domingo, 3 de agosto de 2008

Sin parar, pero con pausa

Creo que se me ha debido estropear la tecla del pause de este blog, porque pese a que le he dado (pues estaré un tiempo sin poder consultar puntualmente las noticias sobre Benjamín Prado), no me ha hecho caso, y parece el blog seguirá activo:

- Se publicarán 3 nuevas entradas cada semana (no pegadas a la actualidad, pero con calidad extraída de los mejores relatos de Benjamín Prado). Artículos ganadores de premios, prólogos difíciles de encontrar, análisis de obras...

- Los comentarios siguen abiertos. Por lo que estamos viendo últimamente Benjamín Prado nos está dejando suculentas noticias en ellos, en primera persona.

- Benjamín Prado seguirá escribiendo en El País, creemos que cada jueves en la sección de Madrid, y sabemos que cada domingo en la nueva sección "El clic". Basta con poner su nombre en el apartado de buscar.

Nueva novela, nueva sección, nuevas anécdotas, en Primera persona

Este blog se construyó para, como le dijo Julio Cortázar una vez a Benjamín Prado, apilar todo lo que de haya de interés sobre el escritor madrileño. Apilar leña, bien la recogida por mi mismo, bien la que el mismo Benjamín Prado (¡mil gracias!) nos deja en este blog.

Pocos domingos el amanecer viene con un sol tan radiante. Hoy nos enteramos que Benjamín está escribiendo nueva novela (creo que lo que oigo son las campanas al viento de la catedral de la Almudena), que tiene una nueva sección en El País y encima tenemos anécdotas. Ya me puedo volver a acostar, que este día ya me ha dado todo lo bueno que tenía.

En Primera Persona, Benjamín Prado, nos lo ha contado en un comentario en este blog:
Sigo en Rota, escribiendo una nueva novela y disfrutando de los amigos y del verano. Algunos días son largos, porque hay que alargarlos para que quepa en ellos todo lo que tienes que hacer. Ayer me levanté a las 8'30, como cada día, y escribí hasta las doce. Luego hice un texto para El País, que es una sección que saldrá todos los domingos de agosto y que se llama "El clic". Se trata de comentar una foto de la ciudad. Me divertí haciéndolo. Luego fui al muelle a buscar a un amigo que venía de Cádiz en barco, para comer con nosotros. Después fui a jugar un partido de fútbol y, al regresar, estuve en la playa. Para cenar, fuimos a un hotel que está aquí cerca: invitaba Joaquín Sabina, para celebrar que Jime, él y los padres de Jime, acaban de empezar sus vacaciones, y estuvieron todos los amigos, Almudena Grandes, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, además, claro, de Ana, Silvia, Dylan, Nico, Elisa... Se comenta mucho el número especial de Cuadernos hispanoamericanos que he hecho en homenaje a Ángel González, y me gustó que la noche anterior, cuando fuimos a cenar a casa de Almu y Luis, él pasó todo el tiempo leyendo la revista de arriba abajo y comentando los artículos de Ana María Matute, Juan Marsé, Francisco Brines o Bryce Echenique. Hoy nos vamos todos a Trebujena, porque el alcalde se acercó el otro día a Rota para el homenaje que le hicimos a Ángel y nos ha invitado a comer "una vaca fileteada", como la llamó él, antes de añadir: "Los finos, le dicen barbacóa."

El clic, nueva sección de Benjamín Prado para El País


Cada domingo del mes de agosto nos encontraremos, como el propio Benjamín Prado nos ha adelantado en este blog, con una nueva sección en El País. Una cita semanal en la que el autor hará una fotografía de una fotografía, pero con su estilo.
Benjamín Prado, con su estilo, con su delicadeza, y con sus palabras nos describe esos instantes, esos clics, de los que hay tanto que decir...

El clic. Los dueños del vacío. 03/08/08
Por Benjamín Prado. El País.


Es temprano, pero ya hace calor. Lo primero nos lo dicen las persianas echadas de las casas, las sombras largas de los paseantes, propias de las horas en las que el sol aún no está alto y sus rayos horizontales iluminan sólo la mitad superior de los edificios, y las sillas vacías de la terraza del bar del fondo, que se ven entre las piernas de los perros que hay en primer plano. Lo segundo se adivina, precisamente, en esos animales, sobre todo en la lengua sofocada y el trote cansino del que es blanco con la cabeza marrón, que jadea, mira al frente y en lugar de adelantarse y tirar de su dueña, como sin duda hará en los días más frescos, se va quedando atrás, al final de una correa perezosa, destensada. El otro perro, el que es justo al revés, marrón y con la cabeza blanca, lo mira con unos ojos aterrorizados y lleva el rabo entre las piernas, por lo cual nos inclinamos a pensar que si el galgo le teme al terrier es porque no lo conoce, y por tanto la mujer y el hombre que los pasean a ambos no son una pareja, sino dos extraños a los que esta foto les ha inventado una relación que no existe.


Estamos en agosto, naturalmente, y esas personas que atraviesan la plaza de Ramales visten el uniforme del verano, sandalias, pantalones cortos y camisetas ligeras, y caminan por el centro de Madrid lo mismo que si estuviesen en otra ciudad, una capital sin prisas, llena de espacios vacíos y aceras solitarias en las que las figuras de los ciudadanos se proyectan sin interferencias, con toda nitidez, libres de mezclarse con las de la multitud que en los meses laborables transita por este lugar mágico que guarda todo el azul del mundo en su subsuelo, porque bajo sus baldosas está enterrado el pintor Velázquez. Aquí vemos, por ejemplo, la perfección con que la cabeza del que va vestido de rojo se dibuja en el muslo del tercer hombre, el que está algo más lejos de la cámara, viste unos pantalones amarillos y va, como el resto, en dirección contraria al muñeco de la señal de paso de cebra que hay a la izquierda.


Todos los sustantivos que se ven en esta fotografía son hermosas metáforas del verano: vacío, nitidez, soledad, espacio, calma. Y son las armas con las cuales los que se quedan en la ciudad luchan contra otras palabras menos amables, como calor o cansancio, que son un enemigo difícil de vencer cuando la temperatura sube y uno tiene que avanzar contra los termómetros, hundiendo los pies en su espesa arena roja.

sábado, 2 de agosto de 2008

La nieve está vacía, en boca de Carmen Herrero


Como ya dije alguna vez, mi intención es ir comentando mis sensaciones sobre las obras de Benjamín, y permitir a todo el mundo que comparta las suyas con los demás lectores. Pero como soy de los que piensan que conocer es compartir, me gusta dedicar un espacio a los comentarios de otros lectores que ya han comentado, previamente, libros de Benjamín Prado.


En su día colgué el completísimo análisis de Eva Navarro sobre "No Solo El Fuego".

Hoy dejo aquí el enlace al análisis de un gran libro, que yo aún no he podido leer en castellano (me tuve que comprar por ebay la versión en inglés. Benjamín, ¿para cuando una reedición de tus obras, que no hay quien las encuentre!!!?.


Aunque lo entendí me perdí la mitad, pese a todo me pareció extraordinario), La nieve está vacía (The snow is silent en su versión en inglés), por Carmen Herrero.


PRADO, BENJAMÍN: La nieve está vacía. Madrid. Espasa Calpe. 2000. 170 pp.
Por Carmen Herrero
Madrileño nacido en 1961. Últimamente lleva el pelo corto y rubio, pero en alguna de las fotos insertas en las sobrecubiertas de sus libros puede vérsele de moreno y con una larga melena; alto y delgado, de ademán nervioso, no suele llevar chuleta alguna a las conferencias. Lo que sí lleva son botas de alguna exótica piel, que combina tanto con camiseta y vaqueros como con traje: ¡todo vale como complemento a las botas!




En esta primera incursión en la novela policíaca, Prado nos cuenta la historia de un hombre que una noche sale en busca de Laura Salinas para matarla. Es un hombre asustado, sin escapatoria; un hombre corriente, como cualquiera de nosotros, al que no le queda otra salida que la de matar a esa mujer. Un hombre que forma parte de un grupo de tres amigos: Iker Orbáiz, escritor, Alcaén Sánchez, agente de seguros, y Ángel Biedma, médico; y del que no sabemos su nombre.


La historia se nos presenta como si fuese una historia real contada a través de uno de esos tres amigos, cuya identidad no la vamos a conocer hasta el final. Así lo explica el narrador a los lectores en el primer capítulo, haciendo especial hincapié en que los hechos son reales y lo único inventado es el narrador. Un narrador que, a pesar de ser un personaje principal de la trama, es capaz de contarnos la historia como si hubiera estado en todos los sitios y conociera hasta los pensamientos de los otros personajes, de manera que los lectores “no deben jugar a ser detectives ni intentar identificarlo”. Es decir, nos exige que suspendamos cualquier juicio crítico sobre lo que nos cuente y que nos limitemos a aceptarlo. De esta forma, siendo juez y parte, rompe la superioridad que habitualmente tienen los lectores sobre los personajes, al conocer sus actividades clandestinas, y consigue colocarse por encima del lector para intentar manejarlo a su antojo y hacerle ver lo que él quiere que vea: incluso nos adelanta acontecimientos; y, por eso, cada vez que existe la más mínima posibilidad de que cuestionemos la verdad de sus afirmaciones y suposiciones sobre las causas que llevan a uno u otro personaje a actuar de un determinado modo, se dirige a nosotros obligándonos a imaginar lo que cada uno haría en semejante situación e, incluso, a identificarnos con el personaje del que está hablando.


Sin embargo, la afirmación del narrador de que nos va a contar una historia real, es verdad sólo en parte, pues, como él mismo indica, ha reelaborado los acontecimientos para poder contar la historia desde todos los ángulos. Lo que significa, como se verá al final, que, en realidad, sólo conoce los sucesos principales y que el resto es una reconstrucción suya que ha tenido que hacer para escribir la novela. Así quiere cubrir sus huellas. La segunda mentira es decir que nos va a contar “todo lo que pasó”. Porque, aunque nos cuenta hasta los más secretos sentimientos del personaje principal, nos oculta la trama que va urdiendo otro de los personajes y que será el detonante final del drama.


Y es que ésta es una historia de mentiras, amor obsesivo y dominación, donde nadie es del todo lo que parece. Desde Alcaén, que finge ser un hombre adinerado para conquistar a Laura; hasta Iker, que finge no darse cuenta de los intentos que hace Ángel por controlar su vida. Por esa razón esta novela es mitad historia policíaca, mitad narración psicológica, donde el entramado se teje con la más profunda y negra parte de cada personaje, en consonancia con el estilo amargo, afilado y un tanto derrotista que rige sus novelas.


Para contar esta clase de historias, no hay nada mejor que crear un mundo cerrado en el que los personajes se relacionen con muy pocas personas; y en esta novela ese microcosmos está formado por el grupo de tres amigos y el bar donde se reúnen, el Sívori. Fuera de este ambiente, muy pocos datos, que no sean esenciales para el desarrollo de la novela, se llegan a saber. De hecho es como si no conocieran a nadie más; sólo Álcaén, en sus citas con Laura Salinas, e Iker, al visitar un lugar donde exterminan palomas y un cementerio, rompen esa monotonía. Sin embargo, este ambiente asfixiante se suaviza a través de las historias que los propios personajes hacen de otras personas. Historias reales, como las de los padres de Iker y Ángel; ficcionales, como las de los relatos de Iker; supuestas, como la de la dueña del Sívori, Gloria; entre las que se mezclan pequeñas pinceladas, en forma de necrológicas, de la vida de varios escritores.



Muchas de estas historias (las de los padres, la de Gloria) están en consonancia con uno de los temas recurrentes de Benjamín Prado: la importancia de conocer tu pasado para comprender tu presente. Es éste un tema que marca casi todas sus novelas (llegando, incluso, a titular una de ellas “¿Dónde crees que vas y quién te crees que eres?”) y que aquí se centra, principalmente, en las figuras de Ángel: cuyas manías y supersticiones son herencia de su madre; y en el personaje de ficción que Iker está creando para su novela: al necesitar un pasado que le conduzca a su presente, que le haga ser verosímil y coherente. Una meta a la que todo personaje debe “aspirar”, pues la forma de volverse tangible y real para los lectores es mostrar un pasado que les explique por qué actúa de esa manera. Por este motivo, un personaje que se comporte de forma arbitraria, sin un patrón de conducta que el lector pueda reconocer (por muy distante que esté de su propio patrón) lo alejará de él y lo convertirá en un personaje absurdo e irreal. Por paradójico que parezca, este efecto suele pasar más en la vida real que en las novelas. La razón es muy sencilla: en nuestra vida de cada día rara vez llegamos a conocer los pensamiento íntimos de las personas que nos rodean, mientras que en una novela esa necesidad de hacer creíble al personaje conlleva que se nos dé una enorme cantidad de datos personales y subjetivos sobre él, de forma que podríamos decir que llegamos a conocer en mayor profundidad a algunos personajes novelescos que a muchos de nuestros amigos.



También aparecen en esta novela otros motivos habituales del mundo literario de Prado. Uno de los más importantes es la aparición del agua, en cualquier forma: el mar, la lluvia, un río, un lago, una piscina… Ya en el primer capítulo se nos ofrece la imagen de un hombre que sale a matar a una mujer justo después de una tormenta -más tarde sabremos que es una tormenta de verano-, lo que, por un lado, le ayuda a crear una atmósfera sofocante y, por otro, le sirve como tópico del agua torrencial que, al arrastrar todos los engaños que rodean a un personaje y dejarle ver la verdad, le hace libre; pero al tratarse de Prado y su visión amarga y oscura de la vida, este tópico se invierte y lo que debería hacerle libre se convierte en una cadena que le hunde en un abismo cuya única salida es matar a Laura Salinas. Otra referencia al agua la podemos encontrar en la historia del anciano senil obsesionado con acumular botellas y más botellas de agua por si se acababa.



Otro de los motivos más importantes y habituales es la muerte, tanto en su faceta natural como violenta. Hace casi un año, tuve oportunidad de preguntarle por la aparición recurrente de la muerte en sus novelas y su respuesta fue que le atraía mucho lo desconocido. Visto así tiene razón: la muerte es el suceso más desconocido y desazonador que existe; el problema es que no me aclaró por qué, en todas las novelas que llevaba publicadas, esas muertes son sólo muertes “apuntadas”: nunca hay cuerpo. En todas ellas la muerte es tratada desde un plano indirecto, a través de los ojos de un personaje que bien ha vivido la tragedia, bien se la han contado o imaginado, bien ha visitado con posterioridad el lugar del crimen, o “supuesto crimen”; pero que nunca cuenta los detalles del mismo, sino que sólo informa de que alguien ha desaparecido o muerto. Y, aunque por descontado de esto no se salva la nueva novela: está la historia de un posible asesinato entre dos hermanos de corta edad, las visitas que hace Iker a los lugares donde se ha producido algún drama para trasladar el ambiente a sus relatos; en esta novela era necesario acompañar al asesino durante su brutal crimen para comprender el hundimiento moral que se produce después.



Bastante más amables que las anteriores son las referencias musicales y literarias que suelen adornar sus novelas. Aparte de los paralelos que establecen los distintos narradores entre la vida de los personajes y la de algún músico o escritor, o entre la atmósfera que hay en un momento en la novela y cierta música, es habitual que los personajes que buscan cambiar su vida y ascender en la estima de los demás, se vuelquen en la lectura como medio para conseguir una mayor cultura y sentirse a la altura de las nuevas circunstancias. Así lo hace aquí Alcaén cuando se prepara para un futuro al lado de Laura Salinas: se lee todos aquellos libros de los que ha oído hablar a sus dos amigos en las interminables discusiones literarias que han mantenido en el Sívori, y espera impacientemente poder discutirlos, a su vez, con Laura. Esto entronca con la tendencia que tienen los personajes de Prado a idealizar a la persona amada, hasta el punto de que llegan a mitificarlos (en el caso de Laura, la identifica con un unicornio) y no son capaces de verlos como a personas normales, con sus virtudes y sus defectos. Por eso, al descubrir que son sólo humanos, todo el castillo de arena que habían formado a su alrededor es arrastrado por esa agua torrencial y convertido en lodo. Además de este problema del “ascenso personal a través de la lectura”, Ángel e Iker nos proporcionan otras referencias literarias a través del trabajo que tiene este último en un periódico: escribir necrológicas de escritores que fallecieron ese día -lo que también enlaza con el tema de la muerte “apuntada”. En cuanto a las musicales, se pueden encontrar como comparación con la risa de Laura Salinas: risa Brahms, Elvis, Bob Dylan…; y también como uno de los gustos de Ángel: el jazz.



En cuanto al tiempo, se puede decir que la trama principal de la novela transcurre entre “una mañana de diciembre” y el 1 de agosto del año siguiente, en que detienen al asesino; aunque el tiempo “real” se extiende hasta algo más de dos años después, tras los juicios, cuando el narrador se decide a escribir esta novela para contar lo que sucedió. Es un tiempo muy cuidado, que se puede medir bastante bien, y que divide a la trama en tres partes en las que el tiempo se va concretando cada vez más.



La primera parte, el encuentro de Alcaén con Laura Salinas y sus primeras citas, sucede en apenas semana y media, con la única referencia precisa de ser diciembre. La segunda parte, desde que Alcaén prepara el robo a la Aseguradora, hasta que “al asesino” se le propone el crimen, transcurre desde mediados de marzo, aproximadamente, hasta un martes de mayo, posiblemente la segunda semana, con alguna referencia, tanto al día de la semana, como al mes. De la tercera parte, desde el asesinato hasta la detención, hay que decir que se indica la fecha completa y hasta el día de la semana, pudiendo así seguir con facilidad los pequeños saltos de tiempo que se suceden e, incluso, saber qué ha hecho el asesino en esos días. Algo que no sucede en los grandes saltos que hay entre una parte y la siguiente, donde adivinamos lo sucedido por lo que se cuenta en capítulos posteriores.



El estilo de Prado, como ya he apuntado, tiene un registro amargo, afilado y un tanto derrotista, fruto de describir ese lado oscuro de la condición humana que nos lleva a concedernos unas “vacaciones morales” cuando nos creemos poseedores de la razón en estado puro, y, en su nombre, cometer toda clase de abusos. Sin embargo, en varias ocasiones, se hace hincapié en que este criminal no es ni un loco ni un asesino, sino solamente un hombre asustado que ha sido empujado a asesinar. De hecho, no sólo parece empujado por la trama creada a su alrededor, sino también por la presencia fantasmal de una especie de “destino adverso” que convierte todos los pasos que ese hombre da para encauzar su vida, en pasos que le llevan a convertirse en asesino.

Las frases lapidarias, las imágenes negativas que manchan hasta los encuentros amorosos, la ironía con la que el narrador nos adelanta acontecimientos negativos que contradicen las intenciones del personaje…; en definitiva, esa visión desesperanzadora y angustiosa que vierte Prado en sus obras se encarna en esta novela policíaca como un brutal experimento para saber hasta qué punto del Infierno de Dante puede descender un hombre decente si se le manipula adecuadamente.


jueves, 31 de julio de 2008

En verano, mejor en la playa

Juan Urbano no anda por Madrid, seguro que estuvo disfrutando, la semana pasada, del homenaje que se le dedicó a Ángel González en Rota, y seguro que entre ola y ola anda estos días, leyendo el periódico, e intentando olvidarse de un Madrid que cada día tiene más boina. No obstante, ha asistido a su cita semanal.

El vigilante de las ruinas
Por Benjamín Prado. El País
Leía las noticias en la playa de Rota como quien ve girar la Tierra desde otro planeta, y no sabía qué le resultaba más raro, si el modo en que los bancos lloran mientras se enriquecen en medio de la crisis o la forma en que el ministro de Industria, Turismo y Comercio quiere combatirla: los del Santander, el BBVA y Caja Madrid se quejan porque sólo han ganado 4.730, 3.108 y 1.084 millones de euros entre enero y junio, y Miguel Sebastián sugiere que el problema se arregla bajando la velocidad de 120 a 100 kilómetros por hora en los accesos a las ciudades y abriendo el metro los fines de semana por la noche.
"O sea, que la economía es la econosuya, como siempre, porque el dinero puede cambiar de manos, pero nunca cambia de dueño", se dijo Juan Urbano, mientras se aguantaba las ganas de pedir un segundo café en el bar donde estaba desayunando, por ahorrarse un euro con cincuenta. Claro, es que cuando las cosas se ponen de color hormiga hay que cambiar de marcha, pisar el freno y reducir la velocidad, los días de vacaciones y la ración de comida, porque si no las monedas se nos van a volver cuadradas a la hora de subir la cuesta de septiembre.

Los políticos, sin embargo, nunca suben, siempre van hacia abajo y a favor de la corriente, tanto a la ida como a la vuelta, y si para conseguirlo hace falta volver a prometer lo que ya prometieron, pues se hace y punto. El Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, acaba de anunciar que va a convertir la antigua fábrica de ascensores de Boetticher y Navarro, levantada a principios del siglo pasado en Villaverde y que lleva abandonada desde 1993, en un centro de nuevas tecnologías. Es verdad que ya lo hicieron hace dos años y que entonces aseguraron que la obra estaría acabada en este 2008 que ya casi está marchándoseles de la estación; pero ¿y qué? No pasa nada, se nos vuelve a poner otra ronda de lo mismo y, si hay suerte, quizás esta vez haya algo dentro de los vasos.

Naturalmente, el proyecto incluye enormes zonas verdes y la construcción de 550 viviendas que, sin duda, no van a ser de protección oficial y que ayudarán a combatir la crisis inmobiliaria igual que la combate el Gobierno, que es ayudando a los constructores como nunca ayudaron a los ciudadanos que intentan ganar la costa nadando por una hipoteca llena de cocodrilos, pero nada de eso llamó la atención de Juan Urbano, sino la historia de un hombre que vive en ese edificio abandonado, entre las ruinas, y que afirma que seguirá allí hasta que lleguen las hormigoneras y las excavadoras, si es que esta vez llegan, porque a menudo la realidad se parece a esos versos de Ángel González que dicen: "Te llaman porvenir / porque no vienes nunca".

El caso de ese hombre, que vino de Nigeria a España en busca de un futuro sin saber que el porvenir no estaba lleno de oportunidades sino de escombros, le recordó mucho a Juan Urbano al de otro hombre que había conocido en Nicaragua y que trabajaba como vigilante de la catedral de Managua, que tiene unas grietas inmensas que le abrió el terremoto de 1972 y desde entonces está a punto de caerse. Cuando estuvo allí, le preguntó a ese hombre si podía entrar a ver la iglesia, y el otro le respondió que estaba prohibido, porque resultaba muy peligroso. "¿Y qué hace usted dentro?", le dijo. Y el otro contestó, desde detrás de la reja de la entrada: "¿Pues qué voy a hacer? Mirar al techo, para dar la alarma si empieza a caerse".

A Juan Urbano le gustaría que contrataran a ese hombre nigeriano como vigilante de la obra que transformará la antigua fábrica de Boetticher y Navarro en un centro de nuevas tecnologías, porque ése sería un hermoso final para esta historia. Seguro que lo haría bien.

Apuró su único café posible y se bajó a terminar de leer el periódico a la playa, que de momento es gratis. Qué mundo éste, pensó: los beneficios suben, la velocidad baja y las promesas están siempre en el mismo sitio. Pero si algunas cosas empiezan a salir de entre las ruinas y a algunos seres humanos se les rescata de entre ellas, quizás estamos en el buen camino.

miércoles, 30 de julio de 2008

De Ángel González por Benjamín Prado

Benjamín Prado nos ha sacado de nuestro error y ha sido su propio corresponsal. Como él mismo dice: "Yo leí lo que él llamaba "su sintonía", que es el que empieza: "Para que yo me llame Ángel González"...

Ahí va... (extraído del libro "Ángel González. Antología de poesía para jóvenes" cuyo prólogo, selección y entrevista es de Benjamín Prado).

Su sintonía (así lo llamaba Ángel González), y así lo publicó en "Aspero mundo"

Para que yo me llame Ángel González
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huída hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
estos que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

domingo, 27 de julio de 2008

De Ángel González por Almudena Grandes

Tal como nos ha comentado el mismo Benjamín Prado (muchas gracias por estar al quite y disculpa la confusión) , este fue el soneto que leyó Almudena Grandes en el homenaje de Rota a Ángel González. Nos ha chivado Benjamín que Almudena "siempre dice que con otros poemas aprendió a admirar a Ángel, pero con ése aprendió a quererlo"

Se me hiela la voz en la garganta.
Mi voz más dulce, con la que solía
hablar de amor a solas, se me enfría
aprisionando todo lo que canta.

¿O es una voz distinta ésta que tanta
tristeza dice que emsombrece al día?
En lentos remolinos de agonía
mi voz, ceniza densa, se levanta.

¡Fino polvo sutil de mi tristeza
conducido en pausados giros quedos
a las más nimias cosas por el viento!

Todo ya es gris, y tengo la certeza
que, de tocarlo todo, vuestros dedos
tendrán la mancha de mi desaliento.