sábado, 2 de agosto de 2008

La nieve está vacía, en boca de Carmen Herrero


Como ya dije alguna vez, mi intención es ir comentando mis sensaciones sobre las obras de Benjamín, y permitir a todo el mundo que comparta las suyas con los demás lectores. Pero como soy de los que piensan que conocer es compartir, me gusta dedicar un espacio a los comentarios de otros lectores que ya han comentado, previamente, libros de Benjamín Prado.


En su día colgué el completísimo análisis de Eva Navarro sobre "No Solo El Fuego".

Hoy dejo aquí el enlace al análisis de un gran libro, que yo aún no he podido leer en castellano (me tuve que comprar por ebay la versión en inglés. Benjamín, ¿para cuando una reedición de tus obras, que no hay quien las encuentre!!!?.


Aunque lo entendí me perdí la mitad, pese a todo me pareció extraordinario), La nieve está vacía (The snow is silent en su versión en inglés), por Carmen Herrero.


PRADO, BENJAMÍN: La nieve está vacía. Madrid. Espasa Calpe. 2000. 170 pp.
Por Carmen Herrero
Madrileño nacido en 1961. Últimamente lleva el pelo corto y rubio, pero en alguna de las fotos insertas en las sobrecubiertas de sus libros puede vérsele de moreno y con una larga melena; alto y delgado, de ademán nervioso, no suele llevar chuleta alguna a las conferencias. Lo que sí lleva son botas de alguna exótica piel, que combina tanto con camiseta y vaqueros como con traje: ¡todo vale como complemento a las botas!




En esta primera incursión en la novela policíaca, Prado nos cuenta la historia de un hombre que una noche sale en busca de Laura Salinas para matarla. Es un hombre asustado, sin escapatoria; un hombre corriente, como cualquiera de nosotros, al que no le queda otra salida que la de matar a esa mujer. Un hombre que forma parte de un grupo de tres amigos: Iker Orbáiz, escritor, Alcaén Sánchez, agente de seguros, y Ángel Biedma, médico; y del que no sabemos su nombre.


La historia se nos presenta como si fuese una historia real contada a través de uno de esos tres amigos, cuya identidad no la vamos a conocer hasta el final. Así lo explica el narrador a los lectores en el primer capítulo, haciendo especial hincapié en que los hechos son reales y lo único inventado es el narrador. Un narrador que, a pesar de ser un personaje principal de la trama, es capaz de contarnos la historia como si hubiera estado en todos los sitios y conociera hasta los pensamientos de los otros personajes, de manera que los lectores “no deben jugar a ser detectives ni intentar identificarlo”. Es decir, nos exige que suspendamos cualquier juicio crítico sobre lo que nos cuente y que nos limitemos a aceptarlo. De esta forma, siendo juez y parte, rompe la superioridad que habitualmente tienen los lectores sobre los personajes, al conocer sus actividades clandestinas, y consigue colocarse por encima del lector para intentar manejarlo a su antojo y hacerle ver lo que él quiere que vea: incluso nos adelanta acontecimientos; y, por eso, cada vez que existe la más mínima posibilidad de que cuestionemos la verdad de sus afirmaciones y suposiciones sobre las causas que llevan a uno u otro personaje a actuar de un determinado modo, se dirige a nosotros obligándonos a imaginar lo que cada uno haría en semejante situación e, incluso, a identificarnos con el personaje del que está hablando.


Sin embargo, la afirmación del narrador de que nos va a contar una historia real, es verdad sólo en parte, pues, como él mismo indica, ha reelaborado los acontecimientos para poder contar la historia desde todos los ángulos. Lo que significa, como se verá al final, que, en realidad, sólo conoce los sucesos principales y que el resto es una reconstrucción suya que ha tenido que hacer para escribir la novela. Así quiere cubrir sus huellas. La segunda mentira es decir que nos va a contar “todo lo que pasó”. Porque, aunque nos cuenta hasta los más secretos sentimientos del personaje principal, nos oculta la trama que va urdiendo otro de los personajes y que será el detonante final del drama.


Y es que ésta es una historia de mentiras, amor obsesivo y dominación, donde nadie es del todo lo que parece. Desde Alcaén, que finge ser un hombre adinerado para conquistar a Laura; hasta Iker, que finge no darse cuenta de los intentos que hace Ángel por controlar su vida. Por esa razón esta novela es mitad historia policíaca, mitad narración psicológica, donde el entramado se teje con la más profunda y negra parte de cada personaje, en consonancia con el estilo amargo, afilado y un tanto derrotista que rige sus novelas.


Para contar esta clase de historias, no hay nada mejor que crear un mundo cerrado en el que los personajes se relacionen con muy pocas personas; y en esta novela ese microcosmos está formado por el grupo de tres amigos y el bar donde se reúnen, el Sívori. Fuera de este ambiente, muy pocos datos, que no sean esenciales para el desarrollo de la novela, se llegan a saber. De hecho es como si no conocieran a nadie más; sólo Álcaén, en sus citas con Laura Salinas, e Iker, al visitar un lugar donde exterminan palomas y un cementerio, rompen esa monotonía. Sin embargo, este ambiente asfixiante se suaviza a través de las historias que los propios personajes hacen de otras personas. Historias reales, como las de los padres de Iker y Ángel; ficcionales, como las de los relatos de Iker; supuestas, como la de la dueña del Sívori, Gloria; entre las que se mezclan pequeñas pinceladas, en forma de necrológicas, de la vida de varios escritores.



Muchas de estas historias (las de los padres, la de Gloria) están en consonancia con uno de los temas recurrentes de Benjamín Prado: la importancia de conocer tu pasado para comprender tu presente. Es éste un tema que marca casi todas sus novelas (llegando, incluso, a titular una de ellas “¿Dónde crees que vas y quién te crees que eres?”) y que aquí se centra, principalmente, en las figuras de Ángel: cuyas manías y supersticiones son herencia de su madre; y en el personaje de ficción que Iker está creando para su novela: al necesitar un pasado que le conduzca a su presente, que le haga ser verosímil y coherente. Una meta a la que todo personaje debe “aspirar”, pues la forma de volverse tangible y real para los lectores es mostrar un pasado que les explique por qué actúa de esa manera. Por este motivo, un personaje que se comporte de forma arbitraria, sin un patrón de conducta que el lector pueda reconocer (por muy distante que esté de su propio patrón) lo alejará de él y lo convertirá en un personaje absurdo e irreal. Por paradójico que parezca, este efecto suele pasar más en la vida real que en las novelas. La razón es muy sencilla: en nuestra vida de cada día rara vez llegamos a conocer los pensamiento íntimos de las personas que nos rodean, mientras que en una novela esa necesidad de hacer creíble al personaje conlleva que se nos dé una enorme cantidad de datos personales y subjetivos sobre él, de forma que podríamos decir que llegamos a conocer en mayor profundidad a algunos personajes novelescos que a muchos de nuestros amigos.



También aparecen en esta novela otros motivos habituales del mundo literario de Prado. Uno de los más importantes es la aparición del agua, en cualquier forma: el mar, la lluvia, un río, un lago, una piscina… Ya en el primer capítulo se nos ofrece la imagen de un hombre que sale a matar a una mujer justo después de una tormenta -más tarde sabremos que es una tormenta de verano-, lo que, por un lado, le ayuda a crear una atmósfera sofocante y, por otro, le sirve como tópico del agua torrencial que, al arrastrar todos los engaños que rodean a un personaje y dejarle ver la verdad, le hace libre; pero al tratarse de Prado y su visión amarga y oscura de la vida, este tópico se invierte y lo que debería hacerle libre se convierte en una cadena que le hunde en un abismo cuya única salida es matar a Laura Salinas. Otra referencia al agua la podemos encontrar en la historia del anciano senil obsesionado con acumular botellas y más botellas de agua por si se acababa.



Otro de los motivos más importantes y habituales es la muerte, tanto en su faceta natural como violenta. Hace casi un año, tuve oportunidad de preguntarle por la aparición recurrente de la muerte en sus novelas y su respuesta fue que le atraía mucho lo desconocido. Visto así tiene razón: la muerte es el suceso más desconocido y desazonador que existe; el problema es que no me aclaró por qué, en todas las novelas que llevaba publicadas, esas muertes son sólo muertes “apuntadas”: nunca hay cuerpo. En todas ellas la muerte es tratada desde un plano indirecto, a través de los ojos de un personaje que bien ha vivido la tragedia, bien se la han contado o imaginado, bien ha visitado con posterioridad el lugar del crimen, o “supuesto crimen”; pero que nunca cuenta los detalles del mismo, sino que sólo informa de que alguien ha desaparecido o muerto. Y, aunque por descontado de esto no se salva la nueva novela: está la historia de un posible asesinato entre dos hermanos de corta edad, las visitas que hace Iker a los lugares donde se ha producido algún drama para trasladar el ambiente a sus relatos; en esta novela era necesario acompañar al asesino durante su brutal crimen para comprender el hundimiento moral que se produce después.



Bastante más amables que las anteriores son las referencias musicales y literarias que suelen adornar sus novelas. Aparte de los paralelos que establecen los distintos narradores entre la vida de los personajes y la de algún músico o escritor, o entre la atmósfera que hay en un momento en la novela y cierta música, es habitual que los personajes que buscan cambiar su vida y ascender en la estima de los demás, se vuelquen en la lectura como medio para conseguir una mayor cultura y sentirse a la altura de las nuevas circunstancias. Así lo hace aquí Alcaén cuando se prepara para un futuro al lado de Laura Salinas: se lee todos aquellos libros de los que ha oído hablar a sus dos amigos en las interminables discusiones literarias que han mantenido en el Sívori, y espera impacientemente poder discutirlos, a su vez, con Laura. Esto entronca con la tendencia que tienen los personajes de Prado a idealizar a la persona amada, hasta el punto de que llegan a mitificarlos (en el caso de Laura, la identifica con un unicornio) y no son capaces de verlos como a personas normales, con sus virtudes y sus defectos. Por eso, al descubrir que son sólo humanos, todo el castillo de arena que habían formado a su alrededor es arrastrado por esa agua torrencial y convertido en lodo. Además de este problema del “ascenso personal a través de la lectura”, Ángel e Iker nos proporcionan otras referencias literarias a través del trabajo que tiene este último en un periódico: escribir necrológicas de escritores que fallecieron ese día -lo que también enlaza con el tema de la muerte “apuntada”. En cuanto a las musicales, se pueden encontrar como comparación con la risa de Laura Salinas: risa Brahms, Elvis, Bob Dylan…; y también como uno de los gustos de Ángel: el jazz.



En cuanto al tiempo, se puede decir que la trama principal de la novela transcurre entre “una mañana de diciembre” y el 1 de agosto del año siguiente, en que detienen al asesino; aunque el tiempo “real” se extiende hasta algo más de dos años después, tras los juicios, cuando el narrador se decide a escribir esta novela para contar lo que sucedió. Es un tiempo muy cuidado, que se puede medir bastante bien, y que divide a la trama en tres partes en las que el tiempo se va concretando cada vez más.



La primera parte, el encuentro de Alcaén con Laura Salinas y sus primeras citas, sucede en apenas semana y media, con la única referencia precisa de ser diciembre. La segunda parte, desde que Alcaén prepara el robo a la Aseguradora, hasta que “al asesino” se le propone el crimen, transcurre desde mediados de marzo, aproximadamente, hasta un martes de mayo, posiblemente la segunda semana, con alguna referencia, tanto al día de la semana, como al mes. De la tercera parte, desde el asesinato hasta la detención, hay que decir que se indica la fecha completa y hasta el día de la semana, pudiendo así seguir con facilidad los pequeños saltos de tiempo que se suceden e, incluso, saber qué ha hecho el asesino en esos días. Algo que no sucede en los grandes saltos que hay entre una parte y la siguiente, donde adivinamos lo sucedido por lo que se cuenta en capítulos posteriores.



El estilo de Prado, como ya he apuntado, tiene un registro amargo, afilado y un tanto derrotista, fruto de describir ese lado oscuro de la condición humana que nos lleva a concedernos unas “vacaciones morales” cuando nos creemos poseedores de la razón en estado puro, y, en su nombre, cometer toda clase de abusos. Sin embargo, en varias ocasiones, se hace hincapié en que este criminal no es ni un loco ni un asesino, sino solamente un hombre asustado que ha sido empujado a asesinar. De hecho, no sólo parece empujado por la trama creada a su alrededor, sino también por la presencia fantasmal de una especie de “destino adverso” que convierte todos los pasos que ese hombre da para encauzar su vida, en pasos que le llevan a convertirse en asesino.

Las frases lapidarias, las imágenes negativas que manchan hasta los encuentros amorosos, la ironía con la que el narrador nos adelanta acontecimientos negativos que contradicen las intenciones del personaje…; en definitiva, esa visión desesperanzadora y angustiosa que vierte Prado en sus obras se encarna en esta novela policíaca como un brutal experimento para saber hasta qué punto del Infierno de Dante puede descender un hombre decente si se le manipula adecuadamente.


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