ingeniero de telecomunicaciones?
Los analistas, que en este terreno son una mezcla de sociólogos y adivinos, pronostican que algunos oficios que hoy parecen simple ciencia-ficción, como los de fabricante de órganos humanos, acuicultor en plantaciones submarinas, banquero de tiempo, bioinformático, creador de identidades digitales o nanomédico, estarán el día de mañana entre los más codiciados y mejor pagados. Aunque todos ellos serán muy solitarios, porque lo que sí parece evidente es que para entonces la mayoría de los ciudadanos serán lo que ya se conoce como e-lancers, es decir, personas que ofrecerán sus servicios por libre y desde sus casas, conectados unos a otros y con sus clientes a través de Internet. En cualquier caso, parece obvio que ha llegado el momento de prepararse para lo desconocido.
Si uno se fija bien, sin embargo, los nombres exóticos de muchas de esas profesiones ocultan anhelos muy normales y, por encima de todos ellos, como es natural, el de la supervivencia, tanto biológica como económica, que por otra parte cada vez parecen más insolidariamente unidas: la buena salud es y será para los que pueden pagársela. Para demostrarlo, un estudio de la consultora Fast Future pronostica que entre las 20 profesiones que mejor se adaptarán a los avances científicos y tecnológicos que se avecinan de aquí al año 2030 están las de granjero farmacéutico —que se dedicará a cultivar plantas modificadas genéticamente para que tengan a la vez propiedades alimenticias y terapéuticas—, instructor para la tercera edad, geomicrobiólogo —cuyo fin será crear microorganismos que ayuden a eliminar la polución—, policía medioambiental —un agente de la ley que luchará contra los ladrones de nubes y controlará el lanzamiento de cohetes de yoduro de plata para provocar lluvias, algo que ya se hace en India y en China— y las ya mencionadas de nanomédico —una mezcla de doctor e informático que, entre otras cosas, nos podrá implantar microchips que aumenten nuestra memoria, igual que se hace con un ordenador— y fabricante de órganos, que será un reparador de la salud capaz de combinar cirugía plástica, mecánica robótica y clonación genética para remplazar las partes dañadas de nuestro cuerpo.
Pero todo cambio requiere personas dispuestas a organizarlo y por eso también estarán en primera línea los vendedores de talento, que buscarán a los profesionales mejor preparados y los colocarán en organizaciones de todo el planeta; o los gerentes del bienestar, encargados de la salud laboral en las empresas. En su libro Prepárate, el futuro del trabajo ya está aquí, recién publicado en España por Galaxia Gutenberg, Lynda Gratton da una serie de consejos sobre la dirección a seguir para tener un “futuro elaborado” en lugar de un “futuro por defecto”. En primer lugar, se trata de ver hacia dónde camina el mundo, cómo va a seguirle el paso a los nuevos gigantes que vienen de China, India y Brasil, y en qué medida nos van a afectar los cambios que se produzcan cuando la tecnología nos suplante, la globalización parta en dos la sociedad, los recursos energéticos se terminen y los cambios demográficos dejen sin sitio a parte de la población.
Otros problemas que ya sufrimos hoy, pero que se harán más grandes, son: la fragmentación, que dispersará cada vez más nuestras tareas, nos dejará sin tiempo y nos impedirá darle cohesión a nuestra vida; el aislamiento al que nos conducirá estar siempre conectados pero solo de forma virtual; la escasez de carburantes y la subida de sus precios, aunque en contrapartida se ahorrarán millones al trabajar desde casa y no tener que desplazarse; la exclusión de los pobres, que cada vez serán más y estarán a más distancia de las personas acomodadas, y la destrucción del ecosistema.
En ese último reto, cobrarán una enorme importancia los ingenieros de vehículos alternativos, que buscarán opciones ecosostenibles para el transporte, y los científicos especializados en la lucha contra el cambio climático. Podremos acogernos a la telepresencia en 3D para celebrar en una sola jornada laboral cuatro reuniones de negocios sucesivas en Tokio, Moscú, Río de Janeiro y Nueva Delhi; o comeremos frutas y verduras transgénicas, cultivadas por los agricultores verticales en las fachadas de los rascacielos o crecidas en los invernaderos espaciales que algunos arquitectos interplanetarios ya han diseñado para que sean construidos en la Luna y en Marte; pero nuestra lucha contra la enfermedad y la muerte será la misma.
Vamos a necesitar mucha determinación y un gran sentido de la libertad para defender nuestros derechos frente a ese futuro que parece muy selectivo, con muchas posibilidades para los técnicos y muy pocas para los obreros. Lynda Gratton, a través de lo que ella llama cocreación, y otros autores como el inventor del término e-lancer, Thomas W. Malone, en El futuro del trabajo, creen sin embargo que, si sabemos utilizar la tecnología para formar redes, alianzas de ocasión y corporaciones globales, “podríamos obtener los beneficios propios de las grandes organizaciones sin tener que renunciar a los de las más pequeñas, que son la libertad, la creatividad y la flexibilidad. Las grandes empresas se han dado cuenta de que la descentralización les beneficia. Intel, Microsoft o IBM se nutren de un complejo entramado de fabricantes de equipos, desarrolladores de programas informáticos y diferentes firmas de servicios que trabajan fuera de sus sedes comerciales. Y todas ellas han mejorado su rendimiento por ese sistema, y son más valoradas por los mercados”.
Consciente de que su apuesta dará lugar a una serie de interrogaciones inevitables sobre la desaparición de la justicia social y el intento de engañarnos llamándole independencia a la inseguridad, la profesora Gratton habla de los microemprendedores, que se benefician de la conectividad y forman ecosistemas de ideas con otros internautas, aunque no los relaciona con los famosos mini-jobs que tanto defienden consultoras como Hays, cuyo director general en España, Christopher Dottie, sostiene que la única salida posible de la crisis es “seguir el camino de Alemania, que con ese método mandó una poderosa señal a los mercados, la del descenso del paro, y así ha fortalecido su economía”. Malone redondea el argumento dando una solución estrambótica: “Las organizaciones descentralizadas le brindan a la gente mayor libertad y flexibilidad, pero ¿qué pasa con otras necesidades, como la seguridad financiera, la salud y la formación? Una vez que son independientes, ¿cómo puede tenerlas cubiertas? Muy fácil: volviendo a los gremios, que en la Edad Media servían para entrenar a los aprendices, buscarles una colocación, financiar sus estudios o hacerles un préstamo”. Uno no puede tomarse muy en serio ninguna propuesta que plantee reducir la capacidad adquisitiva de los ciudadanos e-lancers a aquello que puedan sacar eventualmente con sus minijobs o, directamente, regresar al siglo XV; pero el disparate deja muy claro que el nuevo reto al que nos enfrentamos es el de siempre: la desigualdad.
En cualquier caso, parece evidente que el kilómetro cero del futuro está en la palabra tecnología y, por eso, según vaticinan el estudio sobre las profesiones del futuro encargado por el Gobierno británico a Fast Future y otros, hechos por la empresa Iberestudios o por las universidades de Oxford y Barcelona, se acercan buenos tiempos para los abogados virtuales y los controladores de datos-basura, que nos protegerán de los hackers mezclando el Derecho y la Ingeniería Informática; y para los desarrolladores de aplicaciones para teléfonos móviles, los webgardeners, que se encargan de actualizar los contenidos de la Red, y los ayudantes de networking, que serán mitad educadores sociales, mitad relaciones públicas con objeto de mejorar nuestra integración social en Internet; o, como consecuencia de todo eso, para los psicólogos a distancia, que tratarán las adicciones y síndromes que los internautas puedan contraer mientras navegan. También les irá bien a los telecomunicólogos, que serán quienes mantengan la interconexión masiva de computadoras en un mundo en el que prácticamente nadie carecerá de una; y, por supuesto, a los creadores de videojuegos. Todo lo cual vuelve a decirnos que en el fondo van a cambiar más las formas que los moldes: los intermediarios se llamarán gestores, y poco más.
Todo eso está cerca, pero aún no está aquí y, según otro estudio, llevado a cabo en esta ocasión por la firma Adecco Professional, los tres empleos más deseados hoy día en España siguen siendo, por este orden, los de comercial, administrador de grandes cuentas —los famosos key account managers— e ingeniero de telecomunicaciones. Nuestro país también necesita “ingenieros especializados en energías renovables, cuyos puestos de trabajo han aumentado un 235% en la última década; analistas financieros y médicos de familia, debido sobre todo al envejecimiento de la población, el más acusado del mundo, solo por detrás del de Japón”.
Para terminar, diremos que hay malas perspectivas para los medios de comunicación, donde parece que la actividad con más futuro será la de narrowcaster, es decir, la de experto en segmentación informativa, un profesional que combinará el periodismo, la publicidad y las relaciones públicas para dar noticias a la carta, destinadas a grupos específicos de personas y adaptadas a sus intereses, teniendo en cuenta su nivel de vida, su religión, su estado civil, su lugar de residencia, etcétera. No parece que la palabra objetividad tenga sitio en ese proyecto con aires de plan de fuga.
El mundo cambia deprisa y el futuro, ese “espacio negro para muchos sueños, / espacio blanco para toda la nieve”, según lo describió el poeta Pablo Neruda, empieza a dejarse ver en el horizonte. Cuando estemos allí, tendremos todo el día en los labios esas palabras que ahora suenan tan extranjeras, acuicultor, nanomédico, webgardeners, microemprendedores, bioinformático… Y a los que puedan ser definidos con alguna de ellas parece que les va a ir muy bien. El futuro ya no es lo que era, como dijo Paul Valéry.