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jueves, 3 de diciembre de 2009

Querida. Un epistolario a 18 manos

En pocos lugares se siente más que en una carta. ¿Os acordáis? Yo no mucho, y eso que practiqué bastante. La tecla ha sustituido al bolígrafo. Afortunadamente nos quedan poetas, autores que siguen escribiendo cartas. 18 de ellas forman el libro "Querida", de ediciones Península.

Un libro que quizá pase desapercibido pese a que tiene kilates con nombre de Eduardo Arroyo, Bernardo Atxaga, José Luis Borau, Sergio Cabrera, Francisco Calvo Serraller, Medardo Fraile, Carlos Franz, Luis Goytisolo, Pedro Guerra, Gustavo Martín Garzo, Antonio Martínez, Eduardo Mendicutti, Benjamín Prado, Javier Reverte, Santiago Roncagliolo, Daniel Samper, Juan Gabriel Vásquez, Vicente Verdú y Ángel González.

La de este último debe ser para sucumbir, pues es la carta póstuma que Ángel González le dejó escrita a su mujer, Susana Rivera, cuando él muriera. En esa carta, y según la agencia EFE: "confiesa en ella que sólo le entristece la muerte por una razón, por no poder volver ver a su esposa, la persona "que más quiero en este mundo -dice-, también la más honesta, la más íntegra, la más buena: la mejor".

"Gracias por toda la felicidad que me diste. Recuerda tú los momentos de felicidad que vivimos juntos y que esos recuerdos te sirvan de ayuda en estos momentos tristes. No te dejes dominar por la tristeza", continua el poeta, quien se despide con un beso "muy largo, interminable".

EFE sigue informando que: "Para publicar este volumen, el editor Pepe Verdes invitó a una serie de intelectuales a escribir a una mujer y, fortuitamente, tuvo noticia de la carta de González a través de Benjamín Prado y decidió incorporarla a "Querida. Cartas de Hombres a Mujeres", gracias a la generosidad de la viuda del gran poeta, Susana Rivera.

Los intelectuales invitados al proyecto debían redactar una carta a una mujer, sin que la relación existente con ella fuese determinante, ya que podía tratarse tanto de una amiga del colegio, como de una amante, una madre, una desconocida en el metro, etcétera. "

Aún no conozco la de Benjamín, habrá que buscarla, mientras tanto, y para abrir boca, pinceladas de algunos lienzos a la carta:

«Ésta es una carta de protesta, de protesta airada y por delegación, además...» (J. L. Borau).
«¡Que sorpresa encontrarnos después de tantos años y qué poco nos hemos visto!» (M. Fraile).
«Nunca vas a leer estas líneas. ¿Tiene eso importancia?» (L. Goytisolo).
«Tenemos una crisis doméstica con la mortadela» (A. Martínez).
«Estaba acodado mirando al vacío en el palco de la ópera...» (F. Calvo Serraller).
«Esta misma mañana he pasado la palma de la mano por la parte superior del armario ropero...» (V. Verdú).
«El canal para adultos pone esta noche Lo que el viento me metió...» (S. Roncagliolo).
«El matrimonio nos está distanciando» (E. Mendicutti).
«Muchas veces a lo largo de este tiempo me he preguntado dónde estarías...» (G. Martín Garzo).

jueves, 23 de abril de 2009

Un brindis por los libros

El día del libro es como el día del aire. Celebramos que algo que necesitamos sigue estando ahí.

Es jueves y Juan Urbano se ha asomado a las páginas del periódico. Pero ya lo he dicho, en España hoy es el día del libro. Él es el protagonista, y él hoy es el libro que la editorial Tropo Editores y las bodegas Enate publican anualmente, en el que recogen relatos en los que aparentemente se muestra la relación existente entre el vino y la literatura. Benjamín Prado comparte cartel en "Historias para catar. 03." con Lara Moreno, Fernando Martínez Laínez, Elena Medel, Lorenzo Mediano, Pilar Zaldívar, Javier Pérez, Félix Romeo, Javier Casis y Daniel Gascón.

Quiero agradecer la gentileza y el estilo de Bodegas Enate y en particular de Ramón Justes Carrilla, su director de Imagen y Comunicación, quien sin conocerme de nada me ha enviado el libro solo porque le dije que lo quería para compartirlo con todos vosotros en el blog.

El relato de Benjamín Prado se llama
"La noche que yo amo es turbia como tus ojos"
y en sus primeras páginas dice así...

La música olía a tabaco y, al volver a casa, el silencio humeaba como el cañón de una pistola. En los colores oscuros se oían canciones de Lou Reed y los recuerdos dejaban en la boca un sabor a la vez amargo y dulce, parecido al de la fruta verde. La mayor parte de las palabras que decíamos y escuchábamos estaban como oxidadas y un poco deshechas, y según pasaban las horas se iban disolviendo en el aire caudaloso de los bares hasta convertirse en un idioma distinto, una lengua que sólo hablaban y entendían los súbditos del país de la noche aquel lugar lejano que pisaban nuestros pies, con sus ríos de alcohol, sus campos de amaplolas y sus madrugadas hechas de cristales azules. Cuando cerrabas los ojos, en los discos de Police se veía la luna y en los de los Sex Pistols había botellas rotas. La oscuridad tenía un tacto similar al del terciopelo.

Era así, exactamente todo y nada. Era sentirse como algo que arde, algo de bordes difusos y anaranjados. Era notar una luz roja en la punta de los dedos, sentir la sangre llena de mercurio, dormirse en una mina de diamantes y amanecer en un barco.

"Mira, te voy a ser muy franca - decía alguien, pero quién y cuándo-, porque yo soy una de esas personas que creen que las únicas cartas de las que te puedes fiar son las cartas boca arriba. ¿No estás de acuerdo? Yo es que no soporto la hipocresía, me pone enferma".

La música cambiaba, los focos se encendían, tú pensaste, por algún motivo, que mientras el hielo del vaso estaba entero parecía una pregunta y al fundirse se transformaba nada más que en una respuesta. Quizá sonreías, pero por qué.

"Y te aseguro - decía ese alguien a quien llamaremos, por ejemplo, igual que a ti, la mujer que lee ahora mismo estas palabras, o sea que la llamaremos unas veces Alicia y otras Matilde o Fátima o Nuria o Marta, y otras veces Carmen, Verónica o Elvira, y si eres un hombre pues igual, ponle la versión femenina de tu nombre, llámala Carlota, Enriqueta, Mariana o Luisa, o Antonia, o Ramona-; yo te aseguro", decía, "que ni te imaginas la cantidad de libidinosos que he tenido que quitarme de encima en la mayor parte de los congresos, semanas de autor, conferencias, simposios y demás a los que he asistido a lo largo de mi vida académica, que ya son unos cuantos. Pero es que a algunos me los he tenido que sacudir literalmente a raquetazos, porque hay por ahí auténticas lapas, hay que ver."

Alicia o Carlota o Mariana te decía todo eso al oído, para salvar el estruendo de la música de ahora que en realidad sonaba a la de antes, qué era, puede que P. J. Harvey aunque tú oyeses a Patti Smith, y olías su perfume, y ella dijo la palabra respeto y la palabra nunca, y tú pusiste la mano encima de uno de sus muslos, y ella, qué buena está, debería más bien haberse enfadado, para estar de acuerdo con su discurso, pero sonrió y te acarició la mano mientras decía "comprnderás que yo no soy, ni mucho menos, de esa clase, y conste que tampoco soy una monja, ¿eh?, no te dejes engañar por mi aspecto ni por mi currículum, te aseguro que he tenido mis aventuras, antes y después de casarme, pero en ningún caso se ha tratado de asuntos cutres o viscosos; ni hablar, eso no va con mi manera de ser, mira, te lo digo con toda claridad, a mi no me echa nadie un polvo en un cuarto de baño, ni detrás de una puerta, ni nada parecido", y entonces te tiraste a su boca, qué dulce, y ella respondió al beso, tu mano apretó un instante sus pechos, qué grandes, qué duros, y la suya hacía círculos en tu nuca.

Era eso, y desear cosas que no querías pero y qué; ir al mismo tiempo en dos direcciones y que ninguna de ellas fuera la dirección equivocada y llegar a la cumbre de qué más da dónde mientras te ibas hundiendo. Eso es, eso es lo que era: hundirse hacia arriba, justo de eso se trataba.

Era pretender que nada se moviese y todo fuera cada vez más rápido, más rápido, más rápido, qué demonios es antes y después, sí o no, correcto e incorrecto. Nevaba dentro de ti, tus calles se volvían tan hermosas, tan blancas.

"Nunca lo había probado", decía Antonia o Marta o Nuria. "Bueno", yo tampoco te había probado nunca a tí", decías tú, mientras el suelo del bar se volvía el suelo de un avión y todas las cosas que miraban daban vueltas como la espiral de un hipnotizador, yo no soy esto, no soy esto, no soy esto. "En fin, decía Ramona o Elvira, tan desnuda en tu cama, o en su cama, quién sabe, y además cuándo sera ya eso, cómo saber si aún era el mismo día o tal vez otro, pero qué más daba si en ese instante era tan hermosa y estaba allí, a tu lado, como un campo de girasoles junto a una carretera solitaria, y te dieron ganas de hacerle alguna promesa, la que fiera, una de esas que son parecidas a los primeros fascículos de una colección que nunca vas a terminar, oye, me gustaría volver a verte, dame tu teléfono, apunta el mío. Dos personas que saben que se mienten, nunca se hacen daño.

"En fin", decía Verónica o Carmen con un cigarrillo de qué encendido entre los dedos, tumbada boca arriba, "tengo un trabajo que me gusta, no me falta el dinero y, cuando me apetece, puedo permitirme ciertos caprichos, y soy guapa, ¿no?, le gusto a los hombres, o eso creo, de manera que lo tengo todo pero me falta algo, cómo es posible". Y tú guardabas un silencio que a lo mejor no significaba nada y a lo mejor quería decir: no, Fátima, no, Matilde, no es que te falte nada, sino que te sobra, eso es, te sobra lo mismo que a todos, la agustia de sabernos mortales, de saber que cuanto más te acercas a lo que quieres más te alejas de lo que necesitas. Jamás te olvidaré, seas quien seas.

Era todo eso, y caminar por una ciudad en la que hubieses jurado que en unas calles era de noche y en otras era de día, y saber que dentro de un par de meses lo que acababa de pasar nunca habría ocurrido, qué bar, qué mujer o qué hombre, qué nieve.

Y luego, de pronto, quién sabe cómo, ya era de día, y el barco estaba amarrado en el puerto, y cuando miraste un reloj, pensaste las dos y media de qué, de cuándo, para quién. Encendiste la radio. Abriste un grifo. La noche que yo amo es turbia como tus ojos, larga como el silencio, amarga como el mar, dijo alguien desde una canción.

Sigue el resto en el libro "Historias para catar". O aquí, si Benjamín nos da permiso para continuar y acabar con el relato...

domingo, 28 de diciembre de 2008

La despensa de la gratitud

En estos días de idas y venidas he querido rescatar un texto de Benjamín Prado sobre una provincia que aunque huele a verano puede saborearse en cualquier época del año. Ésta mismo, ¿por qué no?. Un texto de viajes en el que el escritor no se limita a enumerar atractivos sino que aprovecha para evocar a uno de los gaditanos más ilustres, Rafael Alberti.
Benjamín es una persona que siempre tiene momento y siempre encuentra ocasión para la gratitud.

La tierra del marinero
Por Benjamín Prado. Revista Paradores.

Hay dos maneras de encontrar un lugar inolvidable: descubrirlo con tus propios ojos o hacerlo con los de alguien que lo conoce profundamente y sabe guiarte con pasos de experto por cada una de sus maravillas. Yo tuve la suerte de descubrir Cádiz, hace ya más de veinte años, de la mano de su hijo tal vez más ilustre, el poeta Rafael Alberti, que también fue mi maestro y mi amigo. Hicimos tantos viajes juntos por las playas y los pueblos blancos de su tierra, que a través de su memoria, interrumpida por el largo exilio que sufrió tras la Guerra Civil, pude conocerlos como si los recordase, de un modo tan profundo que tengo la impresión de que ya casi podría leer en primera persona estos versos de su libro ‘Ora marítima’, donde el poeta celebraba la fundación mítica de la ciudad, la más antigua de Occidente, al celebrarse su tercer milenario: ‘Cuántas veces, oh Cádiz, te habré visto / unida al coro blanco de tus puertos, / casi en el aire, cimbrearte toda / sobre el óvalo azul de tu bahía’. La provincia de Cádiz está hecha de cal y agua, y si a Rafael le gustaban los pueblos blancos de la provincia, esos lugares prodigiosos llenos del misterio de su pasado árabe o romano que son Vejer, Algodonales, Grazalema, Arcos de la Frontera o Alcalá de los Gazules, también solía llevarme a las hermosas playas de la Costa de la Luz.

Lugares mágicos como Bolonia, con sus ruinas romanas sobre la arena. O Sanlúcar de Barrameda, donde uno puede tener dos de las experiencias más impagables que, en mi opinión, se pueden disfrutar en nuestro país, que son coger un pequeño barco para visitar el Coto de Doñana, con sus linces, sus bandadas de flamencos y sus bosques tranquilos o, sencillamente, sentarse a ver la desembocadura del Guadalquivir. O Rota y su larguísima playa casi virgen, donde es una experiencia única pasear al pie de las dunas y junto a los corrales de la antigua almadraba fenicia.

O Sancti-Petri, entre la isla de San Fernando y Chiclana, que vive entre el magnetismo que producen los restos del antiguo castillo, que antes fue un templo elevado en honor de Hércules, dios del mar, y el resultado de los asombrosos trabajos de la arena, que ha ido formando con su sedimentación los famosos caños que ofrecen –como los Caños de Meca, en Barbate– uno de los atractivos turísticos más famosos de la región, y también algunas islas, en una de las cuales subsiste el poblado pesquero construído en los años sesenta del siglo pasado, cuyas casas de colores parecen añadirle un punto tropical a la zona.

O Zahara de los Atunes, al pie de la sierra del Retín y de los muros de la fortaleza de los Duques de Medina Sidonia, cuya playa está rodeada por una planicie, la dehesa de Quebrantanichos, donde los ganaderos llevan a pastar a sus toros.

O la misma Tarifa, cuyas aguas son algo así como el anagrama de la transparencia y donde algunos días el famoso viento de Cádiz, que vive gobernada por las órdenes del Levante o el Poniente, se deja sentir con una fuerza impresionante. Y, por supuesto, no olvido el pueblo natal de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, en el que muchas veces, al irme él descubriendo, en los rincones urbanístico, las huellas y las señales de su geografía sentimental, aprendí que la historia puede estar escondida tras el futuro, pero no desaparece: si sabes dónde y cómo mirar, el pasado vuelve a hacerse visible. Con mi maestro recorrí mil veces las calles de El Puerto de Santa María, navegué en el famoso Vaporcito admirando la belleza circular, y por lo tanto infinita, de la bahía; visité la sierra de San Cristóbal y el castillo de Doña Blanca y, sobre todo, pasé tardes sin tiempo en las playas de Valdelagrana, Vista Hermosa o Las Redes.

Hoy, veinticinco años después, Alberti tiene dos estatuas en El Puerto de Santa María y yo tengo una casa en Rota, al pie del Atlántico, que es donde él y su mujer, la escritora María Teresa León, pasaron algunos de sus días iniciales como enamorados. No olvidar a una persona consiste en cerrar la circunferencia de la amistad, y para mí es importante vivir algunos meses del año en un sitio en el que es imposible que deje de acordarme a cada instante de la persona que más cosas me ha enseñado: a fin de cuentas, la memoria es la despensa de la gratitud.

El primer libro de Rafael Alberti se titula ‘Marinero en tierra’. y con él ganó el escritor el Premio Nacional de Literatura en el año 1924, otorgado por un jurado que presidía, ni más ni menos, que don Antonio Machado. Es un libro sobre la nostalgia de un joven que, al trasladarse su familia a Madrid, añora día y noche las playas de Cádiz. Cuanto más tiempo paso allí, mejor le comprendo.

Con Cádiz sólo pueden pasarte dos cosas: o nunca lo has visto o siempre lo echas de menos. Los que ya lo hemos probado no somos sus visitantes, sino sus rehénes. Pero qué mejor destino que ser rehén de la belleza. No hay persona en su sano juicio que no sueñe con ese castigo.
(Merece la pena visitar la página original de la revista Paradores por sus extraordinarias fotografías y por el texto bilingüe, por si alguien se anima a dar a conocer a Benjamín allá donde el castellano se queda corto)

viernes, 31 de octubre de 2008

Benjamín Prado gana el Tren del Cuento

Benjamín Prado ha ganado el Primer Premio de la edición de Cuentos de los premios del Tren 2008 "Antonio Machado", que cada año organiza la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. El escritor madrileño ha logrado el galardón con su cuento "El Viaje" (que puede leerse en este blog).

Benjamín prado ya había logrado en el año 2004 el Primer Premio de la categoría de Poesía con "Ecosistema". En la edición de 2008 ha sido concedido a Marco Antonio Campos con "Aquellas Cartas".

Según la organización de los premios "El número de participantes de esta edición ha sido de 1.440 autores procedentes de 32 países. Se han presentado un total de 1.690 cuentos y poesías, de los que 35 están escritos en catalán, 4 en gallego y 2 en euskera. Los Premios del Tren están abiertos a todos los escritores que presenten trabajos literarios de corta extensión y que incluyan de alguna forma al ferrocarril en su obra".

El jurado de esta edición lo han formado Luis García Montero, coordinador del Comité de Lectura de Cuento; Jesús García Sánchez, coordinador del Comité de Lectura de Poesía; Joaquín Tejeiro, ganador de losPremios del Tren 2007 de Cuento; Álvaro Salvador, ganador de los Premios del Tren 2007 de Poesía; Manuel Núñez Encabo, director de la Fundación Española ‘Antonio Machado’; Emilio Lledó, filósofo y escritor; Juan Miguel Sánchez García, vocal del Patronato de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles; y Juan Altares Lucendo, director de Actividades Culturales de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, como secretario.

Los premios se entregaron anoche en el Palacio de Fernán Núñez, sede de la Fundación, a la que acudió Benjamín a recoger este galardón.

PRIMER PREMIO

EL VIAJE

Benjamín Prado


Sobre todo, era convincente. Eso es lo que pensó cuando volvió a leerlo, nada más echar a andar el tren y mientras las personas que estaban en los andenes, entre ellas su madre y su marido, se empequeñecían según iban quedando atrás, como si retrocedieran hasta su infancia disminuyendo de la talla cuarenta y ocho a la treinta y seis, la veinte, la ocho, la dos... "Solvencia, experiencia y buena apariencia", se dijo, a modo de resumen y como quien repite una divisa comercial, la mujer a la que, entre todos los pasajeros, ha elegido este relato para contar su historia.

Permítanme que se la presente: se llama Pilar, tiene treinta y cinco años, es atractiva sin llegar a ser guapa y a la mayor parte de las personas que reparan en ella les gusta más cuanto más la miran, según van descubriendo la llamativa melena pelirroja, que ella sabe mover con coquetería y cierta arrogancia, los ojos entre verdes y castaños y, sobre todo, la boca voluptuosa, que a muchos hombres les parece un riesgo que merecerá la pena correr. Aquella mañana viajaba a otra ciudad para hacer una entrevista de trabajo y por ese motivo en el instante en que este texto la encontró acababa de leer una vez más su currículum vitae y se había infundido ánimos de la manera que acaban de ver. Luego, cuadró las cuartillas en las que estaba su expediente académico y profesional golpeándolas contra la mesa de su asiento, alisó las solapas del traje de chaqueta que había elegido para la ocasión, se miró en el cristal de la ventana y sonrió. Era la viva imagen de una triunfadora.

La reunión que le esperaba era una mera formalidad, porque ya había tenido las suficientes conversaciones telefónicas con los jefes de la empresa que iba a contratarla como para saber que el puesto era suyo, y aunque la presunción no estaba entre sus defectos más sobresalientes, en ese caso, sí era sincera, no podía decir que le extrañara, porque su historial era extraordinario y se adaptaba como anillo al dedo a las necesidades de la compañía que iba a emplearla. En su época de estudiante, había sido una alumna ejemplar, había hecho toda su carrera universitaria con muy buenas notas y se había licenciado con uno de los primeros números de su promoción. Su experiencia laboral era corta, pero en ella también había acumulado sucesivos éxitos, aunque fuese a pequeña escala, en ocupaciones modestas y con sueldos que no eran nada del otro mundo. Ahora sentía que sus esfuerzos habían dado fruto y que al fin había llegado el tiempo de recoger la cosecha.

Volvió a leer el currículum. El primer párrafo hablaba, efectivamente, de sus estudios, y al verlo se acordó de aquellos años en que era la niña perfecta: responsable, ordenada, seria. Tal vez demasiado seria, si lo pensaba detenidamente, hasta el punto de que muchas veces se sintió aislada, recluída en un plano superior que por un parte la hacía destacar y por otra la dejaba al margen de los demás, a los que, por su parte, consideraba demasiado infantiles, superficiales, inmaduros. Cerró los ojos. Igual que si fueran las personas que a las horas punta del día se agolpan en las estaciones del Metro y empujan para entrar en los vagones, se le amontonaron en la cabeza imágenes de chicos que quisieron conquistarla, de compañeras que intentaron ser sus amigas… Nunca había perdido demasiado tiempo en noviazgos ni pandillas, y cuando lo hizo por una mezcla de pura curiosidad y miedo, cuando supo que ya empezaban a murmurar de ella, a llamarla monja, empollona y ese tipo de cosas, el resultado fue desastroso. Se acordó de un muchacho llamado Emilio, al que se daba cierta fama de donjuán y con el que tuvo sus primeras experiencias eróticas, si es que pueden llamarse de ese modo. El joven no le interesaba especialmente, pero empezó a salir alguna vez con él por evitar las habladurías. Era, en su opinión, el mismo adolescente que todos los demás, un simple guaperas que alardeaba de sus conquistas por los pasillos del colegio y, a la hora de la verdad, hacía poco más que besar a las chicas hasta que los labios se les hinchaban a los dos y manosearlas con notable incompetencia por encima de la ropa. Ella, por otro lado, tampoco le dejaba ir mucho más allá, y él debió burlarse de su pudor, porque pronto supo que las malas lenguas seguían trabajando contra ella, que los rumores continuaban y los adjetivos desdeñosos se le iban pegando a su apellido igual que clavos oxidados a un imán: mojigata, cursi… Una noche en la que, como solían hacer siempre que quedaban, estaban dentro del coche de su padre, entregados a otra inagotable sesión de besos pesados y caricias ligeras, Pilar se levantó la camisa, se desabrochó el sujetador y mientras el tal Emilio le miraba los pechos como si no pudiese creer lo que veía, le abrió los pantalones y empezó a masturbarlo con energía y sin pasión, de forma más bien mecánica: no le duró mucho, pero el relato que él debió hacer de su hazaña aguantó el curso entero, porque Pilar pasó a tener fama de zorra, que obviamente era mucho mejor que la de puritana. La dejaron en paz y pudo dedicarse a lo que le interesaba, que era aprobar el curso con unas calificaciones superlativas: lo hizo.

¿Por qué se habría puesto a pensar en eso, que nada tenía que ver con su viaje y que era un episodio tan lejano e insignificante de su vida? O quizá no, porque la verdad es que su relación con los hombres nunca fue gran cosa, y la mayor parte de ellos, que no habían sido más de media docena, había terminado por acusarla de fría. No se lo reprochó, porque todos estaban en lo cierto y ninguno le había interesado gran cosa, más bien habían sido parte del decorado, personajes de una representación que alguna vez le había interesado poner en marcha por no desentonar, o para no tener que presentarse sola en algún sitio, o para dar una impresión de estabilidad personal. Cuando el público se iba, las luces del teatro se apagaban y llegaba el momento de ir a la cama, Pilar repetía, más o menos, la ceremonia del joven Emilio y el coche de su padre. Su falta de entusiasmo era tan obvia que todos sus amantes acababan por reprochársela con palabras que parecían calcadas unas de las otras: uno le dijo que acostarse con ella era como hacer el amor con un animal disecado; otro, al que casi había querido, la llamó maniquí; y un tercero, el más ingenioso, la describió como "sesenta y cinco kilos de carne deliciosa… recién sacada del congelador."

Pero hemos visto que cuando el tren salió de la estación había un marido despidiéndola en el andén, y como es lógico ustedes se preguntarán qué relación tenían, cuando se casaron y por qué, si eran felices o desdichados y si su matrimonio tenía algún futuro, entre otras cuestiones. Bueno, pues el asunto es fácil de resumir: Pilar le daba tan poco como a los demás pero a él le importaba menos; y así sobrellevaban su pareja, encajando el desinterés de uno en la apatía del otro. Si lo piensan bien, no es raro: ¿Qué dos cosas van a encajar mejor en este mundo que la indiferencia y la desgana? Y, sin embargo, cuando esa idea se le vino encima notó como una nube en los ojos y, sin razón aparente, se puso a llorar. Y también hizo algo más: en un gesto impulsivo del que pronto iba a avergonzarse, cogió un bolígrafo rojo y tachó en el currículum la línea en la que decía que estaba casada. Mientras se secaba las lágrimas atribuyó ese trastorno improcedente a la tensión del momento: al fin y al cabo, esa mañana iba a empezar para ella el futuro, y todos sabemos que del futuro nunca se sabe nada, excepto que estará lleno cambios, sorpresas e incertidumbre. Maldijo aquel sofoco absurdo y para recuperar la compostura sacó un espejo y se puso a restaurar su maquillaje. Menos mal que era una persona precavida y, por si había que hacer frente cualquier imprevisto, llevaba en la cartera otra copia de su expediente. La sacó y la comparó con la primera, la que tenía la tachadura. Sabía en cuál de las dos estaba escrita la verdad, pero ¿cuál era más cierta? Depende de si uno habla de contratos legales o de emociones, supongo, pero ésa es mi opinión y no me arriesgo a decirles que también fuera la suya, porque sin duda su carácter y el mío son muy distintos y es posible que a la hora de juzgar una relación de pareja lo que a mí me parece minúsculo a ella le parezca más que suficiente. Para pesar los sentimientos no hay más báscula que uno mismo, todo lo demás no sirve.

Las azafatas le trajeron el desayuno y mientras lo tomaba se alegró de haber elegido el tren, en lugar del avión, porque, tal y como había previsto, eso le daba la posibilidad de pensar, de no entregar las horas a la burocracia del viaje y guardar el tiempo para repasar los argumentos e iniciativas que pensaba poner sobre la mesa durante la reunión. Se recreó en las alteraciones del paisaje, que canjeaba bosques por ríos, praderas con ganado por zonas urbanas Después de un segundo café, cuando le retiraron la bandeja, fue al baño, se lavó con su meticulosidad característica los dientes y las manos, y al regresar a su asiento volvió a leer el currículum.

Se detuvo en un párrafo que hablaba del año que fue a vivir a Estados Unidos, a la ciudad de Austin, Texas, para completar su formación, y sin poder contenerse, también lo tachó con su bolígrafo rojo, esta vez con auténtica furia. Aquella época había sido terrible, no hubo en ella más que tedio y soledad, días y noches interminables, aulas gobernadas por profesores aburridos que daban sus lecciones con aire de funcionarios; aunque, naturalmente, ella vendía la experiencia como un gran paso adelante en su adiestramiento, que era el modo en que su madre solía llamarlo.

¿Y qué había detrás del siguiente punto y aparte? Pues, visto desde la angustia que en ese instante administraba sus pensamientos, había más mentiras, porque aquel avance meteórico en las oficinas en las que había estado ocultaba algún que otro cadáver en el subsuelo, entre otros el de su dignidad, porque, por un lado, ciertos ascensos los había logrado a base de traicionar a sus superiores o a sus colegas, lo que tampoco consideraba tan raro en este un mundo en el que sólo se tienen ojos para los vencedores y oídos para la música de las cajas registradoras; pero, por otra parte, también había habido algún capítulo oscuro en su éxito profesional, ciertas concesiones a jefes que tenían las manos largas y se tomaban libertades ante las que ella, a pesar de la repugnancia que sentía, guardó silencio y prefirió mirar para otro lado. Y, sobre todo, había un suceso que la atormentaba con frecuencia, la aventura que tuvo con un directivo de la última firma para la que había trabajado. No es que hubiera sido nada sucio, ni más desagradable de lo normal. Y, de hecho, ese hombre le gustaba bastante, era guapo, fuerte, tenía una voz hermosa y, sin ningún género de dudas, era el que más la había excitado en su vida y el que, dentro de sus límites, más lejos había conseguido llevarla, porque era de esa clase de personas que no se conforman con su propio placer y que no regatean esfuerzos a la hora de conseguir el de sus parejas. Pero, a pesar de eso, a menudo se preguntaba si habría hecho las cosas que hizo con él de no haber sido el directivo que le iba a impulsar a la cumbre de la empresa. Ni que decir tiene que estaba casado y que, pasado un tiempo, regresó a la paz de su familia. Pilar hizo un amago de resistirse a sus propias vacilaciones y se preguntó si tanta aprensión no era más que una forma del típico sentimiento de culpa femenino, porque seguro que un hombre no era tan escrupuloso al juzgar episodios de su vida que fueran similares al que ella estaba recordando; pero al final tachó también esa parte de su currículum.

Adiestramiento. Sí, así era como lo llamaba su madre, una mujer que había impulsado los estudios, la carrera y la profesión de su hija con mano enérgica, sometiéndola desde que tenía seis o siete años a una disciplina inflexible según la cual las obligaciones eran el centro de la existencia y cualquier alarde de desenfado, alegría o pereza un síntoma de hedonismo intolerable. Tenía razón, en cualquier caso: la había instruido más que educado; o si lo llevamos al extremo en el que Pilar se encontraba en el preciso instante que describen ahora estas líneas, podríamos decir que no la crió como quien forma a un ser humano, sino como alguien que amaestrase a una mascota. Con ese sentimiento cegándola, tachó toda la parte del expediente que hablaba de su carrera, y prácticamente todo el documento quedó convertido en nada.

El tren ya se acercaba a su destino, y el nombre de la ciudad a la que iba se repetía por los altavoces. Se miró una vez más en el espejo de su polvera. Se encontró distinta, cansada. Después puso sobre la mesa plegable la versión tachada del currículum y la que estaba intacta, una a lado de la otra. ¿Quién soy yo?, se preguntó. ¿Quién hubiera podido ser? Y mientras entraban en la estación, en lugar de levantarse y coger la maleta que llevaba en el portaequipajes, se quedó allí sentada, viendo a los pasajeros que crecían hasta su propio tamaño según se acercaban. ¿Y si no fuera a esa reunión? ¿Y si, de pronto, diera un volantazo a su vida y, a partir de ese momento, se dedicara a vivir, fíjate, qué verbo más elástico, vivir, y que lleno de significados falsos, todos esos que le hemos atribuido para suplantar el auténtico, para no darnos cuenta de cómo lo necesario ocupa el lugar de lo que importa, hasta convertirnos en los orgullosos propietarios de los muros tras los que estamos presos? Lo he escrito a mi modo, no con las palabras exactas que Pilar se dijo entonces, pero creo que lo he hecho de un modo que refleja de forma bastante precisa su estado de ánimo.

No sabemos qué pasaría al final, si bajó de aquel tren en el que encontró el tiempo que le hacía falta para abrir los ojos y verse y, apartando los malos presagios y los malos recuerdos de su cabeza, fue a aquella reunión; o si, por el contrario, se quedaría en la ciudad sin hacer nada, simplemente dando un paseo; si prefirió volver a su lugar de origen; si le ha plantado cara a sus frustraciones o sigue dejándose llevar por ellas como si fuese sobre unas vías inapelables, lo cual es perfecto para los trenes y terrible en el caso de las personas, para las que no hay demasiada diferencia entre ir a la deriva y moverse encima de unos carriles, porque en ambos casos significará que no tienen el control, que no supieron darle a su vida las dos cosas que, según dijo el poeta Luis Cernuda, conducen a la inteligencia y a la felicidad: dirección y sentido.

Pilar volvió a mirar las dos versiones de su currículum y luego rompió una de ellas y bajó del tren.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Benjamin Prado en transporte público

Nos decía Benjamín, en uno de su comentarios, con motivo de un texto de Ángel González que había encontrado en el Metro de Madrid, que nunca había visto su texto que la iniciativa Libros a la calle había elegido y puesto en el transporte público de la capital. Le prometí que la buscaría y que la compartiríamos con los lectores del blog, y aquí la tenemos.
La iniciativa Libros a la calle es una magnífica idea en la que colaboran el Ministerio de Cultura, la Comunidad de Madrid, el Ayuntamiento de Madrid, La Asociación de Editores de Madrid, el Consorcio de Transportes, el Metro, la EMT y el Gremio de editores de Madrid.

Gracias a ella los millones de usuarios del transporte público hemos cogido por costumbre, desde el año 1997, leer esos textos que cada cierto tiempo se van renovando en las paredes de los vagones o en los cristales de los autobuses. Textos con poesías, textos con fragmentos, que nos animan a no quedarnos en la primera página, que nos dicen "ni un día sin poesía".

Benjamín Prado fue "publicado" en los vagones del metro en el año 2002, compartiendo ese año cartel con Ángel Guache, el Arcipreste de Hita, el sempiterno anónimo, José Martí, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Joan Margarit, Benito Pérez Galdós, Guillen Vilador, Manuel Hidalgo, Eduardo Galeano, Covarrubias, Rafael Fraguas, Miguel Gila y Victor Erice.

Podía faltar a la verdad diciendo que mi labor de investigación me ha llevado a encontrar toda esta información, pero lo cierto es que hoy en día internet te regala todo el tiempo que antes se perdía en buscar lo que hoy tienes a un par de páginas. En este caso se pueden encontrar todos los carteles con todos los textos de todos los años (bravo por la iniciativa) en la página http://www.librosalacalle.com/web/


Aquí podemos disfrutar del texto de Benjamín Prado, pero merece la pena visitar la página y releer, para los viajeros de Madrid, o descubrir, para los foráneos, estos textos. Me sumo al lema. No os quedéis en la primera página, adelante, pasad, los libros están abiertos.


El hombre que escuchaba
Por Benjamín Prado. Libros a la calle.

Cada noche, al salir de su casa, ponía el pie en un lugar distinto. Entraba en un bar y ese bar estaba en Argel o en El Cairo, estaba al principio en Marrakech y luego en Ankara. A veces, para regresar a su casa, debía pasar al pie del Tubkal o cerca de la laguna de Hodna, junto a la mezquita de al-Hakim o sobre el río Cubuk. Aprendió dos cosas, una en la calle, mientras tenía los ojos abiertos, y otra en su piso, cuando los cerraba para dormir: la primera es que hay hombres que sueñan con los labios; la segunda, que hay muchas formas de ver la luz, pero sólo una de estar ciego. Cuando murió, lloraron por él en cinco ciudades distintas.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Un ensayo metaliterario

Babelia publicó un reportaje con motivo de la publicación de "La librería de los escritores",Ediciones de la central, sobre Marina Tsvetáieva.Un reportaje firmado por Benjamín Prado. En esta ocasión estamos seguros de que no fue ningún error, como a principios de septiemre firmaron un artículo que no era suyo por confusión. Lo sabemos porque Benjamín también ha escrito sobre esta autora rusa.

En su libro "Los nombres de Antígona", Aguilar, habla de 5 poetas unidas por las ganas de escribir y las dificultades de vivir. Así lo transmite en el libro, y así lo cuenta en este artículo de Babelia.

La aventura absoluta de Marina Tsvetáieva
Por Benjamín Prado. El País. Babelia.

"Para vivir un día es necesario / morirse muchas veces mucho", escribió Ángel González, y sin duda la poeta rusa Marina Tsvetáieva (1892-1941) se ajusta a esa idea como muy pocos escritores del siglo XX, entre ellos otras víctimas del totalitarismo como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova, que fueron sus compañeros de viaje tanto a la hora de escalar la montaña de la fama como a la de bajar las escaleras del infierno. Algunas de sus muertes fueron físicas, y de hecho acabaron por llevarla al suicidio, que ella consideraba "el heroísmo del alma que se transforma en heroísmo del cuerpo"; pero otras fueron literarias, porque su obra ha sufrido tantos olvidos y censuras que casi parece un milagro que haya logrado abrirse paso y llegar hasta nosotros. Por fortuna lo ha hecho y sus libros no le faltan a ningún idioma importante. Tampoco al nuestro, y más ahora, porque si en España ya había sido traducida y publicada una parte muy sustancial de su trabajo, ahora esa presencia se aviva con cuatro libros simultáneos que se van a encargar de recordarnos que la autora de Indicios terrestres o Carta a la amazona es una de las escritoras más intensas y originales de su tiempo.
El primero de esos libros es una magnífica puerta de entrada a Marina Tsvetáieva, porque se trata de una antología de opiniones entresacadas de toda su obra, que dan una idea de su carácter y de su forma de ver la literatura: Locuciones de la Sibila (Ellago Ediciones. Castellón, 2008). Entre otras cosas, esta colección de sentencias es una emocionante demostración de la fe en la literatura de esta mujer admirable que siguió escribiendo, contra viento y marea, hasta llegar al mismo borde de la muerte. Un borde que estaba lejos, al otro lado de una sucesión de desgracias que casi siempre fueron producto de su lealtad a algún perdedor, y especialmente a su marido, un menchevique que había sido oficial del Ejército Blanco y que decidió regresar a la Rusia soviética, de la que ambos habían escapado tras la Revolución de 1917, en busca de su infortunio y el de su familia. Tsvetáieva lo sabía, y lo dice en una de sus Cartas de Wilno (publicadas en España por ediciones Maldoror en el año 2006), donde expresa su convencimiento de que la vuelta a casa será su perdición, porque allí será recibida como un enemigo que no comulgaba con la retórica soviética, entre otras cosas porque no creía en el realismo socialista sino en la aristocracia de la cultura, puesto que "la altura, como igualdad, no existe; sólo como supremacía"; pero aun así se dejó guiar por el fatalismo: "No puedo no marcharme pero tampoco puedo no regresar: así es como un hijo le habla a su madre y un ruso le habla a Rusia", dice uno de los fragmentos de Locuciones de la Sibila. Por el fatalismo o por el desinterés de quien se sabe extranjero por naturaleza, como dice en un poema de 1934: "¡Nostalgia de la patria! ¡Desilusión / revelada hace tiempo! / Me da absolutamente lo mismo... / el dónde, si es para estar sola. / (...) No me dejaré seducir por mi lengua materna, / ni por su promesa de leche. / ¡Me es indiferente en qué idioma / no he de ser entendida por nadie!". La verdad, no es que su exilio en Berlín, Praga o París hubiera sido un camino de rosas, pero su retorno a un país que según ella se había entregado al mal y en el que se demostraba que "cuando a la gente se la despoja de su rostro amontonándola, primero se convierte en rebaño y después en jauría" fue una catástrofe: su esposo y su hija fueron encarcelados, ella no volvió a publicar, su otro hijo, Georgi Efrón, se convirtió en un egoísta histérico que la torturaba día y noche, que al final fue movilizado para luchar en la II Guerra Mundial y que murió en 1944, a los 19 años. Ese último latigazo del dolor ya no lo sufriría Tsvetáieva, que en 1941, tras ser evacuada a Elábuga para escapar de la invasión alemana, se quitó la vida ahorcándose con una soga que Borís Pasternak le había dado en la estación de tren de Moscú para que atase su maleta. Lo último que hizo en su vida fue pedir un trabajo como friegaplatos en el comedor de los escritores y redactar una despedida para Georgi: "Perdóname, pero seguir sería peor. Estoy muy enferma, ésa ya no soy yo. Te quiero con locura. Comprende que ya no podía vivir más tiempo". Esa nota está incluida en el tomo En el país del alma, una antología de sus cartas que acaba de aparecer en La Poesía, Señor Hidalgo y en la que podemos seguir su intenso diálogo epistolar con Anna Ajmátova o el propio Pasternak, entre otros muchos.
En cuanto a su fe en la poesía, quién sabe si llegaría tan lejos como para incluirse a sí misma en la idea de que "la muerte de cualquier poeta, aunque sea la muerte más natural, es antinatural, es decir, un asesinato, por eso es infinita, ininterrumpida, y dura eternamente, en todo momento". Lo intuyera o no, su obra también ha quedado para la posteridad como una de las más notables del siglo XX, en especial sus nueve poemas largos, tres de los cuales ya estaban publicados en España por Hiperión, los conocidos Carta de año nuevo, Poema del fin y Poema de la montaña, y a los que ahora se unen, en un tomo de la editorial argentina Paradiso, los seis restantes: En el caballo rojo, Zar-Doncella, Poema de la escalera, Cazador de ratas, Ómnibus y Campamento de cisnes. Si unimos estos volúmenes a las muestras de su poesía breve publicadas por Visor, Galaxia Gutenberg, Hiperión o Rubiños, tendremos una buena visión de conjunto de su obra en verso, que en algún caso adoptó forma teatral, como en Ariadna, que también está disponible
para el lector español en el sello Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.
El lento drama de Marina Tsvetáieva vuelve a recordarse al leer el extenso capítulo que dedica Tzvetan Todorov a analizar su vida y su obra en Los aventureros de lo absoluto, publicado por Galaxia Gutenberg, un ensayo extraordinario en el cual la autora de El poeta y el tiempo comparte protagonismo con otros dos creadores irreductibles: Oscar Wilde y Rilke. Con este último y con Pasternak, como se sabe, cruzó una correspondencia célebre sobre amores platónicos, analogías literarias y amistades oníricas que se identifican en unas líneas de Tsvetáieva al autor de Doctor Zhivago que reproduce Todorov: "Mi forma predilecta de comunicación es la del más allá: el sueño, ver en sueños. Después, la correspondencia. La carta como una forma de comunicación del más allá, menos perfecta que el sueño, pero sujeta a esas mismas leyes". En el país del alma brinda muchos ejemplos de hasta qué punto Tsvetáieva no bromeaba cuando escribió eso. Sin duda, para ella la escritura era el último refugio de un mundo guiado por la falta de principios, la hipocresía y la crueldad en el que, como leemos en Locuciones de la Sibila, pronto se descubre que "para no ser culpado, hay que convertirse enseguida en acusador".
La última novedad sobre la autora rusa que acaba de publicarse en España es La librería de los escritores (Ediciones de la Central), un diario de la escasez que resume la historia de un local que con ese mismo nombre abrieron en Moscú, en régimen de cooperativa, el escritor Mijaíl Osorguín y algunos colegas, al poco de triunfar la Revolución de 1917, para que sirviera de refugio a ciertos intelectuales que ya pasaban de camaradas a sospechosos y fuese una respuesta a la penuria que se vivía en aquellos tiempos en los que publicar libros era un lujo inalcanzable y la censura se adueñaba de las promesas de libertad con una eficacia siniestra. El novelista Osorguín y algunos amigos decidieron capear el temporal, primero, a base de publicaciones clandestinas y, más tarde, cuando todas las imprentas fueron secuestradas, haciendo manualmente pequeñas tiradas de libros manuscritos. El volumen que ahora se publica en España reúne un texto en el que Osorguín cuenta su aventura, unas ilustraciones del novelista y pintor Alexéi Rémizov, y una serie de poemas de Tsvetáieva, que se ofrecen, junto a su traducción, en versión facsimilar, hecha a mano, y en los que hay versos tan simbólicos como éstos: "Pero el rugir del agua compone una canción / sobre cómo murió, marcado por la estrella... / -¡Llora, Amor! ¡Llora, Mundo! ¡Tú, juventud, / lamenta!". Osorguín y sus camaradas mantuvieron viva La Librería de los Escritores hasta 1922. La obra de Marina Tsvetáieva sigue abierta a todas horas para los lectores y sigue siendo una mina de inteligencia, lucidez y excelente poesía, como evidencian estos libros que ahora llegan a las mesas de novedades y que demuestran que, al contrario de lo que creyó Ángel González, sólo se mueren mucho los que no supieron vivir tantas veces tanto. Y, además, como dice Tsvetáieva, "¿en base a qué indicio se establece la vida o la muerte de un escritor? ¿Acaso X está vivo y es contemporáneo porque puede ir a una reunión y Marcel Proust está muerto porque ya no puede ir a ninguna parte? De esa forma sólo se puede juzgar a los velocistas".
Marina Tsvetáieva: Locuciones de la Sibila. Traducción de Reyes García Burdeus. Ellago Ediciones. Castellón, 2008. 101 páginas. 15 euros. En el país del alma. Traducción de Lola Díaz. La Poesía, Señor Hidalgo. Barcelona, 2008. 244 páginas. 17,50 euros. Cazador de ratas. Traducción de Irina Bogdachevski. Paradiso. Buenos Aires, 2007. 295 páginas. 21 euros. La librería de los escritores. Marina Tsvetáieva, Mijaíl Osorguín y Alexéi Rémizov. Traducción de Selma Ancira Berny y Francisco Segovia. Ediciones La Central. Barcelona, 2008. 70 páginas. 15 euros. Los aventureros de lo absoluto. Tzvetan Todorov. Traducción de José María Ridao. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2008. 292 páginas. 19,50 euros.

lunes, 25 de agosto de 2008

Ojalá no se hubiera matado

"Sembrao", Benjamín, así estás en este prólogo del libro "Suicidas", de la editorial Ópera Prima a la memoria de Roberto Bolaño. En este libro la editorial ha reciogido textos sobre autores que o se suicidaron o escribieron sobre el sucidio. Así están presentes en esta obra: Virginia Wolf, por Pilar Adón; Pedro Casariego, por Diego Martín; Sylvia Path, por Elena Fuentes; Pierre Drieu de Rochelle, por Marta Sanuy; Jack London, por José Ángel Berrueco; Mrs. Dalloway, por Pedro A. Ramos; Poetas suicidas, por Luis Felipe Comendador; 45 autores suicidas y un libro, El Burlado de Jack London y la biografía de Cunqueiro.


Benjamín Prado es el autor de un prólogo en el que nunca un tema tan peliagudo (más frecuente tras el verano, a cuyo fin nos acercamos, que en primavera) fue tratado con tanta clase, sin prejuicios. Vuelve a sorprender con su estilo, con su ideas, con sus frases (lo que yo llamo icebergs), de las cuales éstas son solo un pequeño botón de muestra (La muerte no tiene pasado.El silencio de la muerte solo existe para los vivos. Un suicido se comete, pero no se planea.Pensar en morir es muy distinto de ir a morir....)

Como dice Benjamín Prado, "lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas". " No hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas".

Por Benjamín Prado


La muerte no tiene pasado. A pesar de ello, cuando un escritor decide suicidarse, los lectores y los críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus páginas como policías que buscaran huellas en el escenario de un crimen y hasta parecen querer leer sus obras como si, por alguna improbable perversión de las leyes del tiempo y el espacio, hubieran sido escritas después de desaparecido su autor, o como si éste hubiera sido durante años un muerto en vida, alguien que ya escribía desde el futuro, desde ese terrible después. Cuando no existen respuestas, lo mejor es inventarlas. Cuando los hechos no bastan, hay que recurrir a la imaginación. Sin embargo, el silencio de la muerte sólo existe para los vivos, son los que quedan de este lado del más allá quienes parecen sentir la imperiosa necesidad de cubrir o al menos atenuar ese hermético vacío que deja tras de sí la muerte, esa inmovilidad como ultraterrena que sucede al disparo, la copa de veneno o la caída al vacío. Y son los vivos, o los sobrevivientes, que diría un fatalista, quienes inventan lo que tienen que decir las palabras del suicida, quienes asocian el drama final con el resto de la historia de la mujer o el hombre que dijo basta, lo mismo que si no fuesen más que los dos extremos de una misma soga.
En realidad, y esto lo sabe cualquier psiquiatra, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la espita del gas o volcarse en la palma de la mano los barbitúricos. Algo así como los marineros del relato de Horacio Quiroga que se reproduce en este volumen. Son personas depresivas, amargadas o infelices y, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Pensar en morir es muy distinto a ir a morir, como se ve con astuta claridad en el extraordinario relato de Ambrose Bierce incluido en esta antología.

Hay escritores que intentaron matarse varias veces, eso es cierto, como la poeta norteamericana Anne Sexton o como otro de los escritores seleccionados para este libro, Guy de Maupassant, que veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad: "¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado." Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Por alguna razón, esa vulgar bolsa de plástico me produce un escalofrío mayor que las espadas con que se ultimaron Yukio Mishima o Emilio Salgari.

Y hay autores que decidieron tomarle la delantera a la muerte cuando, por unos u otros motivos, sus existencias ya eran, como en el relato de Jack London que incluye este libro, "un largo camino de amargura y horrores" que se había ido estrechando y que ya llegaba a su fin. Eso le ocurrió a Sylvia Plath, que no pudo sostener el peso de ser abandonada; a Reinaldo Arenas, que pronto descubriría que el paraíso capitalista era igual que el infierno comunista; a Hemingway y Bohumil Hrabal, el primero de los cuales se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía; y el segundo porque encontró un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en su caso una terrible artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. Le ocurrió a Marina Tsvietáieva cuando ya sólo quedaban a su alrededor miseria y abandono. Y también a dos de los autores de este tomo, Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, el fascista Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakovski y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcolm Lowry, a Dylan Thomas, ambos presentes aquí, y hace poco al poeta Javier Egea. Otros, como Pavese, se mataron porque eran incapaces de seguir vivos. Es impresionante, al leer este libro, pensar en el cianuro de Horacio Quiroga, la morfina de Jack London, el veronal de Ryunosuke Akatugawa, la bala dadaísta de Jaques Rigaut o los somníferos de Malcolm Lowry. Es impresionante pensar en el minuto anterior a todo eso, ese minuto que creo que ha reflejado como nadie otra suicida, la poeta y narradora austriaca Ingeborg Bachmann, que se quemó viva prendiéndole fuego a su cama, por ejemplo en este poema de su libro No sé de ningún mundo mejor -publicado en España por Hiperión y traducido por Jan Pohl-, titulado "Hablar con un tercero":

Y he elegido a la muerte, para todas las confesiones ella, le he contado, a esta muerte disparatada, a la que nopuedo imaginar, a la que puedo provocar rápidamente, pero nunca imaginar, le he contado. La muerte, a la que le he contado tiene la amargura de treinta píldoras, mide una caída por la ventana, y le digo, al estar sola con ella, ella tan larga
tan larga como una caída por la ventana, ella tan corta, larga como un sueño, hasta que le quite al sueño la preocupaciones por mí, le cuento a este tercero. Digo: hazme ver su boca, y ese ojo hazme ver cómo era, dale marcha atrás, hazme ver cómo digo:Otra vez, y soy.

La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Y, en el fondo, a los lectores tampoco. Excepto, quizás, a los más morbosos. En este libro no sólo se reúne a unos cuantos autores suicidas, sino que en gran parte de los relatos el suicidio es un tema central o, como mínimo, una amenaza de fondo. Sin embargo, lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas. Alrededor del suicidio hay, como no podía ser de otro modo, toda una mitología, y hasta quien se atreve casi a decir que no matarse es de cobardes. No comparto esa opinión ni suicidarse me parece un acto de coraje, sólo de desesperación. Y tampoco creo que los autores que terminan suicidándose posean un secreto que los demás ignoran. Las librerías están llenas de obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por mujeres y hombres que murieron en sus camas de eso que se llama, de un modo un tanto macabro, ni más ni menos que muerte natural. Y también están llenas de obras maravillosas escritas por gente como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos.


En la literatura, lo mismo que en la vida, una cosa puede ser lo contrario de la otra y ser tan verdad como ella. Ojalá los escritores que componen esta antología no se hubiesen matado. Sus creaciones no serían peor por eso y no hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas.

lunes, 18 de agosto de 2008

El diario ABC tiene la verdad

Fin del relato...

Parte 1 (04/08/08) / Parte 2 (11/08/08)

La sangre nunca dice la verdad (y 3)

Por Benjamín Prado. ABC



Al día siguiente, Íñigo se levantó, como cada mañana, a las ocho y media, le dio un rapidísimo beso de despedida a su padre, que salía hacia el hospital, se puso el uniforme de su colegio y desayunó una taza de cacao y un bollo en la cocina, junto a Qamar. Luego, entró a la alcoba de doña María Luisa, le dio los buenos días y, a las nueve y cuarto, subió al viejo Mercedes Benz en que Zinedine lo llevaba a clase.

A eso de las diez, de manera extraña, su profesora de Lengua y Literatura le dio una mala constestación cuando fue a preguntarle algo.

-¡Tú cállate! ¿Quién te ha dicho que puedas hablar?

-Pero, señorita -intentó justificarse Íñigo-, es que no he entendido y sólo quería que me explicara...

-Pero, ¿es que no me has oído? ¡Silencio!

El joven Salvatierra pasó el resto del día acobardado, y no sólo en las aulas, porque la explosión de ira de la profesora parecía haberse propagado a sus compañeros, que le gastaron bromas humillantes y, cuando fue a jugar al fútbol en el patio de recreo, le dijeron que se fuera, que no querían juntarse con él.

Íñigo se fue a los servicios, lloró amargamente y se llenó de odio y deseos de venganza contra los que le despreciaban. A las cinco, Zinedine fue a recogerlo y, como siempre, condujo hasta el otro extremo de la urbanización y lo dejó en la puerta de la pastelería.

-Señorito, lo espero donde todas las tardes -dijo Zinedine, abriéndole la puerta del coche para que bajase-, aparcado a la entrada del Café Milán.

Íñigo corrió hacia la pastelería. Si hubo una tarde en que necesitara un dulce más que nunca, era esa tarde. De hecho, planeaba comprar un montón de golosinas para llevarlas al día siguiente al colegio y darse el gusto de no compartirlas con los que le habían marginado aquella mañana.

-¡Hola, Charo -dijo, tan cortés como siempre-, buenas tardes!

La dueña de la pastelería lo miró de arriba abajo, con cierto disgusto.

-¿Qué quieres?

Íñigo tragó saliva.
-Bueno, yo... Una palmera de chocolate... Y también...

-Uno con cincuenta -le cortó la mujer-. ¿Algo más?

El niño buscó en su cartera una moneda de dos euros. La mujer la miró detenidamente antes de abrir la caja registradora, lo mismo que si pensara que podía ser falsa. Luego, puso los cincuenta céntimos de la vuelta sobre el mostrador y, sin añadir una palabra ni volver a mirarlo, siguió leyendo la revista que tenía entre las manos.

Íñigo fue entonces hacia el quiosco y se puso a hojear unos tebeos, mientras don Agapito atendía a otro cliente. Trató de decidirse entre Mortadelo y Filemón, Spiderman y Los Simpson. Pero en cuanto el hombre pagó y se fue, don Agapito se volvió hacia el niño y le dijo destempladamente:

-¿Vas a comprar esos tebeos o no? Si no los vas a comprar, no los toques ¡Seguro que tus manos están sucias! ¿Tienes dinero?

-Don Agapito, yo creía...

-¿Que eran gratis? ¿Eso es lo que pensabas? ¡Fuera de aquí o llamo a un policía!

El niño llegó al Café Milán con los ojos llenos de lágrimas, y se puso a llorar en el hombro de Zinedine,pero los camareros que siempre salían a ofrecerle una Coca-Cola esta vez sólo salieron para decirle al chófer que se largara, que ahí estaba prohibido estacionar, ¿es que no veían las señales?

-¿Y tú qué miras? -le gritó uno de los empleados a Íñigo, con una mueca de infinito desdén cicatrizada en su boca y abriendo los brazos igual que si pensara golpearle. De repente era como si tras su piel se pudiera adivinar el bulto de un lobo.

Íñigo estaba pálido cuando llegó a su casa. Su madre le preguntó, por señas, si se sentía bien, mientras hablaba por teléfono. Doña María Luisa se encogió de hombros señalando el auricular, qué quieres que le haga, no puedo colgar ahora, e hizo unos círculos de luego hablamos en el aire, con su dedo índice.

Íñigo fue a la cocina. Qamar estaba preparando la cena.

-¿Y Abdul? -le preguntó.

-Está en casa, señorito -respondió la cocinera, secándose las manos en su mandil-. Mi madre ya se encuentra mejor.

-Tengo que hablar con él. Es muy importante -dijo Íñigo Salvatierra, mientras miraba con ojos llenos de angustia el jardín de su casa, la piscina, las inmaculadas praderas de césped, los árboles. Estaba haciéndose de noche muy deprisa y todo lo que antes era azul y verde empezó a ser negro. Tan negro y tan incomprensible.

jueves, 14 de agosto de 2008

Ficciones. Por él mismo

Esta entrada no debería firmarla yo, ya que fue Benjamín Prado quien, en un comentario en este mismo blog, nos regaló este texto. En este caso yo solo me limito a traerlo a la portada. (Gracias, Benjamín).

(Por cierto, otro iceberg para la colección: "las historias que ocurren en verano se vuelven mentira en cuanto regresas a la ciudad, son tesoros en el sitio en que los encuentras y bisutería en el lugar al que los llevas").

FRAGMENTO LITERARIO: ficciones.
EL DÍA DE MAÑANA
BENJAMÍN PRADO 04/08/2008

Por Dios santo, si tienen ocho y nueve años, se dijo, mientras los miraba jugar en la playa. Estaban en la orilla y levantaban un muro de arena con sus palas de plástico, convencidos de que con él podrían detener el mar, y esa inocencia le hizo sentirse aún más culpable por lo que había hecho. La escena transcurría en Rota, Cádiz, que es donde tiene su casa de verano, y los dos niños a los que observaba de lejos, sentado en una hamaca y con un libro entre las manos, se llaman Dylan y Guillermo. Ella es hija suya y, como cada año, pasaba con él los últimos días del mes de junio, porque así es como lo ha pactado con su madre: durante el invierno, la tiene los martes, los jueves y fines de semana alternos, y en las vacaciones, cinco días de junio, todo agosto y otros cinco de septiembre. Los divorciados son gente muy organizada.

En cuanto al chico, se llama Guillermo, vive con su madre en la misma urbanización y Dylan y él son amigos inseparables desde que se conocieron, cuando tenían, respectivamente, cuatro y cinco años. Es verdad que sólo se ven en verano, en Semana Santa y en algún que otro puente en el que coincidan las dos familias, pero cuando no están juntos se recuerdan y se echan de menos, y no sólo porque el ser humano sea nostálgico por naturaleza y piense que las cosas que se pierden se vuelven importantes, sino también porque ninguno de los dos conoce en Madrid o en Sevilla, que son los lugares en los que residen, a otro niño con el que se lleve igual de bien. Sus padres suelen ironizar sobre el futuro y fingen hacer planes de boda.
Él sabe que todo eso no es más que una broma, pero también que no se trata de una broma vacía, sino de esas que esconden un por qué no en el fondo. Volvió a mirarlos y trató de adivinar cómo serían dentro de un tiempo, física y moralmente. Ahora los dos son guapos y listos, están llenos de energía y de imaginación, son dulces, cándidos y egoístas, igual que el resto de los niños de este mundo, y cuando se enojan cada uno sobrelleva el enfado a su modo: ella se entrega a la melancolía y él al orgullo. ¿Serían también así de mayores? Mientras se lo preguntaba, Dylan lo miró, adoptó una postura provocativa que sin duda imitaba la de alguna cantante que le gustase, le lanzó un beso e hizo una zalamería que a él le encantaba y que consiste en colocar los dedos índice y pulgar de las dos manos de manera que formen un corazón y ponerlos sobre el pecho. Qué maravilla de criatura, pensó, con su cara preciosa, la piel dorada por el sol y la luz colérica del mediodía refinada por el amarillo de su melena rubia.

Por lo general, las historias que ocurren en verano se vuelven mentira en cuanto regresas a la ciudad, son tesoros en el sitio en que los encuentras y bisutería en el lugar al que los llevas, similares a esas piedras que los bañistas cogemos en las playas y que parecen minerales misteriosos o joyas primitivas mientras están mojadas por el océano, pero al secarse y perder su brillo se convierten en nada, mueren durante el viaje, dentro de las maletas, y se transforman en simples guijarros. Claro que no siempre es así y hay aventuras que sobreviven al frío y a los horarios laborables. Se preguntó si la de Dylan y Guillermo sería una de ellas y, puestos a fantasear, se entregó a las conjeturas y, sin poder evitarlo, a los malos presagios: cómo no hacerlo, si su experiencia matrimonial había sido degradante y su divorcio un auténtico calvario. Además, debía de reconocer que es excesivamente protector con su hija, uno de esos padres llenos de miedos, capaces de ver peligros por todos lados y, si le obligan a ser sincero y a confesar lo que siente, temeroso de que llegue la adolescencia y se la quiten, la hagan sufrir, la arrastren a una vida dura o, como mínimo, vulgar. En alguna ocasión en que Guillermo y Dylan estaban disgustados, se reía por fuera y les decía que como se habían dado la vuelta para saltar de la devoción a la animadversión, él les pensaba llamar del revés, Landy y Mollergui, hasta que se reconciliasen. Pero por dentro la tristeza insustancial de su hija lo atormentaba de un modo desproporcionado y lo llenaba de malos presentimientos, mientras que el desdén con que el muchacho la trataba durante un par de días para hacerse el fuerte le parecía un aviso de cara al día de mañana. En esas ocasiones, se avergonzaba al sorprenderse espiándolo, para buscar en su rencor aún inofensivo cualquier desaire, mal modo o gesto cruel que pudiera interpretarse como un eco del porvenir, una voz de alarma.

Pero, como ya he dicho, lo que había hecho la tarde anterior no le hacía sentirse avergonzado, sino culpable. Desde luego, había sido una tontería sin mayor importancia, pero lo cierto es que cuando volvió a ver a la madre del niño tuvo ganas de pedirle disculpas y notó que se ruborizaba. Lo que había ocurrido fue que la tarde antes, al regresar de la playa, Dylan había insistido en ir a merendar a casa de Guillermo y que, media hora más tarde, la mujer lo había telefoneado para decirle que los niños querían ducharse juntos y para preguntarle si no le importaba. Ya tendrán tiempo de no poderlo hacer, añadió, queriendo quitarle hierro al asunto. Pero él dijo que no, puso una disculpa y mandó a su hija ir a bañarse a casa. Al colgar, se sentía sucio y mezquino.

Sentados a la orilla del mar, los niños moldeaban la arena como si conocieran un modo de gobernar el tiempo. Su muralla había crecido y se había hecho más compleja, adornada por torres y cúpulas y consolidada a base de palos que hacían de contrafuertes. Llegó una ola, y la barrera resistió el asalto. Llego otra y siguió en pie. Dylan y Guillermo se abrazaron y dieron saltos de júbilo alrededor de su obra. Vistos allí y en ese momento, eran la pura imagen de la felicidad. Intentó, de nuevo, vislumbrarlos veinte años más tarde. ¿Estarían juntos? ¿Conservarían esa alegría circular, sin ángulos sombríos? Bueno, y por qué no, se dijo, si tiene que ser, mejor con Guillermo que con cualquier otro. Después cerró el libro que tenía entre las manos y sonrió a su hija, que corría hacia él agitando los brazos y contándole a gritos su hazaña. Veinte años más tarde... Quizá para entonces él ya no estaría aquí.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Cien libros que cambian una vida

Entre los artículos que nos recomendó Benjamín en su comentario en este blog, quedaba el que escribió el pasado domingo en El País Semanal.

Etiquetemosle como "imprescindible".

Cien escritores en español eligen los 100 libros que cambiaron su vida.
Por Benjamín Prado y Cristóbal Ramírez. El País Semanal. 10/08/08


El ser humano es un animal que nace, crece, se reproduce y hace listas. Será porque no podemos resistirnos a transformarlo todo en una competición o porque el mundo necesita ganadores a los que admirar, envidiar o discutir, según la naturaleza de cada uno, y perdedores a los que compadecer, en el mejor de los casos; pero lo cierto es que no hay nadie que esté a salvo de las comparaciones ni oficio que no tenga su olimpiada, y por ese motivo, sin querer oír al escritor Mark Twain, que ya nos avisó de que en este mundo hay tres tipos de mentiras que son los embustes, las patrañas y las encuestas, nos pasamos la vida haciendo precisamente eso, encuestas y sondeos: quién es el político más influyente del país, el más fiable, el que merece menos crédito; quienes son las 10 personas más poderosas, las más admiradas, las más guapas; quiénes son los más ricos, los menos amables, los más deseados, los peor vestidos... El proceso es siempre igual, aunque cambie el nombre que se le da al escrutinio: cuando se habla de banqueros o empresarios, se llama ranking; cuando se habla de deportistas, se llama clasificación, y cuando se trata de literatura, se llama canon, una palabra con muchas esquinas que puede tener un sentido artístico, económico y hasta religioso, pues define desde las reglas que marcaban las proporciones ideales de la figura humana en las culturas clásicas hasta el impuesto que grava los CD vírgenes, pasando por la parte de la misa que empieza con el te ígitur y acaba con el paternóster. Aunque, eso sí, sus primeras acepciones dobles en el Diccionario de la Real Academia Española son: regla o precepto, catálogo o lista.

Los críticos, a veces, son los cítricos con una letra cambiada, y a veces no, pero siempre son muy partidarios de inventar generaciones, hacer antologías y, de vez en cuando, listas de discos, cuadros o libros que por una parte nos proporcionen un modelo y por otra nos den una orden: el resto podréis elegirlo vosotros mismos, pero estos 10, o estos 100, hay que leerlos obligatoriamente. Sin embargo, todo es relativo en lo que respecta a las verdades absolutas, y los cánones siempre son polémicos, discutibles, subjetivos, versátiles y, a menudo, y como consecuencia de todo lo anterior, efímeros. Y, sobre todo, están al alcance de cualquiera, hasta de los propios escritores, como ocurre en este caso, en el que 100 autores hemos respondido a la pregunta de EL PAÍS: ¿qué 10 libros han cambiado tu vida? Me pregunto cuántos habrán dicho toda la verdad y cuántos habrán respondido a la defensiva, pensando en el proverbio chino que dice que las palabras sinceras no son siempre elegantes y las elegantes no son casi nunca sinceras. ¿Qué habrán preferido algunos de ellos: ser francos o quedar bien? Habrá de todo, porque ya se sabe que, tal y como dijo el ganador inapelable y destacado de este concurso, Miguel de Cervantes, en esta vida "cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces".

Sin duda, las votaciones han dado resultados curiosos, o en algunos casos increíbles: ¿qué hace el Manifiesto comunista, por ejemplo, en el puesto 82, por delante de los sonetos de Quevedo y de El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald? Claro que peor les ha ido a la Divina comedia y a la Iliada, que están en el 60 y en el 77, respectivamente, con lo cual se ve que Dante no ha cuajado por aquí; no como Homero, que ha ganado la medalla de bronce porque tiene la Odisea en el tercer lugar de la clasificación. Eso sí, Dante está al fondo de la lista, pero bien acompañado, porque tiene justo por arriba Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y justo por debajo La regenta, de Clarín. La verdad es que, en el ámbito de la literatura latinoamericana, Jorge Luis Borges les da una paliza a todos, de Gabo a Vargas Llosa, pasando por Rulfo, Cortázar y Onetti: Ficciones es el número 10 del escalafón; El Aleph, el 26; El hacedor, el 58, y hasta hay 23 autores que, haciendo trampas, han colado la obra completa de Borges como el libro que les cambió la vida, con lo cual habrá que pensar que su vida cambió muy lentamente ?aunque no tanto como la de Carlos Fuentes, que coloca La comedia humana, de Balzac, entera, con sus veintitantas novelas y sus dieciocho mil páginas, en quinta posición?, y tanto en prosa como en verso, con ensayos, novelas policiacas y obras hechas en colaboración con otros escritores, ya que todo eso publicó Borges, quien, por cierto, también reunió sus historias fantásticas predilectas en su Biblioteca de Babel, por donde pasaron muchos de los autores que salen en nuestra lista, como Melville, Poe, Robert Louis Stevenson, Henry James y, por supuesto, Kafka, aunque no Shakespeare, que aquí tampoco está entre los escapados, en cabeza de la carrera, sino con el pelotón, porque no aparece hasta los puestos 48 y 49 con El rey Lear y Hamlet, 34 posiciones detrás de la Biblia, por ejemplo. Bueno, tal vez vendría bien recordar lo que le contestó el propio Borges a una alumna de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires que le dijo que Shakespeare la aburría y le preguntó qué podría hacer para remediarlo: "No hagas nada; simplemente no lo leas y espera un poco. Lo que pasa es que Shakespeare todavía no escribió para vos; a lo mejor dentro de cinco años lo hace".

No hay que olvidar que la lista que tenemos entre manos no pretende hacer el inventario de los mejores libros de la historia, sino de los que se supone que han cambiado la vida de los autores que los leyeron, suponiendo que tal cosa sea posible. Pero, sea como sea, algunos de los resultados de la encuesta son llamativos. Por ejemplo, sorprende que, aparte de Federico García Lorca, que ocupa el número 11 con su Poeta en Nueva York, no haya ningún otro miembro de la Generación del 27, ni Luis Cernuda, ni Alberti, ni siquiera Aleixandre, que tuvo tantos discípulos mientras vivía. Aunque aún sea más notable la ausencia de Antonio Machado, al que sólo han votado cinco escritores, y entre ellos sólo un poeta, Luis García Montero, porque los otros cuatro son novelistas: Antonio Muñoz Molina, José María Guelbenzu, Álvaro Pombo y Manuel de Lope. Juan Ramón Jiménez, al menos, salva de la quema Espacio, aunque sea en el vagón de cola de la lista. Quizá todo ello, incluido lo del 27, se explique porque se ha preguntado a muchos menos poetas que narradores -lo cual no impide, sin embargo, que Harri eta herri (Piedra y pueblo), de Gabriel Aresti, cruce la meta con el dorsal 98 a la espalda-, pero ese mismo desequilibrio hace aún más impactante la desaparición absoluta de otro autor que fue muy célebre mientras estuvo a este lado del más allá, recibió elogios a granel, ocupó todas las portadas, recibio todos los premios, desde el Planeta hasta el Nobel, y que ahora, a los seis años de su muerte, no ha recibido ni un solo voto: Camilo José Cela. A nadie nos han cambiado la vida La familia de Pascual Duarte ni La colmena.

Cela escribió mucho, pero lo que escribió pesa poco, por lo visto, incluidas sus obras de mejor reputación. Otros autores, como León Tolstói, no escribieron tanto, pero sus creaciones más importantes se mantienen a flote. Eduardo Mendoza, que por cierto no ha participado en la encuesta, decía hace poco, en una entrevista publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, que Tolstói sólo tiene dos obras que merezcan realmente la pena, Ana Karenina y Guerra y paz, y aquí están las dos, la primera en la casilla número 6 y la segunda en la número 9. Tampoco le va mal a su compatriota Dostoievski, que logra un hat trick, en las posiciones 12, 13 y 55, con Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo y El idiota.

Pero no hay duda de que los grandes triunfadores entre los escritores modernos son Marcel Proust y Kafka, lo cual debe de querer decir que los escritores españoles quizá andan algo bajos de moral. El autor de A la sombra de las muchachas en flor es el único que le hace sombra a Cervantes y logra el segundo lugar con En busca del tiempo perdido. El de El proceso y La metamorfosis alcanza con ellas, respectivamente, los números 4 y 5; coloca sus Diarios en el 64, y también logran varias menciones otros libros suyos como El castillo o La muralla china, aunque no, sorprendentemente, La condena. Eso sí, resulta obvio que la pervivencia de Kafka tiene mucho más mérito que la de Proust, teniendo en cuenta que si una de las frases más célebres del segundo es que "los seres humanos no deberíamos cometer el error de pensar que el presente es el único tiempo posible", la más conocida del primero es: "Max, quémalo todo".

Las 10 primeras plazas las completan Herman Melville, con Moby Dick, y Antón Chéjov, con sus cuentos. No está mal esto último, si tenemos en cuenta la forma en que se burlaba de la fama el creador de Tío Vania, La gaviota y El jardín de los cerezos: uno de sus cuentos es la historia de un hombre que llega una noche a su casa lleno de heridas, pero feliz porque le acaba de atropellar un coche de caballos en una plaza de Moscú. Su familia, estupefacta ante la alegría que parece sentir mientras la sangre le corre por la piel y empapa sus ropas destrozadas, le pregunta cómo es posible que esté tan contento, y él responde: "Pero ¿es que no os dais cuenta? ¡Mañana mi nombre saldrá en todos los periódicos de la ciudad!".

Para los amantes de los análisis de género resultará aparatosa la proporción de mujeres que ha dado la lista de los 100 escogidos, en la que sólo hay cinco escritoras: Carson McCullers, Emily Dickinson, Virginia Woolf, Jane Austen y Simone de Beauvoir; la primera, en el puesto 28, y la compañera de Sartre, en el último, el 100. Claro que entre los encuestados hay 23 mujeres y 77 hombres, pero eso, naturalmente, no tiene ninguna influencia. Almudena Grandes, por ejemplo, sólo pone a tres mujeres en su lista: Louise May Alcott, la autora de Mujercitas; Ana María Matute, con Los hijos muertos, y Carmen Martín Gaite, con Usos amorosos de la posguerra española. Rosa Montero, a otras tres: Mercè Rodoreda, George Elliot y Selma Lagerloff. Y la propia Ana María Matute, sólo a una: Emily Brontë. Por cierto, que como la autora de El corazón helado reserva un puesto en su clasificación para Habitaciones separadas, un libro de su marido, Luis García Montero, y éste, a su vez, le hace hueco a Las edades de Lulú, que tal vez cambiaron sus vidas porque los llevaron al uno hacia el otro, me pregunto a cuántos de los autores seleccionados les hubiesen gustado sus seleccionadores. Apostar siempre es ponerse en peligro, pero me juego algo a que a Kafka le habría caído bien Juan José Millás; Proust pudiera haber congeniado con Javier Marías; a Balzac y Thomas Mann no les habría importado tratarse con Mario Vargas Llosa; Dostoievski se habría encontrado en su salsa con Juan Gelman, y es posible que a Samuel Beckett le causase buena impresión Justo Navarro, aunque quizá lo encontrara un poco raro. Otras relaciones me parecen más que improbables, pero prefiero reservarme mi opinión. Además, sólo era un juego. Eso sí, hay quienes en ese juego se lo habrían puesto difícil a sí mismos, como Ray Loriga: J. D. Salinger, Joseph Conrad, Cormac McCarthy, Vladimir Nabokov. Vamos, unas peritas en dulce.

Elegir es descartar, y uno observa divertido el sufrimiento de algunos colegas a la hora de dejar fuera de su lista a algunos de sus autores predilectos. Hay quien intenta salvarlo con el ardid de meter las obras completas de alguno, para matar así todos sus pájaros de un tiro, como hacen Gustavo Martín Garzo con las de Kafka; Marta Pesarrodona con las de Federico García Lorca; Julián Rodríguez con las de Onetti; Agustín Fernández Mayo con las de José Ángel Valente; Clara Janés con las de Shakespeare; Soledad Puértolas con las de Baroja; Carlos Monsiváis, Nuria Amat y Horacio Vázquez Rial con las de Borges, o Isaac Rosa con el teatro de Bertolt Brecht.

Otros entregan los libros atados por parejas, como José Manuel Caballero Bonald, que le da el 2, el 3 y el 4 de su selección a las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora; el Quijote y el Persiles, de Cervantes, y las Iluminaciones y Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud. O como Javier Marías, que junta Ricardo III y Macbeth en el primer puesto de su lista, y El corazón de las tinieblas y El espejo del mar, de Joseph Conrad, en el tercero.

Santiago Gamboa y José Carlos Llop cuelan todo El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, igual que otros empujan para que les quepa todo Balzac o todo Proust. Y Juan Marsé avisa de que aquí y ahora se decide por esos 10 títulos de Stendhal, Robert Louis Stevenson, Flaubert, Kafka, Juan Rulfo, William Faulkner, Scott Fitzgerald, Luis Cernuda, Pío Baroja y Albert Camus, pero que también podrían haber sido otros, y de esa forma, a base de hacerse el enfadado, gana a estas páginas sitio para otros cuantos libros. En resumen, que el problema no es con qué te quedas, sino a qué renuncias. Igual que en el resto de la vida.

La pregunta de EL PAÍS parece sencilla, pero tenía trampa. ¿Qué 10 libros han cambiado tu vida? Eso quiere decir que lo que se trataba de saber era, entre otras cosas, qué obras y autores nos habían abierto la puerta de la literatura o metido en la sangre la vocación de escribir. No se trataba de saber cuáles nos gustan más, nos han influido más profundamente o consideramos más importantes. Por eso es rara la poca presencia de libros infantiles o juveniles, que son los primeros que suelen llamar la atención y marcar la línea de salida del futuro.

Si miro mi propia lista, me doy cuenta de que no dice toda la verdad, porque empieza muy tarde, con los autores y las obras que leí cuando ya sospechaba que iba a intentar ser escritor. Pero, ¿y antes de eso? ¿Dónde están los libros de Los Cinco, de Enid Blyton, o los de Walter Scott, como Ivanhoe y La flecha negra? ¿Y Robin Hood? ¿Y las novelas de Salgari, y las de Julio Verne? ¿Y la poesía de Garcilaso de la Vega, un poco más adelante?

A los demás les habrá pasado algo parecido, pero tampoco tiene mucha trascendencia, porque puede haber por ahí alguno más pretencioso, pero estoy seguro de que todos ellos pasaron más tiempo del que pueda creerse pensando su lista; todos miraron sus bibliotecas con cuidado para asegurarse de que no cometían un olvido que luego iban a lamentar, y ninguno de ellos se tomó a broma el encargo. Y todos van a leer estas páginas con lupa por dos razones: para ver qué han dicho sus colegas y para comprobar qué suerte han corrido sus escritores, esa gente que tal vez haya cambiado su vida y tal vez no, pero que, en cualquier caso, los ha acompañado desde el principio, ha ido con ellos a todas partes, porque un escritor no tiene una sombra, sino muchas: sombras escritas que se llaman Kafka, o Cervantes, o Proust, y sin las que el cuerpo que las proyecta no sería nada. Sé que les habrá costado elegir, pero eso sólo demuestra que, además de buenos escritores, son buenos lectores. Más triste hubiera sido no tener dudas, porque el que no duda es que no tiene dónde elegir.

lunes, 11 de agosto de 2008

El diario ABC tiene la verdad 2

Segunda entrega...

La sangre nunca dice la verdad (2)
Por Benjamín Prado. ABC

Cada mañana, Qamar se levantaba a las cinco, se vestía sigilosamente para no perturbar el sueño de sus parientes, que dormían en cualquier parte, en tresillos, literas y colchones tirados en el suelo, y media hora más tarde, tras beber una o dos tazas de té con hierbabuena, salía a unas calles aún oscuras, caminaba dos kilómetros hasta la estación de metro más próxima, hacía tres
transbordos y, finalmente, tomaba un autobús que la dejaba a la entrada de la urbanización, donde los dos criados argelinos, Yemal y Zinedine, la recogían con su furgoneta, a las siete en punto. A las ocho, cuando los señores se levantaban, Qamar ya les tenía preparada una buena cafetera humeante, dos huevos pasados por agua, tostadas con aceite de oliva y una bandeja de
fruta, pelada y cortada, que don Cosme solía tomar con yogur y cereales.

Qamar nunca le había dicho nada de su vida extramuros, de sus parientes ni de su pequeño piso suburbial a don Cosme y doña María Luisa, ni ellos tampoco le habían preguntado, de forma que aquella tarde, cuando su primo Wassid llevó a su hijo a la casa, ella se sintió de inmediato nerviosa, cohibida y como a punto de ser descubierta en falta. Le dijo febrilmente a Abdul que se
sentase en un rincón de la cocina y se estuviera quieto, mientras ella comenzaba con los preparativos de la cena.

Aquella tarde, sin embargo, el joven Íñigo entró en la cocina en cuanto regresó del colegio, cosa que no solía hacer a menudo, a buscar una taza de cacao, o algo por el estilo, y descubrió a Abdul. Qamar, azorada y restregándose las manos en su delantal, presentó a los niños y empezó a balbucir una disculpa.

-Mire, señorito Íñigo, es que Abdul sólo va a la escuela por la mañana; por las tardes los cuida mi madre, pero hoy...

-Es genial -le interrumpió Íñigo-, no sabía que tuvieras un hijo. Qué nombre tan raro, Azul...

-No, no es Azul, señorito, disculpe si se lo dije mal, es Abdul; pero no se preocupe, en unos minutos, en cuanto lleguen Yemal y Zinedine, antes de que regrese el señor...

-Abdul -volvió a cortarla Íñigo-... Oye, Abdul, ¿quieres venir al jardín a jugar conmigo? Te puedo enseñar mi cabaña. Está debajo de un sauce. Tengo un televisor a pilas y un telescopio. Ah, y también una diana.
El niño marroquí aceptó y, mientras los dos salían, Qamar se tapó la boca con la palma de la mano iquierda, mientras con la derecha, sintiéndose desfallecer, se apoyaba en el frigorífico. Era una de esas neveras sofisticadas que tienen un mínimo dispensario de hielo por el que salen los cubitos directamente al vaso, cuando aprietas una pequeña palanca, y la atribulada cocinera fue a apoyar uno de sus dedos justo en ese artilugio, de forma que empezaron a salir piedras de hielo, dándole un susto terrible. Las recogió, las echó al fregadero y despúes de mirar aprensivamente, otra vez, hacia el jardín, se arrodilló para secar el agua con una balleta. Por el aspecto asustadizo de sus ojos, se diría que estaba enjugando las babas de un perro del infierno.

En la cabaña, Íñigo había descubierto que Abdul era un compañero maravilloso que no paraba de contar historias e inventar las más increíbles aventuras: durante las dos horas que pasaron juntos, estuvieron en la selva del Amazonas, derrotaron a los turcos en Bagdad, fueron apresados en Pekín, sobrevivieron durante semanas en un oasis del desierto del Sahara, cazaron elefantes y tigres en Kenia y abordaron un barco lleno de oro en el mar Caribe, fueron capaces de huír de una oscura mazmorra de Teherán y vencieron a unos asesinos en Argel. Al final de todo eso, en cuanto empezó a caer la noche, oyeron llegar el BMW de don Cosme y la voz tensa de Qamar, que buscaba a su hijo para volver a casa.

-Ahora -dijo Abdul, arrancando un dardo de la diana-, si tú quieres, nos haremos hermanos de sangre.

-Sí quiero -contestó Íñigo.

Abdul clavó la punta del dardo en el pulgar de su nuevo camarada y le pidió que él le hiciera lo mismo en el suyo. Después, juntaron las yemas de los dedos, mezclando su sangre.

-Nunca nos traicionaremos uno al otro -sentenció Íñigo.

-Nunca jamás -dijo Abdul.

sábado, 9 de agosto de 2008

Un prólogo de uñas

Benjamín Prado prologa, de vez en cuando, y cuando lo hace dota al libro de un plus que le hace digno de que lo tenga en cuenta. En esta ocasión he encontrado el prólogo del libro de Ferran Barber, titulado "¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto?".



Prólogo de ¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto?, de Ferran Barber.

Por Benjamín Prado.



Sobre alguien de cuya vida no hay nada que contar, también se puede escribir una novela, y esa es la idea que Ferran Barber, el autor de ¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto?, parece compartir con Albert Camus, con Dostoievsky, John Cheever y tantos otros escritores que, a base de contar la historia de alguien a quien no le sucede nada especial, han terminado contando la Historia de este mundo lleno de silencios, personas al margen y horas vacías.


Al protagonista de esta novela no le gusta estar donde está, ser parte de su familia ni llevar los zapatos que su padre quiere que lleve, como si creyera que unos zapatos son la negación del camino. Y lo que necesita él es justamente eso, un camino por el que huir, una manera de evitar que su vida sólo se mueva hacia atrás y hacia los lados. Hay ocasiones en las que el único modo de no morir de aburrimiento o decepción es atreverse a vivir contra la vida, tal y como él mismo dice, seguramente por encontrar palabras que lo ayuden a abrirse paso entre la maleza de la decepción.


Es curioso que esta novela haya querido ser a la vez dos novelas distintas y que la segunda también pudiera habérsele ocurrido a Conrad o a Rimbaud. Sobre todo, al Conrad de El corazón de las tinieblas, aquel que hizo a Coppola imaginar la muerte de Kurtz como el degollamiento de un buey, del mismo modo que en ¿Quién nos cortará las uñas cuando hayamos muerto? el protagonista descubre la muerte disparando a un cerdo. Y a Arthur Rimbaud no porque se fuera a África huyendo de todo lo que no es África en este mundo, exactamente igual que hace aquí­ el muchacho llamado Silver, sino porque lo hizo para intentar encontrar a esa otra persona que creía ser y que tan mal se llevaba con la persona que los demás creían tener derecho a exigirle que fuese. "Yo soy otro", escribiría Rimbaud. y Silver cree eso mismo y lo repite con frecuencia: No soy yo, yo no me llamo Silver, sólo ocupo su cuerpo.


De hecho, Silver no se llama realmente Silver, tal vez porque en lugares tan huecos como el sitio en el que vive uno tiende a inventar nombres que lo separen de su destino, y ésa es la razón de que en esta novela los personajes se llamen Chantal, Walter, Gump, el hijo del Armenio, Bernard, el doctor Muerte, Dos Vagones...


Claro que Rimbaud es el nombre de un poeta francés pero también es el nombre que le puso a su primera guitarra eléctrica Bob Dylan, quien, cuando fue preguntado por las razones que le llevaron a adoptar ese apellido, respondía simplemente: "No hay nada que explicar, yo no me habríaa puesto ese nombre si no hubiera sido esa persona." Silver también podría haberse llamado El Otro Rimbaud, hasta el punto de que acaba con algo clavado en la pierna que podrí­a dejarle sin ella, como al autor de Una temporada en el infierno.


Vale, sin duda Silver es un joven difí­cil, pero nadie que lea esta novela podría acusarlo de ser conformista y hasta es fácil que algunos acaben apreciándolo: "Si me conocieran de verdad coincidirían en que soy un chico listo", dice, y no sería yo quien le quite la razón. Y, si me permiten un consejo, les voy a recomendar que lean esta novela porque les van a entrar ganas de sentarse a esperar a que su autor escriba la siguiente. Está llena de cosas que recordar.