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martes, 6 de marzo de 2012

El prólogo de un clásico: El Buscón (y 2)

El sábado fue la primera, y hoy es la segunda parte del Prólogo a El Buscón... por Benjamín Prado.

No olvidemos que muchos de los episodios que narra en su novela los pudo aprender Quevedo en los ambientes canallas de Madrid, que al parecer solía frecuentar, pero otros, y entre ellos algunos de los más penosos, los extrajo de su propia biografía: a fin de cuentas, el vivió gran parte de su vida en palacio, pero también conoció dos veces la cárcel y el destierro, una por su lealtad al duque de Osuna, a cuyo servicio participó en la conjuración de Venecia, y otra por sus ataques al conde-duque de Olivares. Y en su relato de la dureza de la vida penitenciaria, que deja sentir un aroma lúgubre en medio del humor que caracteriza el recuento de las andanzas de don Pablos, debe de haber rastros de la que él sufrió en su propia piel en La Torre de Juan Abad y un adelanto de la que había de padecer en el terrible convento de San Marcos, durante sus cautiverios en Ciudad Real y León, respectivamente.

A pesar de todo, y ésta es una de las grandes hazañas de Quevedo, resulta imposible leer El Buscón sin una sonrisa,
porque son muy divertidas las estratagemas de Pablos para buscar un plato caliente que llevarse al estómago o, cuando sus miras se alargan, un futuro mejor en el que vivir con desahogo sin más merecimientos que el de una buena invención, puesto que en sus planes nunca está incluida la tentación de ganarse la vida de otro modo, de forma que en el todo son caballos robados, ropas de alquiler y nombres falsos con los que abrirse las puertas que no le estan destinadas. Para conseguirlo, puede llegar a representar farsas tan rocambolescas e increíbles como la sonada alegoría de los hidalgos artificiales que se echan migas en la barba para aparentar que acaban de darse un banquete, o la que lleva a cabo cuando, de camino a la casa donde vive la mujer adinerada con la que, tras muchos fingimientos y embustes, tiene la esperanza de desposarse, decide aparentar que tiene criado que lo anuncie y abra paso entre el gentio, por el método de seguir con andares ostentosos a cualquier incauto con aspecto de sirviente que lo preceda en la vía pública: «... como no llevaba lacayo, por no pasar sin  él, aguardaba a la esquina, antes de entrar, a que pasase algun hombre que lo pareciese, y, en pasando, partía detrás dél, haciéndole lacayo sin serlo; y en llegando al fin de la calle; metíame detrás, hasta que volviese otro que lo pareciese, (...) y daba otra vuelta".

Al final de sus múltiples angustias y sus dudosas proezas, a Pablos le queda lo mismo que al comienzo de la narración: casi nada. De manera que, malherido, buscado por la justicia y sin medios para subsistir, decide ir a Sevilla  y embarcarse con rumbo a América. Lo acompaña la última mujer que ha logrado embaucar - o que ha conseguido camelárselo a él, eso nunca se sabe, a pesar de que el apodo con el que nos la presenta, la Grajales, no parece presagiar nada bueno-, y aunque Quevedo detiene su relato en ese punto, sabemos de antemano, porque así nos lo dice el propio autor, que la distancia no va a arreglar ninguno de los problemas de quien, ante todo, piensa perseverar en sus malas aficiones: "determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella, a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, (...) pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y de costumbres".

A pesar de todo, el lector lamenta profundamente ese punto y final, seguro de las andanzas de don Pablos al otro lado del Atlántico serían difíciles, pero también simpáticas y capaces de hacernos sonreír. Es la amarga y deslumbrante agudeza de Quevedo, cuya prosa llegó en este libro, quizá con la de algunos episodios de Los Sueños, a una perfección que le ha asegurado un puesto entre las creaciones imprescindibles, las que resumen y explican de tal modo su época, que al final pasan a formar parte no sólo de la Literatura, sino también de la Historia. Cualquier lectora de esta obra sabrá por qué en cuanto sus ojos hayan agotado las primeras páginas.


sábado, 3 de marzo de 2012

El prólogo de un clásico: El Buscón (1 de 2)


Pero en esta ocasión el prólogo es otra "rareza" de las que suelo dejar en el blog, el prólogo es ni más ni menos que a El Buscón, de Quevedo. Entiendo que para él sería todo un honor escribirlo. Y para nosotros leerlo en la Serie Roja de Alfaguara, la más didáctica y educativa, la que leíamos en los institutos, la que veíamos como obligación lo que ahora leemos con devoción. 

Un prólogo que dividiré en 2 partes para no saturar el blog con una entrada tan larga... hoy la primera parte, el martes, la segunda.




El ingenio que brilla en la oscuridad
Por Benjamín Prado. Prólogo a El Buscón, de Francisco de Quevedo.

Si en un examen le preguntan a un alumno quien es el protagonista de este libro y responde que un joven llamado Pablo o Pablos, natural de Segovia, hijo de una hechicera de tres al cuarto y de un ladrón al que le gustaba tanto el vino que, como el mismo dice, sin duda era hombre «de muy buena cepa», y que primero en su ciudad y mas tarde en Toledo, Madrid y Sevilla, se dedica a todos los oficios conocidos de la picaresca, sacando siempre de ellos más desgracias que fortuna, no habrá profesor capaz de suspenderlo. Pero si contesta que el auténtico personaje principal de la novela de Quevedo es la miseria, seguro que su nota sube hasta el sobresaliente.


Porque de eso es justo de lo que trata esta obra, de la miseria y sus afluentes principales: el hambre; las mil y una desdichas de quien debe buscar cama y sustento cada noche; la lucha desigual por la supervivencia; la vida nómada; el fingimiento y las mentiras a que estan abocados quienes pretenden aparentar lo que no son para conseguir lo que



no les corresponde. Un camino difícil que, sin embargo, es el único posible para un muchacho al que su padre enseñó que «quien no hurta en el mundo, no vive» y para los desdichados con que se junta y que, segun vemos en las palabras de Quevedo, son seres de una existencia tan miserable que no parecen hombres sino «sombras de otros hombres», tan mal alimentados que la delgadez hace que les suenen los huesos «como tablillas de San Lazaro» y tan poco dispuestos al trabajo que deben buscar en la astucia lo que no están dispuestos a lograr mediante el esfuerzo. Esa es la razón de que cada una de sus aventuras comience como una comedia y acabe como un drama: al principio, nos reímos del ingenio del estafador que se disfraza de caballero prospero para intentar seducir a una rica heredera; o de invalido, para pedir limosna a la puerta de una iglesia; o de cura ocioso, para desplumar a los participantes en una timba de cartas sirviéndose de todas las malas artes de un buen tahur... Pero después suele helársenos la sonrisa, al ver los interminables padecimientos, humillaciones e injusticias que sufre el pobre Pablos, continuamente golpeado, perseguido, traicionado y puesto preso. Si tuviéramos que definir en cuatro palabras aquel mundo al que en la Literatura conocemos, de forma paradójica, como el Siglo de Oro, lo haríamos de este modo: un lugar sin esperanza. Es que en la sociedad que retrata Quevedo no es oro nada de lo que reluce: a fin de cuentas, el ingenio de los necesitados solo brilla en la oscuridad.

Y hay que añadir que en ese sentido El Buscón expresa de manera clara el desengaño de los ciudadanos mas intuitivos del Barroco español, que ya leían la decadencia del Imperio, precisamente, en los signos de podredumbre que se podían advertir en la Corte y en la pobreza sin regreso en la que malvivía una gran parte de la población, entregada a la mendicidad o la ratería, mientras muchos otros, cuyos mejores tiempos habían pasado, trataban de simular, de cara a la galería, una condición social y económica que habían perdido, pues estaban arruinados, las deudas los acosaban y los acreedores empezaban a perder la paciencia. De unos y otros habla la novela de Francisco de Quevedo. 

Solemos llamar a esta obra, simplemente, El Buscón, por el mismo motivo que solemos llamar EI Quijote a la de Cervantes. A un verdadero clásico le basta con que se nombre un tercio de su título para ser reconocido. Sin embargo, en esta ocasión creo que es importante recordar que el manuscrito original de Quevedo se llama Historia de la vida del Buscoón llamado don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños. Porque las tres últimas palabras tienen interés, especialmente la primera de ellas. El héroe de Quevedo es un espejo y eso, si no lo salva, en parte lo justifica. Es verdad que Pablos es un malhechor, un sablista y un ratero, pero ¿cómo son las personas, en teoría decentes, que lo toman a su servicio, e incluso algunas de sus pretendidas victimas? Hombres avaros, brutales, cínicos y llenos de ruindad. Mujeres codiciosas, mezquinas, cicateras y, si la oportunidad lo exige, capaces de vender una hija al mejor postor.Y junto a ellos, una amarga procesión de actores y dramaturgos tan chapuceros que hasta el propio Pablos se gana el pan, una temporada, escribiendo un entremes, una comedia y algunas oraciones y versos de encargo; de alcahuetas que, según se tercie, son medio celestinas y medio brujas; de poetas sin más talento que el de la pedantería, capaces de componer «novecientos y un sonetos, y doce redondillas» solo a las piernas de la mujer a la que intentan cortejar. Incluso, de este lado de la ley y el orden, podemos contemplar a través de la mirada implacable de Quevedo una jauría de hombres en apariencia decentes cuya crueldad solo podría hacer buena pareja con su tacañería; de maestros sanguinarios y tutores tan siniestros como el licenciado Cabra, el famoso "clérigo cerbatana" que tenía "los ojos avecindados en el cogote (...), tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de mercaderes" y "las barbas descoloridas de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre parecía que amenazaba a comérsela", y que a punto estuvo de matar a Pablos y a su condiscípulo don Diego por no darles de comer, aunque siempre disfrazando el ayuno de virtud cristiana y de austeridad.

Y también nos topamos en estas páginas con guardias brutales que abusan sin miramientos de los sospechosos, tratan como a alimañas a los detenidos y se dejan sobornar por un puñado de monedas; con corregidores medio estúpidos a los que burlan los delincuentes que persiguen, una y otra vez, con artimañas que evidencian, sobre todo, la cortedad de los perseguidores. Es decir, que lo que nos presenta Quevedo no es el ejemplo de un sinvergüenza más o menos gracioso, que subsiste con las mañas de un truhán, sino el retablo de un mundo aquejado de serias enfermedades morales y vendido a la más absoluta corrupción. "¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto?», le pregunta a Pablos, al comienzo de la novela su padre. «Porque no querrían que, adonde están, hubiese otros ladrones, sino ellos y sus ministros.» Y lo cierto es que, a la vista del relato que hace de la España por la que deambula el desventurado Pablos, no hay más remedio que darle la razón. 


domingo, 24 de mayo de 2009

¿Y si pongo Antonio Vega?

Le editorial Demipage ha publicado un libro con las letras de las canciones de Antonio Vega. Ya lo adelantó Benjamín Prado en su artículo "homenaje" al cantante, y es que Benjamín Prado es el prologuista: "Hace unos meses, la editorial Demipage me propuso escribir un prólogo para un libro en el que iba a publicarse una antología de sus canciones y, tengo que confesarlo, si dije que sí fue por admiración, pero también porque estaba seguro de que ese libro iba a ser una puerta hacia él[...]"

Sigue a Antonio Vega y sabrás qué ha encontrado en sus canciones.

Por Benjamín Prado. Marzo 2009. Editorial Demipage. (Extracto del Prólogo).


A Antonio Vega se le perdió algo y tuvo que hacerse compositor para ir a buscarlo dentro de sus canciones. Sus discos cuentan la historia de esa búsqueda, y aunque todo el mundo sabe que escribir es mentir, él escribe tan bien que cuando los escuchas tienes la impresión de que te cuentan la verdad, que es exactamente lo que ocurre con todos los poetas en quienes merece la pena confiar. Verdad y poeta son palabras tal vez demasiado solemnes, de manera que quizá sería mejor matizarlas: donde decía verdad podemos poner su verdad, y poeta lo podemos cambiar por poesía, porque Antonio Vega no escribe poemas, sin canciones, pero sus canciones están llenos de versos memorables y, sobre todo, tienen el ambiente de la buena poesía, éstán hechas de palabras esenciales y no están construidas para flotar en la superficie de las cosas sino para descender hasta su fondo. Son canciones que no existen porque tienen algo que decir. Lo cual puede ser obvio, pero no es tan habitual, y no hay más que poner la radio para darse cuenta.

Antonio Vega era compositor y cantante, y a la mano del primero le viene muy bien la voz del segundo, ese brillo oscuro que tenía su tono y que el multiplicaba con su manera de interpretar las canciones, gracias a esa especie de emoción hacia dentro que las hace a menudo estremecedoras.

Leyendo ahora las canciones de este libro, el tamaño de Antonio Vega como letrista aumenta, y para el lector habitual de poesía es sencillo ver el trabajo minucioso que hay detrás de muchos de sus textos; su batalla por la palabra justa o la asociación inesperada, por desordenar las cosas que se oyen, agrupar los silencios y ver cada cosa a su escala real, como él decía; su capacidad para construir metáforas como el químico que elabora un perfume, logrando como por arte de magia que lo más grande quepa en lo más pequeño y la historia de muchos se pueda resumir e una línea; o, finalmente, su empeño en encontrarle otro lenguaje a las canciones, más allá de los caminos conocidos, los ecos fáciles o las rimas cómodas. La inspiración es el último recurso de los malos escritores, los buenos le ganan su versos al diccionario, combatiéndolo página a página. Dicho eso, ya se puede decir todo lo contrario y que las dos cosas sean verdad: cuánta inspiración parece haber en sus temas más brillantes, qué momento de gracia parecen haber captado a veces sus discos.

Un buen poema es siempre el mapa de un tesoro, la crónica de la aventura que sirvió para descubrirlo. Este libro es una buena noticia para los lectores de poesía, y eso o es algo que se pueda decir de demasiada gente."

jueves, 19 de marzo de 2009

Prólogo a Blas de Otero

Nadie compra un libro para leer el prólogo (siempre estamos las excepciones), pero sí puede ser que alguien compre un libro porque ha leído el prólogo. Porque esa es la función que debe tener el prólogo, explicarnos qué vamos a encontar nadando páginas adentro. Para ello nos debe dar ánimos, nos debe poner la piel en los labios.
El Pais ha publicado hoy el libro nº 19 de su antología de poesía. Hoy le correspondía el turno a Blas de Otero y a una selección de poemas, y a Benjamín Prado, su prologuista. Una muy buena pareja...

Ayer comenzaba el prólogo, hoy lo continuamos...


Todos los poetas que se llamaron Blas de Otero.

Prólogo. Benjamín Prado. A la edición de poesía de El País.

[...] y el título que le puso a un volumen publicado por la editorial Losada en Buenos Aires, en 1960, en el que reunió sus obras Pido la Paz y la palabra y En castellano. Y una gran mayoría de los ciudadanos que deseaban el fin de la opresión y la llegada de la libertad encontraron en los versos formidables de Blas de Otero a veces una bandera y por lo general un consuelo.

Así que cuando murió en Majadahonda, Madrid, en junio de 1979, el poeta bilbaíno era una de las figuras más respetadas de nuestra literatura, y se le consideraba quizás el eslabón más sólido los y más brillante de la cadena que unía a los autores de posguerra con los maestros de la Generación del 27. Títulos suyos como el citado Ángel fieramente humano, Redoble de conciencia - que posteriormente, como es sabido, unió en el tomo Ancia-, los también mencionado Pido la paz y la palabra y En Castellano, Que trata de España y Mientras, que es todo lo que llegó a publicar en vida- aparte del tomo en prosa Historias fingidas y verdaderas, y algunos poemas inéditos dispersos en diferentes antologías-, justifican esa admiración: en todos ellos, Blas de Otero se revela como un poeta profundo y valiente, emparentado con la tradición pero también decidido explorador de las vanguardias, conservador e innovador a partes iguales y, por encima de todo eso, un poeta reconocible, de tono personalísimo y, en consecuencia, muy influyente en quienes lo siguieron, pero también en quienes lo rodeaban. Los que habían tenido que huir de España tampoco tardaron en reconocer el valor de Blas de Otero, y Rafael Alberti, que, sin duda, es a quien él más deseaba parecerse en algunas cosas, pronto saludó su talento, en prosa y en verso, y lo señalo como un autor importante. Y en esto estuvieron de acuerdo los compañeros del autor de Sobre los ángeles que se habían quedado en España, pues tanto Vicente Aleixandre como Dámaso Alonso le dedicaron por escrito contundentes elogios. Y si entre sus maestros y sus contemporáneos el acuerdo fue grande, entre los más jóvenes tampoco hubo demasiadas dudas, y no hace falta más que recordar lo que escribieron y dijeron sobre él miembros tan sobresalientes de la Generación del 50 como Ángel González o Gil de Biedma.

La obra de Blas de Otero tiene una dimensión política que, sin duda, le proporcionó un éxito popular añadid, pero en aquellos años eran muchos los escritores alistados en las filas de la poesía social y muy pocos los que llegaron a su nivel. Sus poemas, en cualquier caso, no caminan por un solo camino, ni es menor la belleza de los que brotan de una religiosidad atormentada que mezcla a San Juan de la Cruz con Miguel de Unamuno, y que están entre lo mejor de su producción; o los que parten del mismo existencialismo meditativo que tanto admiraba Juan Ramón Jiménez. Y en todos los casos, es notable la manera en que el autor de Pido la paz y la palabra asumía riesgos sucesivos en su escritura, indagaba nuevas direcciones y no se conformaba con lo ya dominado y aplaudido por todos, sino que continuaba aventurándose con cad anueva obra, se atrevía a utilizar coloquialismos impensables en un poema, a bordear la prosa en ocasiones y en otros casos a hacer de la metapoesía y, si me permite el modernismo, de la metabiografía los combustibles de sus poemas: leer a Blas de Otero es ser Blas de Otero mientras dura el libro, porque su escritura era también coherente en ese sentido: si su personaje era el del hombre normal, su discurso podía ser una voz y al mismo tiempo un eco, representarlo a él y a cualquiera. En cualquier caso, su inconformismo llegó hasta el final y llama la atención el giro evidente que se percibe en los poemas en los que trabajaba cuando murió y con los que se formaría el volumen doble Hojas de Madrid con la Galerna. Algunos de los poemas de esa obra habían aparecido en la antología Expresión y reunión y en Mientras, y fueron suficientes esos indicios para demostrar que Blas de Otero había vuelto a transformarse del modo en que siepre lo hacía, que era conservando lo mejor de su etapa anterior y ganando nuevos espacios a su poesía. En este caso, su escritura anunciaba una vinculación mayor con el surrealismo y una libertad formal que buscaba con la cercanía del lector siguiendo su idea, expresada en Historias fingidas y verdaderas, de que "si no se debe escribir como se habla, tampoco resulta conveniente escribir como no se habla", y que en mi opinión, es una de sus virtudes más perdurables: textos leves, sin ataduras rítmicas, con muy poco andamiaje retórico pero de una eficacia brutal, que dan sensación de inocencia y a la vez de profundidad, que experimentan con el verso libre y que muestran influencias antagónicas que ayudaron a darle el equilibrio insólito que posee: en un extremo, Rilke, y en el otro, José Martí, a cuya obra se aficionó cuando vivía en Cubra, entre 1964 y 1968. Su prestigioy su autoridad sobre la poesía posterior aún siguen vigentes.

Dominador de los metros clásicos, y en especial deo soneto, al que renovó llenándolo de modernidad, y persistente forjador de novedades, Blas de Otero hizo de su poesía un laboratorio en el que convivían la investigación estética y la conciencia ética, y de esa tensión surge la fórmula de su poesía. Su personalidad oscila entre el pesimismo de quien no puede olvidar que "se muere si se nace", como dice en Ancia, y la vitalidad del que lucha por un mundo mejor hasta atreverse a afirmar, en Pido la paz y la palabra, "yo doy todos mis versos por un hombre / en paz". O, si se prefiere, viene y va del cristianismo al comunismo y transforma esa paradoja en poesía. A fin de cuentas, hay cosas que no pueden convivir dentro de una catedral, pero sí fuera, y Blas de Otero siempre fue un hombre de fe, que jamás dejó de confiar en la importancia y en la necesidad de la literatura: "Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré, como un anillo, al agua, / si he perdido la voz en la malez, / me queda la palabra.// [...]// si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi patria, / si abrí mis labios hasta desgarrármelos,/ me queda la palabra".

Blas de Otero fue muchos poetas en muy poco tiempo y muy poco espacio, porque su muerte a los 63 años interrumpió una obra que, sin duda, habría continuado creciendo en tamaño y en variedad. Lo extraordinario es que ninguno de ellos sea prescindible y que releer su obra, aunque sea abriendo al azar cualquiera de sus libro, siga siendo una confirmación y una sorpresa: en cualquier página hay una didea, un verso o un hallazgo llamativos que, a menudo, parecen escritos ayer y que nos dan ganas de exclamar, citando libremente a uno de sus admiradores confesos, el poeta Ángel González: "Parece que no hubiera pasado la muerte por vosotros".

lunes, 15 de diciembre de 2008

El Mundo, y Benjamín, recomiendan a Ángel González

El pasado día 11 El Cultural, de El Mundo, recomendaba lecturas para estas navidades. Hablando con propiedad, no era El Cultural, sino personalidades del mundo de la cultura quienes se encargaban de poner acento en algunos "regalos de papel", como rezaba el artículo.

En él además de Juan Marsé, Amaya Arzuaga, José Luis Borau, Albert Boadella, Chema Madoz, J.M. Sánchez-Verdú, Manu Leguineche, Gonzalo Suárez y Pilar Jurado, opinaba Juan Luis Arsuaga, todo un Premio Príncipe de Asturias, quien dice "Considero importante que la gente, y en especial los jóvenes, lean poesía. Por eso recomiendo Antología de poemas para jóvenes, de Ángel González, con prólogo de Benjamín Prado, que nos presenta a un poeta muy cercano, que se encuentra en todo momento a pie de calle. Un poeta popular, en el mejor sentido de la palabra. El libro sirve de manual de iniciación para quien no conozca la obra del poeta asturiano y es una forma fácil de acercarnos al género".


De Ángel González tenemos, y tendremos, ejemplos en este blog. Pero nunca está de más repetir, si con ello aportamos algo, y en este caso es mucho. Benjamín Prado prologa el libro, selecciona los poemas y además entrevista al poeta. Es un libro para jovenes y a ellos se dirige con su lenguaje directo, preciso, sincero... Benjamín Prado.

Ángel González. Antología de Poesía para jóvenes.

Selección del Prólogo por Benjamín Prado.Alfaguara

Coherente hasta la médula, Ángel González tituló su obra poética completa Palabra sobre Palabra, pero también podría haberla llamado igual que su segundo libro, publicado en 1961, Sin esperanza con convencimiento, porque esos dos sustantivos simbolizan y resumen a la perfección su largo viaje literario, que va desde Áspero Mundo (1956) a Otolos y otras luces (2001).

Actuar sin esperanza, pero con convencimiento está sólo al alcance de las personas que poseen una alto nivel de compromiso. La falta de esperanza es la primera obligación del pesimista, aquel que ha aprendido, tanto de la Biología como de la Historia, que no resulta coherente confiar ni en el porvenir ni en el pasado, el primero porque está lleno de incertidumbres y, tal y como van las cosas en este mundo, también de negros presagios; y el segundo porque está hecho, al menos en parte, de una suma de mentiras y verdades interesadas. "Te llaman porvernir / porque no vienes nunca", dice el autor de Tratado de urbanismo (1967) en uno de sus poemas; y en otro: "un hombre nunca sabe qué pasado le espera". Está claro

Por mucho que siempre sea difícil definir algo complejo con una sola palabra, si me viese en la obligación de elegir una que simbolizara la poesía de Ángel González, optaría por la palabra angustia. No es muy complicado, además, ver esa angustia crecer y multiplicarse en el niño González, que nunca duda en definirse a sí mismo con un "niño de la guerra", mientras caminaba por las calles de Oviedo durante los temibles años cuarente, los de la sanguinaria represión que los sublevados de 1936 llevaron a cabo contra los vencidos; y después, cuando ya se movía entre su ciudad natal y Madrid, en aquellos años cincuenta que áun eran los del hambre y el miedo, en los que el poeta ya publicaba su primer libro al preguntarse desde sus páginas iniciales y en un poema célebre que él solía definir como su sintonía, por todo el sufrimiento toda la opresión que otras personas cercanas y desconocidas habían tenido que padecer "para que yo me llame Ángel González". [...]

[...]A pesar de todo ello, si algo nos enseñan los versos de Ángel González es que el desánimo ni siempre equivale a la rendición ni fomenta la cobardía, ni impide la lucidez. Por eso fueron y son tan valientes sus poemas de contenido político o social - lo mismo los que atacan de frente como los que lo hacen desde las esquinas de la ironía, un arte que el autor de Tratado de urbanismo cultiva con admirable destreza-, y son tan implacables los que dedica a analizar los vicios de la naturaleza humana: la hipocresía, la deslealtad, la ambición, la crueldad, el cinismo... la poesía de Ángel González es desesperanza, pero también convencimiento, y por eso llevar un libro suyo en la mano es como llevar un hermoso puñal: una mezcla de nácar suave y acero afilado. Deixis en fantasma termina con un poema que empieza de este modo: "Largo es el arte; la vida en cambio corta/ como un cuchillo". Puede que sea cierto, pero a pesar de todo, lo que aprendemos en los libros de Ángel González no es a rendirnos, sino a luchar, no a callarnos, sino a alzar la voz. ¿Se puede ser al mismo tiempo pesimista y combativo? El autor de Palabra sobre Palabra, un título que ya en sí mismo explica que nos encontramos ante un hombre constante y no pasivo o dócil, demuestra en sus poemas que eso es posible, y que un escritor se puede comprometer al mismo tiempo con la justicia y con la literatura, hasta poder llegar a afirmar que "para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho", cuando sabe que la realidad no existe si nadie la cuenta, si no la rescata con la red del lenguaje de las manos de los manipuladores que la envenenan, la toman como rehén, y la desvirtúan.[...]

[...] Además de no ser nunca sumisa, la poesía de Ángel González no es siempre amarga, porque a menudo le opone al desaliento el doble recurso del humor y del amor[...]

[...]La suma de todo eso forma el perfil de un hombre seriamente enamorado, que no es aquel que canta al amor perfecto y sin complicaciones, sino el que hace un relato de los abismos que está dispuesto a saltar para no perder a la persona a quien quiere[...]

[...]Ángel González empezó siendo un gran poeta y terminó por sr un poeta inevitable. Sus muchos lectores, los que agotan una tras otra las sucesivas ediciones de Palabra sobre palabra, demuestran que el largo viaje personal y colectivo que es su obra no lo ha hecho solo, sino en compañía de miles de amantes de la verdad y la buena literatura.