domingo, 31 de agosto de 2008

Correr hacia el nuevo año

El médico me ha ración de Benjamín Prado para llevar mejor la depresión posvacacional. Por ello leemos y colgamos este clic (en cuanto tenga la foto la subo)
Tema recurrente, pero invevitable cada fin de año (Para entender mejor esta última frase no hay que perderse el post de mañana, en el Benjamín lo explicó ya hace un par de años).

Mientras me llega la depresión correré yo también, comenzaré el año corriendo por las calles de un Madrid que se despereza y que antes de engullirnos a todos mañana en el metro a las 7 de la mañana, nos cederá sus calles para correr. Quizá buscamos todos lo que nos dice Benjamín en este texto, quizá cada uno busque una cosa, pero esta tarde miles de corredores recibiremos el año como se merece, con una San Silvestre en pleno mes de agosto.


La vida empieza mañana
Por Benjamín Prado. El Clic. El País.
En cualquier otro momento del año quizá nos tendríamos que preguntar hacia dónde corren las personas de la imagen, pero no hace falta porque estamos en el último día de agosto y septiembre, que es el mes de los grandes proyectos y las esperanzas aplazadas, nos da la respuesta: esas mujeres y ese hombre corren hacia una nueva vida, hacia la versión mejorada de ellos mismos que soñaron este verano junto al mar y en la que se veían más felices, más saludables y, sobre todo, más parecidos a quienes siempre desearon ser. ¿O es que alguien piensa que el adverbio siempre se puede escribir con las letras del sustantivo septiembre por pura casualidad?
Comienzan los días laborables y los despertadores a las siete de la mañana
Quien tiene una meta tiene una razón para correr, y por eso los dos deportistas que vemos en primer plano sonríen con la boca llena de optimismo mientras huyen de la palabra vida, escrita en grandes letras rojas sobre el edificio que hay a sus espaldas. La tercera no da la impresión de tenerlo tan claro, porque parece moverse con menos convicción que sus acompañantes y ni va tan bien uniformada como la otra mujer, cuya ropa delata una voluntad firme de ponerse en forma, ni parece haberse echado a la calle tan impulsivamente como el hombre de azul, que no quiso perder el tiempo en buscar una indumentaria adecuada y va vestido de centauro urbano, mitad peatón y mitad gimnasta.
Pero hay un cuarto personaje en la fotografía que también es un habitante característico de septiembre, un ciudadano al que la perspectiva ha hecho pequeño en comparación con quienes lo rodean y que lee algo con gesto ensimismado, igual que si estuviera a mil kilómetros de los gigantes que lo rodean, lejos de todo aunque esté en el mismo mundo de líneas y círculos perfectos por el que corren sus compañeros de reparto. Imagino que leerá unas instrucciones, un folleto publicitario o un esquema, cualquier cosa que también sea el primer paso de una nueva vida, el inicio de un camino que muchos seguimos en estas fechas esperando que nos lleve a un nosotros mejor: voy a aprender idiomas, o a pintar, o a tocar un instrumento; voy a hacer una colección de libros, de sellos, de discos; voy a ponerme en forma, voy a viajar, voy a beber menos, a dejar el tabaco, voy a comer mejor...
Se acabó el verano y mañana empiezan los días laborables y los despertadores a las siete de la mañana, pero si uno además de iniciativa tiene perseverancia, también puede comenzar algo magnífico: una nueva vida que nos corrija, nos amplíe y nos haga sentirnos bien. ¿Qué hacen los protagonistas de esta foto? Corren para no dejarse atrás.

El atardecer de agosto

Tal como nos comenta el propio Benjamín , el texto llamado "La larga noche" apareció en El País firmado por él, pero debió ser algún tipo de error, porque él no lo escribió. Por lo tanto, suprimimos del blog este texto. (Aunque quede constancia de esta errata con esta entrada).

viernes, 29 de agosto de 2008

Benjamín Prado para el García Lorca

Benjamín Prado es uno de los candidatos para la V edición del Premio internacional de poesía Federico García Lorca que organiza, convoca y falla el Ayuntamiento de Granada. La candidatura del poeta madrileño ha llegado desde Italia. Según nos informan de la secretaría del Premio, "La candidatura a favor de Benjamín Prado fue realizada el pasado 31 de julio por parte del Poesiafestival de Unione Terre di Castelli, Maranello e Marano (Modena), firmada por su directora artística la Sra. Paola Nava".

Benjamín compartirá "cartel" con otras 35 candidaturas entre las que se encuentran otros cuatro nombres que nunca se habían asomado a este galardón: como Antonio Cisneros, Claribel Alegría, Luis García Montero y David Rousemmor Taud. Además, otros poetas consagrados como Mario Benedetti, Nicanor Parra o Juan Gelman, figuran entre los extraordinarios poetas candidatos al premio.

Las candidaturas pueden ser presentadas por instituciones como embajadas, festivales de poesía o cátedras universitarias, y entre esas 36 (por ahora) para esta V edición figuran 10 poetas españoles (entre los que está Benjamín Prado) y 26 latinoamericanos.

Aún se pueden presentar candidaturas, hasta el próximo día 30 de septiembre. Entre todas aquellas que se presenten se fallará antes del día 15 de octubre, tal como día el concejal de cultura del Ayuntamiento de Granada y secretario del premio, Juan García Montero (hermano del poeta), en el diario Granada Hoy, donde se puede completar esta noticia. Un cuantioso premio de 50.000 euros está en juego, aunque el prestigio y el reconocimiento que ofrece el estar en la lista de candidatos es un valor intangible que en ocasiones supera cualquier cuantía.

En la edición del año 2007 fue el poeta valenciano Francisco Brines, de 75 años, quienes ganó la IV edición del Premio Lorca de Poesía. Ángel González, Blanca Varela y José Emilio Pacheco completan el ilustre poquer de poetas galardonados con el premio. ¿Quién les acompañará?

jueves, 28 de agosto de 2008

Jueves. Penúltimo día de vacaciones

Ojalá todos nos tomemos nuestro regreso como lo hace el bueno de Juan Urbano. Ojalá el rostro moreno del espejo siga siendo moreno al volver el lunes de la oficina, ojalá el runrun de las calles de Madrid fuera el mismo que el ronroneo de las olas, ojalá el bar de cada día tuvieras vistas al mar, ojalá el reloj de pulsera pudiera seguir en el cajón, ojalá las dos horas diarias de metro se pudieran hacer en chanclas... Madrid, una ciudad casi perfecta, a la que le sobra algún ojalá.

(Este es un gran texto, que el día 1 completaré, en este blog, con uno de los mejores textos que, en mi opinión, Benjamín Prado ha escrito en El País).

Vuelta a la ciudad.
Por Benjamín Prado. El País.

Vivir es ver volver, como se sabe, y por eso a partir de cierta edad da lo mismo lo que te muevas o si el camino que sigues va hacia delante o hacia atrás, porque el resultado va a ser siempre un círculo, un espacio acotado en el que uno se encierra con su gente y sus cosas predilectas para tener un lugar propio, un cobijo contra las tormentas del mundo exterior. Eso se nota mucho justo ahora, cuando agosto se acaba, la tinta del verano se seca en el cartón teatral de las postales y la ropa de otoño que se expone en los escaparates nos hace mirarnos de repente los pies y sentirnos tan fuera de lugar como si entráramos a un cónclave de la Conferencia Episcopal con una sotana de flores. Y si se nota es porque regresar a Madrid es, de momento, regresar a una ciudad muy pequeña, hecha exclusivamente de los sitios que cada uno ha transformado en su geografía personal. ¿No les ocurre eso cada septiembre? ¿No tienen la necesidad de recorrer los espacios más familiares para sentirse bien? Juan Urbano sí es de esa clase de personas, y por eso cuando aterrice en Madrid dentro de tres días, primero verá los libros que había dejado sobre su mesa al marcharse y, seguramente, seleccionará el primero que va a leer; luego, pasará por el bar donde desayuna los días laborables y, cuando el calor empiece a enfriarse, irá con su chica bonita a dar un paseo por el centro, le echarán un vistazo a un par de librerías amigas, tomarán algo en una terraza y se sentirán bien, quizá con un punto de melancolía mientras recuerdan sus mañanas de playa y sol, pero también con ganas de arrancarle de nuevo el motor a su vida. Vivir es ver volver las cosas que te importan.

A Juan Urbano le gustan Madrid, su trabajo y sus amigos, y no es una de esas personas que al empezar el curso se sienten morir, se ahogan en cuanto salen del agua y, en algunos casos, sufren profundas depresiones, padecen el síndrome del regreso que es el miedo a la monotonía, tan plana y a la vez tan abismal. Entre sus conocidos, de hecho, hay un par de personas que lo pasan fatal en estas fechas, se ven enredadas en las cuerdas negras de la angustia y sin fuerzas para enfrentarse a once meses de realidad. Algunos de sus compañeros de trabajo han tenido que ir al médico y, en ocasiones, tomar alguna medicina que los serenase: ventajas de esta época en la que casi todo se soluciona con una pastilla y un vaso de agua, lo cual tiene su parte buena y su parte mala, porque quién sabe lo que podría haber pasado si Kafka, por ejemplo, viviese ahora: es posible que hubiera tomado un par de ansiolíticos y en lugar de El proceso hubiese escrito la segunda parte de Siete novias para siete hermanos, o algo así, lo cual sería catastrófico, al menos en opinión de Juan Urbano, que cuando se encuentra abatido prefiere leer y escribir a anestesiarse.

A él, además, le gusta Madrid, y es de esos que siempre la echa un poco de menos incluso aunque esté en un lugar en el que es feliz, y este verano lo ha sido, pero sin dejar de tener la sensación de que el cronómetro estaba parado, porque la vida del veraneante siempre tiene algo de tiempo entre paréntesis, un perfume de artificio y el aire de una simulación en casi todo lo que se hace, y él, como se sabe, es partidario de la felicidad con argumentos y admira menos a los que pueden vivir en una isla que a los que construyen un paraíso entre oficinas y despertadores que suenan a las siete de la mañana.

De forma que la cuenta atrás del verano está acabando, y mientras lava el coche junto a la playa para hacer el viaje de regreso a Madrid, nuestro filósofo de cada jueves no se siente mal, sino contento de venir, darse una vuelta por sus lugares favoritos de la ciudad, esos que son algo así como las afueras de su casa, y a partir del día uno empezar una vez más su vida real. Al fin y al cabo, las huellas que se dejan en el asfalto son menos fugaces que las que se dejan en la arena.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Sabina, sus amigos, y sus cartas, en Rota

Joaquín Sabina, en el patio del mercado de Abastos de Rota, recitó una canción, una nueva canción. En este caso fue Luis García Montero el autor de la letra, pero será Joaquín quien la cante, quien nos la transmita, quien nos emocione.

"Que te quiten lo bailao", se llama la canción, y comienza... "Perderé poco tiempo en explicarte la infame labor de envejecer"... "A fuerza de crecer, cada vez somos más pequeños". "No hay eclipse completo, ni cantante discreto..."

No le daremos más publicidad, primero porque, como leemos en el Diario de Cádiz, así lo pidió el cantante, y segundo, porque este blog es sobre Benjamín Prado. (Por cierto, ayer anunció Sabina que sacará nuevo disco. Benjamín Prado ya ha participado en varias canciones con Sabina: "Cuando aprieta el frío", "Esta noche contigo" y "Números rojos". ¿Nos soprenderá este disco con alguna nueva canción de Benjamín?)

Benjamín fue un testigo de excepción, que junto a Luis García Montero, Felipez Benítez Reyes y Almudena Grandes, acompañaron al de Úbeda en la presentación, que no era de su canción, sino de su libro, "A vuelta de Correo", un libro del que, como dijo Benjamín Prado, con la complicidad que les une, va a sacar dinero aunque "lo hemos escrito entre muchos".

Permitidme destacad estas palabras, extraídas de esos versos: (Joaquín, pocas veces te habrán dicho algo así.)

Tú sabes que la vida,
igual que el arte,
si no está en ti
no está en ninguna parte.

martes, 26 de agosto de 2008

Cita con Sabina en Rota

Hoy a las 21:30 horas, en Rota, el cantautor Joaquín Sabina presentará en Rota su libro "A Vuelta de Correo". La cita es aen la Sala Cultural de Izquierda Unida, donde firmará ejamplares de su libro tras una tertulia literaria en la Plaza del Mercado de Abastos.

Pero Joaquín no estará solo, junto a él compartirán el momento, al igual que compartieron epístolas, sus amigos, Benjamín Prado, Luis García Montero, Almudena Grandes, Felipe Benitez Reyes...

El libro de Sabina recoge las cartas que él se intercambió con grandes autores y personalidades varias, cartas que no tienen desperdicio, ni por su calidad humana ni por el evidente nivel literario que destila.

Entre esos dimes y diretes también se encuentran los que el autor ha querido destacar de su relación con Benjamín Prado. Así, en el libro podemos leer algunas cartas que ambos se intercambiaron, pero no solo cartas, sino también anécdotas, textos en sus libros, en sus canciones, en sus poemas.

En este blog iremos desgranando (solo un poco, para abrir boca, y que quien quiera más se compre el libro), algunos de esos textos compartidos entre estos dos grandes genios.

De todos modos, no nos pilla de sopresa, en este mismo blog ya hemos hablado de este libro y de la participación de Benjamín Prado en el libro de Sabina. Así lo dijeron ellos mismos, así lo vimos en YouTube gracias a la aportación de VampiressaHim primero y de CreacionPoetica ahora.

En esta entrada se cuenta la anécdota de la meada en la Real Academia (que Benjamín Prado cuenta en su libro "A la Sombra del Ángel. 13 años con Alberti") y la poesía de Sabina para Benjamín, en su propia voz (ambas recogidas en el libro "A Vuelta de Correo" de Joaquín Sabina)

http://benjaminprado.blogspot.com/2008/07/la-sombra-del-ngel-i-13-aos-con-alberti.html

lunes, 25 de agosto de 2008

Ojalá no se hubiera matado

"Sembrao", Benjamín, así estás en este prólogo del libro "Suicidas", de la editorial Ópera Prima a la memoria de Roberto Bolaño. En este libro la editorial ha reciogido textos sobre autores que o se suicidaron o escribieron sobre el sucidio. Así están presentes en esta obra: Virginia Wolf, por Pilar Adón; Pedro Casariego, por Diego Martín; Sylvia Path, por Elena Fuentes; Pierre Drieu de Rochelle, por Marta Sanuy; Jack London, por José Ángel Berrueco; Mrs. Dalloway, por Pedro A. Ramos; Poetas suicidas, por Luis Felipe Comendador; 45 autores suicidas y un libro, El Burlado de Jack London y la biografía de Cunqueiro.


Benjamín Prado es el autor de un prólogo en el que nunca un tema tan peliagudo (más frecuente tras el verano, a cuyo fin nos acercamos, que en primavera) fue tratado con tanta clase, sin prejuicios. Vuelve a sorprender con su estilo, con su ideas, con sus frases (lo que yo llamo icebergs), de las cuales éstas son solo un pequeño botón de muestra (La muerte no tiene pasado.El silencio de la muerte solo existe para los vivos. Un suicido se comete, pero no se planea.Pensar en morir es muy distinto de ir a morir....)

Como dice Benjamín Prado, "lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas". " No hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas".

Por Benjamín Prado


La muerte no tiene pasado. A pesar de ello, cuando un escritor decide suicidarse, los lectores y los críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus páginas como policías que buscaran huellas en el escenario de un crimen y hasta parecen querer leer sus obras como si, por alguna improbable perversión de las leyes del tiempo y el espacio, hubieran sido escritas después de desaparecido su autor, o como si éste hubiera sido durante años un muerto en vida, alguien que ya escribía desde el futuro, desde ese terrible después. Cuando no existen respuestas, lo mejor es inventarlas. Cuando los hechos no bastan, hay que recurrir a la imaginación. Sin embargo, el silencio de la muerte sólo existe para los vivos, son los que quedan de este lado del más allá quienes parecen sentir la imperiosa necesidad de cubrir o al menos atenuar ese hermético vacío que deja tras de sí la muerte, esa inmovilidad como ultraterrena que sucede al disparo, la copa de veneno o la caída al vacío. Y son los vivos, o los sobrevivientes, que diría un fatalista, quienes inventan lo que tienen que decir las palabras del suicida, quienes asocian el drama final con el resto de la historia de la mujer o el hombre que dijo basta, lo mismo que si no fuesen más que los dos extremos de una misma soga.
En realidad, y esto lo sabe cualquier psiquiatra, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la espita del gas o volcarse en la palma de la mano los barbitúricos. Algo así como los marineros del relato de Horacio Quiroga que se reproduce en este volumen. Son personas depresivas, amargadas o infelices y, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Pensar en morir es muy distinto a ir a morir, como se ve con astuta claridad en el extraordinario relato de Ambrose Bierce incluido en esta antología.

Hay escritores que intentaron matarse varias veces, eso es cierto, como la poeta norteamericana Anne Sexton o como otro de los escritores seleccionados para este libro, Guy de Maupassant, que veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad: "¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado." Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Por alguna razón, esa vulgar bolsa de plástico me produce un escalofrío mayor que las espadas con que se ultimaron Yukio Mishima o Emilio Salgari.

Y hay autores que decidieron tomarle la delantera a la muerte cuando, por unos u otros motivos, sus existencias ya eran, como en el relato de Jack London que incluye este libro, "un largo camino de amargura y horrores" que se había ido estrechando y que ya llegaba a su fin. Eso le ocurrió a Sylvia Plath, que no pudo sostener el peso de ser abandonada; a Reinaldo Arenas, que pronto descubriría que el paraíso capitalista era igual que el infierno comunista; a Hemingway y Bohumil Hrabal, el primero de los cuales se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía; y el segundo porque encontró un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en su caso una terrible artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. Le ocurrió a Marina Tsvietáieva cuando ya sólo quedaban a su alrededor miseria y abandono. Y también a dos de los autores de este tomo, Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, el fascista Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakovski y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcolm Lowry, a Dylan Thomas, ambos presentes aquí, y hace poco al poeta Javier Egea. Otros, como Pavese, se mataron porque eran incapaces de seguir vivos. Es impresionante, al leer este libro, pensar en el cianuro de Horacio Quiroga, la morfina de Jack London, el veronal de Ryunosuke Akatugawa, la bala dadaísta de Jaques Rigaut o los somníferos de Malcolm Lowry. Es impresionante pensar en el minuto anterior a todo eso, ese minuto que creo que ha reflejado como nadie otra suicida, la poeta y narradora austriaca Ingeborg Bachmann, que se quemó viva prendiéndole fuego a su cama, por ejemplo en este poema de su libro No sé de ningún mundo mejor -publicado en España por Hiperión y traducido por Jan Pohl-, titulado "Hablar con un tercero":

Y he elegido a la muerte, para todas las confesiones ella, le he contado, a esta muerte disparatada, a la que nopuedo imaginar, a la que puedo provocar rápidamente, pero nunca imaginar, le he contado. La muerte, a la que le he contado tiene la amargura de treinta píldoras, mide una caída por la ventana, y le digo, al estar sola con ella, ella tan larga
tan larga como una caída por la ventana, ella tan corta, larga como un sueño, hasta que le quite al sueño la preocupaciones por mí, le cuento a este tercero. Digo: hazme ver su boca, y ese ojo hazme ver cómo era, dale marcha atrás, hazme ver cómo digo:Otra vez, y soy.

La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Y, en el fondo, a los lectores tampoco. Excepto, quizás, a los más morbosos. En este libro no sólo se reúne a unos cuantos autores suicidas, sino que en gran parte de los relatos el suicidio es un tema central o, como mínimo, una amenaza de fondo. Sin embargo, lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas. Alrededor del suicidio hay, como no podía ser de otro modo, toda una mitología, y hasta quien se atreve casi a decir que no matarse es de cobardes. No comparto esa opinión ni suicidarse me parece un acto de coraje, sólo de desesperación. Y tampoco creo que los autores que terminan suicidándose posean un secreto que los demás ignoran. Las librerías están llenas de obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por mujeres y hombres que murieron en sus camas de eso que se llama, de un modo un tanto macabro, ni más ni menos que muerte natural. Y también están llenas de obras maravillosas escritas por gente como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos.


En la literatura, lo mismo que en la vida, una cosa puede ser lo contrario de la otra y ser tan verdad como ella. Ojalá los escritores que componen esta antología no se hubiesen matado. Sus creaciones no serían peor por eso y no hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas.